Diario de León

TRIBUNA

Traducción no es traición

Publicado por
Leonor Merino, profesora de la Universidad Autónoma de Madrid y traductora
León

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Intentando transformar en creación la crítica de la traducción, permítanme hoy exponerles la siguiente reflexión. Ustedes saben -como yo- que una traducción es un oficio que conlleva un ritmo lento, muy lento, y una enorme soledad. El arte del silencio. Nuestra voz -mi voz- no es la del Otro, y la suya tampoco es la nuestra -la mía-, sólo lo es al precio de un elevado silencio. Sin esa desaparición -ocultamiento- de uno mismo, no existe la escritura. Ustedes saben, como yo, lo hermoso que es este oficio. Porque traducir -¿verdad?- no es pasar de una lengua a otra. Es escribir en la propia lengua -la de la madre- a la escucha de otra lengua, que quisiera ser hermana mía, nuestra. Y esa otra lengua es también la lengua perdida, la que nuestra traducción -mi traducción- ayuda a que se pierda. (En cierta modo, un verso se escribe en la lengua ausente). Traducir es ir en pos del sentido de nuestra vida -de mi vida-, a través de un texto en el que incluso nuestra búsqueda -mi búsqueda- firma esa pérdida. Es detectar el camino secreto del primer autor que al recorrer sus meandros a nuestra vez, a mi vez, nos reencontramos, me reencuentro, con su angustia, su herida, su destello, su gozo, río arriba de la escritura. Traducir es muerte, deseo del Otro, para que, en él, a través de él, contra él, reconocerse para no sentirse, cual albatros, con las alas mutiladas. En ese puente, qantara, de una lengua a otra, se llega a tocar el cuerpo del Otro. Entre escritor y traductor hay una ínfima distancia, un roce, una aspereza, una caricia, la misma que se desliza entre almohada y almohadón, la luz y el vaso de cristal. El traductor no es el traidor del pensamiento del autor y la infidelidad no es lo que parece. Traducir no es traición debido a la incorrección a la que se entregaría el mal-hadado traductor. Tal vez, deberíamos hacer un elogio del error de la traducción en lo que hace ver hasta qué punto no se corresponden las lenguas o son irreductibles en el mundo de la comunicación. La traición comienza en el mismo instante en el que se toma un texto por el original. Se trataría, entonces, al menos simbólicamente, de hacerla imaginable y, por lo tanto, posible. La mejor traducción se eclipsa. Desaparece en una nueva evidencia. No es domeñar, poner nuestra firma -mi firma- sino rebatir la muerte del lenguaje que la traducción descubre o presiente. El traductor no sólo hace el esfuerzo de extraer la red, intentando no dejar en el fondo al pez, sino que logra que escamas y aromas de algas permanezcan en su malla. Traducir, escribir, es caminar y encontrar impulso en la caída. Es lo que hacemos -lo que hago- de una lengua a otra, lo menos mal posible -lo mejor posible- hasta la extrañeza de la lengua -de mi lengua- materna. Mientras, la escritura es ese doble que revela, a la luz de la memoria, rostros del pasado, huellas, cicatrices, que ponen todo en lontananza. Frontera entre el yo y la absoluta indiferencia donde todo es extranjero. Y en los huecos del imaginario se encuentra, en realidad, el exilio, a un mismo tiempo, doloroso, jubiloso. Ah, la traducción, es pasaje, ventana, puerta abierta, broche, entre el yo y el otro, en lo que tienen de inmensurable. Homenaje, entonces, a viajeros, humanistas, desconocidos investigadores. Su esfuerzo, generosidad -gran soledad-, da a conocer otra cultura y memorias de infancia. Tienden la mano a todas las lenguas que desean acoger esas signos e imágenes. Lenguas, pensamientos, que nadan en la encrucijada de culturas: Espacio donde el ángel de la muerte pierde las alas.

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