Diario de León
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SE trata de una bandera gigantesca sujeta a un mástil descomunal que no flamea a menos que se presente en la plaza de Colón el huracán Mitch. Es tan desproporcionada, pesa tanto la tela, que el viento de Madrid, unos días más flojo y otros más fuerte, no alcanza a rescatar la bandera de ese su permanente estado de flaccidez. Pero imbuido de gran poder, José María Aznar ha conseguido agitarla por decreto, mandando a Trillo y a Alvarez del Manzano a representar un número castrense absolutamente exótico y, en consecuencia, fuera de lugar. ¿A quién puede molestar, ha dicho Manzano, que se homenajee a la bandera de todos? Pues muy sencillo: a todos. Como es de todos, nos molesta a todos que se haga uso irreverente y sectario de la enseña de la Nación y, a muchos, que la liturgia de ese homenaje que no viene a cuento sea militar y no civil. Porque, además, ¿quién cree ser el señor Aznar para instrumentalizar la bandera de España en función de la política que sigue su Gobierno respecto al problema político planteado con el gobierno de una de las comunidades autónomas españolas? Si al presidente del Ejecutivo se le hubiera ocurrido izar, tremolar y homenajear a la bandera del PP, la de las gaviotas, nadie se molestaría: los partidarios de ella porque disfrutarían mucho y el resto porque, en ejercicio del mínimo respeto democrático, les daría igual. Pero no, el señor Aznar ha confundido el culo con las témporas, su idea de España con España y eso no puede por menos que calificarse de muy lamentable y triste en un país que sufrió durante 40 años a un dictador que impuso a España su idea de España precisamente. Téngase, pues, el señor Aznar en sus ocurrencias regresivas y no eche, si tiene la amabilidad, más leña al fuego ni resucite la ominosa guerra de las banderas. A una bandera más pequeña, más normal, la homenajearía el viento constantemente.

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