Publicado por
Vicente Pueyo
León

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O está de suerte el PP. Manuel Fraga tiene en Galicia un panorama más que viscoso y, aunque se le supone a buena hora en el puesto de mando, no pocos ciudadanos gallegos han preguntado por él en estos días de zozobra. Aquí, el alcalde, no tiene mar, pero tiene naufragio, feo torbellino de escombros que ensucia el dosier impoluto que ha premiado Europa. Un poco más de mala pata y el gran premio europeo de urbanismo coincide con la traca de don Gutierre. La familia de los Castros, propietaria durante siglos de la casona, no habría podido imaginar, ni después de ingerir el peor brebaje, un finiquito tan alucinante. Sólo ha quedado en pie, de milagro, la fachada, con el escudo nobiliario que surge del ladrillo como un último estertor de los tiempos de hidalguía. Lo ocurrido en lo que fue, hace ya mucho tiempo, el «Casino de la Amistad», está lleno de elocuente simbolismo. Nuestro galardonado casco antiguo sigue teniendo mucho más de fachada que de sanas entrañas y es mucho lo que queda por hacer para que, de verdad, se produzca un respetuoso rejuvenecimiento que lo haga atractivo para la vida y no sólo para el ocio. El derrumbe de la casona de don Gutierre va mucho más allá de un mero «incidente». Es el crudo reflejo de la insensata capacidad para mirar hacia otro lado que demuestran en ocasiones las instituciones públicas y que se resuelve en un patético intercambio de culpabilidades. Es el caso del concejal de Urbanismo lanzando sus dardos contra la Comisión Territorial de Patrimonio. Diluye su responsabilidad, pero no le falta razón. El organismo en cuestión ha vuelto a demostrar que sigue siendo incapaz de aunar agilidad con vigilancia. Se supone que habrá más explicaciones pero ha quedado en entredicho su eficacia. En el primer punto del orden del día de la reunión prevista para hoy debía figurar un «¿quiénes somos? ¿qué hacemos? ¿servimos para algo?». Y, en cuanto a la empresa propietaria del vetusto edificio, resulta emotivo su escrupuloso respeto por la legalidad, sólo comparable al poco entusiasmo que se apreciaba para acometer la obra de rehabilitación convenida con el Ayuntamiento hace ya dos años cuando el palacio se encontraba en un estado más que precario y pedía a gritos una intervención inmediata. Al final, como ha ocurrido con el «Prestige», la «naturaleza» ha venido en ayuda del desconcierto. Ya no está, se ha hundido en el mar de la desidia. Pensándolo bien, ya no se ve, luego ya no hay problema. O sea, todo es más fácil... y lamentable.

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