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León

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HE aquí a dos artistas, uno español, vasco de Donostia, tan arraigado en su ciudad natal que siempre residió en la misma, otro estadounidense de Michigan, unidos, además, de por un arte bien diferenciado, la escultura en el caso del español y la interpretación cinematográfica en el del americano, por la enfermedad que no hace mucho llevaba a la tumba (lo de la tumba es un decir, pues su cuerpo fue incinerado y sus cenizas reposan bajo un magnolio) a Eduardo Chillida y de la que ya no se apeará jamás el siempre atractivo y todavía con cierto aire de galán Charlton Heston, de diagnóstico reciente. Mas antes de ellos, entre ellos y después -sobre todo después- vendrán muchos, muchísimos más si la ciencia no lo remedia, que la cosa marcha muy enlentecidamente y tal mal ha comenzado a desbordarnos. Piénsese que se trata de la enfermedad más importante de este siglo en los países desarrollados por su gravedad y prevalencia, hasta el punto de que para el 2025 se prevee 34 millones de afectados en el mundo. Ha habido, hay y habrá otras muchas personas, conocidas, populares unas y anónimos la mayoría, que han caminado, caminan y caminarán en esa dirección de final escasamente impredecible, la cual requiere un cuido exigente, lleno de tanta comprensión y amor como de dominio del arte de la paciencia y de la perseverancia por parte de quienes aún no hemos entrado, o al menos lo desconocemos, en el principio largo túnel de la infausta desmemoria. He aquí dos hombres notorios con desigualdad de fechas en el adiós a la existencia consciente y a la existencia común. Primero fue Eduardo Chillida, un hombre «gigante en su obra y modesto en su carácter», en palabras de Mitxel Ezquiaga, quien sin haberse asomado aún a tan invasora y traidora dolencia señaló que «la vida y la muerte son cosas naturales, hay que aceptarlas tal como son y llevarlas con dignidad», algo que no me cabe la menor duda supo hacer hasta última hora en ese impuesto e insalvable silencio y nada distinta ausencia este hombre enemigo de la barbarie etarra y nada simpatizante con la central de Lemóniz, luego, luego será Heston. Mas en el dúo de referencia existe un modo de proceder distinto de cara a los demás ante el temible, invasor, galopante mal padecido por ambos, esa «avalancha morbosa, con dimensiones de plaga global y magnitudes bio-médico-sociales complejas» (uso las palabras del renombrado profesor Martínez-Lage) . Pues mientras un manto de silencio solo roto al final ha envuelto el alzheimer del creador de Chillida Leku o Museo Chillida, como resumen de su obra, hasta el momento de su muerte, Heston de la mano de su esposa Lydia desde un principio en un gesto muy loable por cuanto crea conciencia social sobre tan dramático padecimiento a la vez que ayuda a otros afectados en su penoso transitar por el desamparo de su mente y de su cuerpo, al igual que Rita Hayworth y Ronald Reagan nos ha hecho partícipes de su dolencia con enorme valentía, en concreto el pasado nueve de agosto mediante un mensaje lleno de emoción y decididamente alejado del suponible dramatismo, por otra parte comprensible en casos así, dirigido a los medios de comunicación norteamericanos: «Si veis algo raro en mi forma de andar, si notáis que me cuesta pronunciar vuestro nombre, ya sabéis qué es. Y si os repito un chiste que ya he contado, por favor, reíros de todas formas (...) No voy a tirar la toalla (...), no sintáis lástima de mí. Yo no la tengo». Palabras animosas, serenas, valientes, encomiables, tal vez contagiadas del espíritu de Ben-Hur, de Moisés y no sé si del próximo doctor Mengele porque en esta ocasión desconozco por dónde viaja el doctor al que dará vida el que fue niño en Northwoods a sus actuales 78 años, la misma edad, curiosamente, desde la que acaba de decirnos adiós el creador del «Peine del Viento» sin haber podido llevar a cabo el polémico proyecto del vaciado de la montaña de Tindaya en Fuerteventura en un intento de hacer de ella una especie de templo para la eternidad. En fin, dos artistas, dos famosos, pero ante todo dos enfermos hacia quienes hoy oriento mis palabras sin dejar caer en el olvido a esos otros conocidos, cercanos, muy cercanos míos y a aquellos de la lejanía. Por todos y para todos ellos solicito la calidez de la luz familiar y amistosa y la claridad candeal de los que en íntimo silencio se tocan el corazón redimidos por el sol.

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