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León

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Es curioso que coincidan en el tiempo la exposición «Memoria y Exilio», organizada y promovida por la fundación Pablo Iglesias de Madrid, con el acto-homenaje que los socialistas leoneses celebramos este fin de semana en El Bierzo. Aparece una fosa común de soldados republicanos, de luchadores por la democracia y la libertad, y los socialistas nos volcamos emocionadamente en un reconocimiento póstumo de los que murieron defendiendo su sueño de una España mejor. He oído decir muchas veces que las historias de la Guerra Civil, por ejemplo estas historias, no son más que mitología de la izquierda, y quisiera hoy expresar mi opinión de que no son mitología, sino que se trata más bien de una épica. La épica realista del sufrimiento de hombres y mujeres asesinados por defender sus ideas de progreso y justicia hasta el final. Deseo expresar a título personal mediante estas líneas un tardío pero intenso reconocimiento a las personas que yacen anónimamente en esas tumbas. Reconocimiento que se extiende a toda una generación derrotada, muertos o exiliados interior o exteriormente, los cuales nos enseñan aún ciertas lecciones valiosas. Sin revanchismo, con tolerancia, con espíritu ecléctico y constructivo, la memoria histórica ha de enseñarnos la gran lección del diálogo, del punto de encuentro, pues en política las posturas dogmáticas e inamovibles pueden llevar, en último término, a un conflicto armado fratricida. Y la guerra es, precisamente, el fracaso de la política. No queremos resucitar viejos odios, ni tampoco alimentar fantasmas del pasado, pero de ninguna manera estamos a favor del olvido. El pasado fin de semana se emitió por La 2 de TVE un documental también producido por la fundación Pablo Iglesias (que actualmente dirige Alfonso Guerra) donde hablaban algunos sobrevivientes de la guerra y la posguerra. Hombres y mujeres internados en campos de concentración en España -que también los hubo- expatriados, exiliados acogidos por países solidarios como Méjico, Argentina, Chile, Santo Domingo... Allí llegaron con el alma rota «los otros españoles», hambrientos, desheredados, humillados, desvalidos. Allí rehicieron su vida, resucitaron vital y económicamente. Es curioso que ahora que son esos países los que tiene hambre, España les niegue casi todo mediante una ley de inmigración ultraconservadora y muy falta de piedad y de memoria histórica. Ha pasado el tiempo y ya recordar no es volver a vivir, pero sí puede ser una forma de que aprendamos nosotros y enseñemos a nuestros hijos. Saber que hubo gente capaz de luchar por ideales colectivos y no sólo por los propios, gente que luchó y murió defendiendo lo que mayoritariamente quería el conjunto del país, lo que había sido el resultado de las urnas. Hubo en España hombres y mujeres de gran talla que nos enseñaron una lección de coraje y sufrimiento. Fueron la generación infeliz. Se habla mucho ahora de los exiliados, de los sufrientes que no resultaron ejecutados y fueron finalmente acogidos por países con conciencia, pero no se habla tanto de los exiliados dentro de España. Dentro de sí mismos. Los marginados. Los silenciados. Los que se quedaron y tuvieron que sufrir el estigma y el oprobio durante años de posguerra y dictadura, de ostracismo e indignidad. Poco a poco vino una transición y con ella por fin la España democrática. Pero los socialistas no dejamos de reconocer que hubo personas adelantadas a su tiempo que ya entonces soñaron con una España así o aun más avanzada, con este país libre e integrado en Europa. No hay mitología en homenajear a estos soldados libertarios porque la mitología suele tener mucho de invención y de ficción. Pero su lucha, su sufrimiento, su muerte, su heroico legado fue verdad. Asimismo, nuestro homenaje de hoy está exento de mitos y repleto de sinceridad y de verdad. El pasado martes en su columna de este periódico, Victoriano Crémer escribió unas emocionantes reflexiones sobre este tema que me conmovieron bajo el título de Los desaparecidos. Igualmente quiero terminar citando a otro maestro poeta, Mario Benedetti, cuando dice: «Existe una dignidad que sólo conocen los vencidos».

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