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León

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TAN graves y espeluznantes son los asuntos relacionados con los malos tratos que bien pudiera parecer una falta de respeto a la dignidad, cuando menos, que la Iglesia Católica no aclarara y, en su caso, rectificara las afirmaciones que los señores Juan José Asenjo, Ricard María Carles y otros representantes de la Iglesia han realizado al respecto, porque si atendemos a las diferentes opiniones vertidas, entre ellas las del propio obispado de León, llegaríamos a la conclusión de que unos tribunales eclesiásticos conceden la nulidad matrimonial por este motivo y otros no. Esto no es así, y lo peor es que ellos lo saben. Yo no pongo en duda la capacidad de los miembros de dicho tribunal cuando revisan una petición de nulidad basada en los malos tratos recibidos, generalmente por la mujer, aun sabiendo que ellos posiblemente ni están casados ni lo han estado nunca porque su profesión habitual, es decir, el ejercicio del sacerdocio, no se lo permite. Y tampoco pongo en duda que son conocedores de lo que siente esa persona, la mujer, cuando es atacada por su pareja, porque en esta agresión a la mujer no sólo le rompen la cara, es que le rompen la vida, es que le rompen el alma. Cuando valientemente estos señores se atreven a juzgar semejantes atrocidades, quiero creer que saben lo que están juzgando, que no actúan a ciegas. Sin embargo, para ellos sigue siendo un matrimonio válido. Y no dudemos tampoco de la capacidad que poseen los sesudos miembros del tribunal eclesiástico para colocarse física o mentalmente en el lugar de los hechos, en el lugar de la víctima y de sus hijos, a menudo también maltratados por el mismo maltratador, casi siempre su propio padre. Tampoco pongo en duda que la composición del propio tribunal es la adecuada, porque quiero imaginarme que además de por hombres, éste está compuesto por mujeres, asunto importantísimo si queremos llegar a resoluciones ecuánimes y justas. Sería una discriminación intolerable y jurídicamente reprochable que sólo los hombres, sacerdotes o no, tengan capacidad para juzgar actitudes tan abominables y deleznables cuya víctima, estadísticamente hablando, es la mujer. Lo que sí causa cierta extrañeza es su afirmación de que la violencia ejercida con anterioridad a contraer tan sagrado vínculo, sí es causa de nulidad matrimonial; se están refiriendo, obviamente, sólo a la violencia ejercida sobre la persona cuyo resultado es el propio matrimonio, lo que invalida el mismo por falta de libre consentimiento. Otra causa que ustedes no citan, pero dada su peculiar forma de ver estos temas se la cito yo, es que la persona sufra de idiocia, mal que debe de aquejar, igualmente, con anterioridad a contraer el vínculo y en cuya situación faltaría también el libre consentimiento de la persona. Pero ciertamente estas causas son difícilmente demostrables, porque en el mismo acto de contraer el vínculo siempre hay testigos y, entre ellos, siempre figura un sacerdote, el oficiante de la ceremonia. Hay que señalar, además, que en la segunda de las causas citadas, hasta ahora nadie exige un estudio psicológico exhaustivo referido a la situación mental de los contrayentes. La patada, al igual que el estado de idiotez, debe de ser anterior a contraer el vínculo, la patada sobrevenida no sirve y, en su caso, la idiocia, aunque sea causada por las tremendas palizas que algunas mujeres sufren, tampoco. Ya ven, su propia normativa canónica atiende a posibles errores invalidantes que poco o nada solucionan, por lo que habrá que aceptar que el mayor de los errores lo cometieron ustedes al olvidarse -o no- del terror, del horror y sus consecuencias, situación real por la que atraviesan tantas y tantas mujeres, mujeres sin fama, mujeres anónimas que no quieren anular su matrimonio para vender la exclusiva de tal acto a la revista de moda. Ellas sólo piden ayuda, sólo quieren vivir, y vivir con dignidad. Y yo me atrevería a decirles que en estas cuestiones deberían corregir sus propias normas, porque no basta con afirmaciones como las del purpurado barcelonés, Ricard María Carles, cuando dice que el matrimonio conlleva sacrificios y dificultades. De tal afirmación emana falta de práctica matrimonial y de respeto a la dignidad -y algo más- de muchas mujeres porque, no nos olvidemos, no se olvide señor Carles, que el problema no estriba en las dificultades y sacrificios cotidianos y propios de la persona o de la pareja, el problema es que las matan, las están matando. Ese matrimonio nunca debió de existir, no es válido, con miedo no. Y ustedes no querrán verlo de este modo, ustedes pensarán que con tanto sacrificio se están ganando el cielo, pero le aseguro que no todos los miembros de la Iglesia piensan así. Aquí parece haber dos Iglesias. Aquí parece haber dos Dioses, porque mi Dios, si existe, no es tan malo como el suyo, se lo aseguro.

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