Diario de León
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León

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POR fin vamos a saber, más allá de toda duda razonable y de toda creencia irracional, que hay algo, allá arriba, que vigila las humanas conductas y se dispone, cuando llegue el momento, a premiar a los buenos y a castigar de manera inmisericorde a los malos. No se trata esta vez de ningún Dios, sino de un satélite. La Unión Europea ha lanzado un proyecto de control de la contaminación atmosférica de las ciudades desde el espacio. Desde las alturas se ven más claras las cosas terrestres, o más oscuras, pero de cualquier modo con mayor exactitud. Las tomas de muestras en superficie son más imprecisas. Sin embargo, el nuevo sistema evalúa los efectos de cualquier nube tóxica. La verdad es que nos estamos cargando el invento de Dios, que extrañamente hizo el mundo en siete días, a pesar de disponer de todo el tiempo. Ya no hay apartadas orillas donde se respire mejor, ya que todas están llenas de gente apestosa, ni ríos con corrientes puras y cristalinas. Si Narciso se mirara hoy en sus aguas no podría reconocerse y acudiría presuroso a un oculista. Pero lo peor es lo del aire, que nos dijeron que era de todos. Corren malos vientos y ya no puede ir a su aire. Los sensores del satélite podrán medir no sólo su calidad, sino el estado de salud de la vegetación de grandes áreas boscosas. En las ciudades donde sea irrespirable por las emisiones tóxicas, sus habitantes desearán huir. Incluso trasladarse a otro planeta, que eso sí que sería la verdadera movilidad geográfica. El medio ambiente se nos ha quedado en menos de la mitad. Hemos hecho un sayo de nuestra capa de ozono y siguen ocultándonos que respirar el aire de las grandes ciudades en horas punta es más peligroso que fumarse dos cajetillas de BN, aunque menos que respirar el gas letal que acabó por igual con los secuestradores y muchos de los rehenes en el teatro de Moscú. Como siempre que no encontramos soluciones a mano, miramos hacia las alturas. El satélite nos promete mejor vida.

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