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Eugenio González Núñez, profesor
León

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«¡No hagan estruendo!», gritaba el maestro cuando al final de clase, entre el regocijo de la despedida y el alivio de haber acabado una semana más, salíamos en tromba gritando, «buenastardestengausté», para despedir a don Paco, o para comunicar, a voz en grito, a nuestros compañeros, los planes y proyectos del fin de semana. Y don Paco, el maestro, comprendía trifulcas y alboroto en el fragor de la salida, escándalo y polvareda que, en plena calle, disputando acaloradamente la pelota hecha de trapos viejos y de sueños adolescentes, creaban confusión entre la gente que, de largo, pasaba a las cinco de la tarde. Yo lo entiendo, señor alcalde, son niños que ante un largo fin de semana se comportan así. Lo que me molesta es que algunos —por cierto, excepciones—, comiencen el relajo, día tras día, ya al inicio del curso escolar. Estoy de acuerdo con usted, le daba crédito don José a la vez que le recetaba, «¡a ésos, mano dura, palo y tente tieso!», proclamaba entonces la derechona más conservadora, reaccionaria y arcaica del pueblo.

De entrada, y tras el preámbulo, decir que, después de escuchar a Biden, Estados Unidos tiene cada vez menos enemigos, y su viaje a Europa intenta enjuagar la cara que Trump, en su único viaje, dejó enjabonada. El discurso del 18 de abril fue un mensaje primaveral, lleno de brotes que todos esperamos que, paulatinamente, se vayan convirtiendo en frutos. He leído el discurso del presidente y veo en él un camino abierto a la unidad y cerrado al odio, que muchos aplaudimos, y por el que a millones de ciudadanos del mundo les gustaría caminar: verdaderas democracias en la que se invite a todos por igual a participar: un discurso tan distinto, tan desigual del que, a diario, a golpe tuitero, con aire de murgas carnavalescas, nos endilgaba su predecesor. Cuanto menos ruido haga una autoridad, mayor tranquilidad y efectividad logrará para el bienestar de todos los ciudadanos.

Desde el primer día de su mandato, el presidente se ha dedicado a presidir la nación espoleando a los suyos a servir al pueblo con veracidad, justicia y eficacia. Biden es para todo el pueblo norteamericano un verdadero servidor, y si lo es para este país, espero que su bondad se extienda a todos los pueblos de la tierra, dignos de recibir una palabra de esperanza y millones de vacunas que lleguen a mejorar la armonía entra las naciones y la calidad de vida del planeta.

Ahora, no critica usted al presidente, ¿verdad? Se pueden preguntar algunos de mis lectores. Pues la verdad —desde mi corto entendimiento del enrevesado mundo de la política, la economía—, es que no tengo motivo alguno para hacerlo, como no lo tienen los millones de ciudadanos que, como yo, solo aspiran a vivir en paz, tener un trabajo, un salario digno y vivir sin cotidianas pesadillas y sobresaltos. Sus 100 días han sido, si no un oasis de paz y tranquilidad, eclipsado por las masacres en el Sur —la «epidemia de la violencia»—, al menos, han cesado la gresca, las cencerradas y bufonadas, en beneficio de aquellos que quieran seguir siendo amantes del respeto y la buena educación, la paz y la justicia, el trabajo y la buena vecindad.

Atrás de nosotros han quedado amenazas y bravuconadas, gestos de prepotencia, machismo, racismo, «brutalidad policial», y chabacanería para ver una nación normal, así de sencillo, ¡normal!, que trabaja, vive y espera. Una nación que no vive rodeada de enemigos, que no quiere estar dividida, que ama una justicia equilibrada y protege con respeto la dignidad de todos. Una nación que juzga que las armas de guerra no pueden estar en manos de civiles.

«Soy republicano, pero me quedo con Biden» —me decía días pasados un colega—. Este hombre, de voz apagada por los años, tiene lumbre e ideas claras en la mente que se convierten en luz en su discurso. ¿No le parece? Y no quiero decir que los problemas que hubo, no haya, sino que la actitud para resolverlos será el diálogo, el entendimiento, la concordia entre los diferentes partidos —en este caso dos— sin necesidad de bronca diaria, insultos, burlas, desprecios, de quien por presumir de muy audaz y corajudo, lamentablemente no supo que, ni audacia ni coraje son sinónimos de jactancia, fanfarronería, desfachatez; ni insolencia, ni cinismo, y mucho menos, ostentación.

La triste experiencia de, «a bronca diaria», o «ni un día sin bronca», ojalá haya pasado a la historia, porque afortunadamente iniciamos una nueva etapa donde estamos saliendo, «a calma diaria» y sin turbulencias que, siempre es un alivio, porque para broncas y lamentos ya están, desafortunadamente, otros países. Lo mejor que puede hacer un gobierno democrático es gobernar sin estruendos ni camorras diarias, sin ordenanzas que confundan o enfrenten a sus ciudadanos. Los gobernantes y la oposición están llamados a crear un clima de convivencia pacífica, no a dividir a los ciudadanos, más de aquello que la propia política los divide. Hablar, actuar con claridad, es lo mínimo que se les sugiere y se les pide a los gobernantes.

Mencionar quiero, la astracanada, como la virtud del necio, disparando a todas partes, menos al objetivo fijado, llevando a cabo acciones o comportamientos públicos descabellados, ridículos, y sobre todo, peligrosos, como los del seis de enero pasado. Las arengas incendiarias, verdaderas astracanadas, con precedentes ya en la reciente historia de España, y repetidas ahora en este país, fueron astracanadas invernales —febrero y enero— que, a unos pocos les hicieron reír, y a otros muchos a punto estuvieron de hacernos llorar.

Como no era para menos, las bufonadas dieron su fruto nefasto y doloroso, y lo peor de todo es que los incendiarios, cuando llegó el momento no supieron, no quisieron, no pudieron actuar como bomberos para apagar el incendio que sus fieles seguidores lanzaron contra objetivos equivocados. Algunos de ellos, todavía quieren negar lo que nuestros ojos vieron: una peligrosa turba descontrolada que rompía, asaltaba y allanaba el templo de la nación, mientras nuestro corazón sentía a la vez: el repudio y el miedo.

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La mayor de todas las vergüenzas para un partido político, es que el propio presidente de la nación —incubado en su propio seno—, quiera regalarle a su pueblo una Insurrección contra el orden Constitucional, profanando el Congreso, precisamente el mismo Día de los Reyes Magos. El hecho en sí, fue un turbulento, bochornoso y peligroso espectáculo, que nadie desea que el mismo candidato, indultado por su partido, y convertido en futuro presidente, pueda volver a repetir. ¡Quede esto como un humilde aviso para navegantes!