La pinacoteca del narco
PARTE del museo particular de Esther Koplowitz iba a ser sigilosamente trasladado a Colombia. Su destino era decorar las impunes paredes de un narcotraficante de indudable buen gusto, pero la policía, que además de no ser tonta es tenaz, ha recuperado los cuadros en un chalé de Gerona, un año después de que fuesen artísticamente robados. Las personas corrientes se preguntaran cómo se puede tener en el cuarto de estar, al noroeste del televisor, un Goya, un Lucas y un Juan Gris, entre otros tesoros verticales. Es una pregunta muy fácil de contestar: teniendo mucho dinero. Las hermanas Koplowitz, una morena y una rubia, ambas hijas de la diosa Fortuna, son dos mujeres bellísimas. A primera mirada no se sabe cuál de las dos es más guapa. Muchos españoles quisieran ser bígamos y casarse con las dos, pero no pueden por dos razones: ni lo permite nuestra religión, ni lo permiten ellas. Además, la bigamia es un delito y sólo a los monógamos se les consiente tener una mujer de más. Hay que alegrarse de que los cuadros sigan formando parte del patrimonio nacional, aunque sean de patrimonio privado. Cuando fueron sustraídos se habló del robo del siglo, cometiendo una grave injusticia con Gescartera, pero la perfección es muy difícil de alcanzar y esta vez los que han tenido una actuación irreprochable no han sido los ladrones, sino los policías. A finales de junio, los agentes lograron recuperar diez de los cuadros y ahora han vuelto a casa los otros siete, junto a la veintena de figurillas griegas y egipcias de altísimo valor y de precio aún más alto. Ha sido el engaño de un comprador, que no pagó, lo que ha hecho caer a Cásper y su banda y sólo hay que lamentar la frustración del narcotraficante colombiano, que quería tener una pinacoteca. Se ignora su nombre, pero sin duda se trata de un espíritu sensible que sabe que el arte es «una variedad del milagro». El vendedor de muerte en polvo quería rodearse de cosas hermosas, pero no ha podido. Otra vez será, mientras sigan en casas particulares.