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León

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LA cólera de los políticos y de las asociaciones de mujeres, que nunca está lo suficientemente sujeta, se ha desatado a causa de la Pasarela Cibeles. Un joven diseñador, que confunde la audacia con la gilipollez, hizo marchar en orden y formación a varias mujeres delgadas y taciturnas. Su aportación consistió en que la puesta en escena de los armoniosos esqueletos incluía cuerdas de ahorcar, crucifijos y capuchas. Por lo demás, las sucintas modelos desfilaron como siempre: poniéndose zancadillas a sí mismas y con cara de enfadadas. No se sabe por qué, en los últimos tiempos, las exhibiciones de ropa se hacen sin ropa. Lo que pudiéramos llamar la desamortización de la teta, generalmente apócrifa, hace que estos desfiles cuenten con un número mayor de espectadores que el desfile de las Fuerzas Armadas, antes de la Victoria, pero en esta ocasión se ha producido el escándalo y tanto el PP como el PSOE piden que nadie compre la ropa del bruscamente famoso modisto. Hay que preguntarse que a qué ropa se refieren. Despojadas de sogas, burkas y maderas, las esbeltas y diligentes criaturas comparecían como su madre las trajo a esta otra pintoresca y trágica pasarela que es el mundo. Tenían mucha prisa, pero muy poca tela. Hay que reconocer que la mayoría de los modistos ha conseguido algo muy difícil: presentar colecciones de trajes sin traje. Coco Chanel decía que moda es lo que puede pasar de moda y ellos han optado por el desnudo, que es imperecedero. Saben, además, que no es menos difícil estar impecablemente desnudo que impecablemente vestido. El revuelo ha sido considerable. Quizá era lo que buscaba el valeroso diseñador. Algunos responsables del certamen abandonaron la sala y otros prefirieron permanecer en ella para expresar su opinión sobre el comportamiento sexual de la madre del modisto, conducta de la que por cierto no tenían pruebas. No se sabe si este chico se forrará en el futuro, pero de momento le están poniendo como un trapo.

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