Publicado por
J.F. Pérez Chencho
León

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Accedió al palco del Camp Nou mientras sonaba el himno del Barça. El presidente Joan Gaspart evitó así la primera bronca. Pero sólo tuvo cuatro minutos de tregua: exactamente hasta que el colegiado Losantos Omar transformó en penalti un derribo fuera del área de Christanval al sevillista Reyes. No menos de media docena de veces le enfocaron las cámaras de Canal Plus durante el primer tiempo. Joan Gaspart se tocaba su nariz de águila, como la del judío de «El Pianista», de Roman Polanski. Tenía a su lado a un barbudo blanco semejante al «Señor de los Anillos». Gaspart ya aventaba la gran rebelión culé. Una rebelión larvada desde que selló su futuro al de Van Gaal. En el prólogo del encuentro contra el Sevilla, se recogían firmas alrededor del estadio para presentar una moción de censura, y en las gradas cuatro pancartas pedían el adiós de esta pareja visionaria, irreal, incapaz de llenar su mochila con el «seny» catalán. El público aguantó mordiendo su decepción. Hasta el minuto 77, cuando el conjunto andaluz puso en el marcador el 0-2. Fue entonces cuando el Camp Nou volvió los ojos al palco y gritó: «¡fuera, fuera!» y «¡dimisión, dimisión!», mientras se agitaba una nevada de pañuelos blancos. Y llegó el 0-3. El público lo celebró. No puede existir nada más dramático. Era la gran humillación: le goleaba el equipo que no había ganado ni un sólo encuentro en esta Liga fuera de casa, el Barça queda a 16 puntos del líder y a dos del descenso, y Van Gaal y su oficina de libretas, no sabía qué hacer con el desastre. Aparecía como un cordero para ser inmolado. O como Aznar en la crisis del «Prestige». La pañolada blanca lo llenó todo: «¡fuera, fuera!; ¡dimisión, dimisión!». Cuando Losantos Omar decretó el final continuó la algarabía. Y Joan Gaspart, con la mirada perdida, agónica, desafiante y triste, siguió unos minutos en el palco, impasible el ademán, como si fuera un viejo falangista. O un Boabdil medieval entregando las llaves de la rendición. «Can Barça» ha pasado de la grandeza a la metáfora. Lo venían denunciando desde hace tres años los mejores: desde Jaime Gil Aluja, que no aceptó cargar con unas maletas de doble fondo para suavizar las cuentas de resultados, a Vázquez Montalbán, Rodríguez Zapatero o Baltasar Garzón, póker blaugrana incondicional. Algún defecto, joder, hemos de tener. Tres años de sequía en lo deportivo, de aberración en lo técnico y de ruina en lo económico. Es demasiado. El Barça, «mes que un club», acostumbrado al poder y la gloria, está hundiendo su grandeza. El clamor no es sorduno, sino que sus altavoces elevan el tono nacional del descontento, la confusión y la vergüenza. Pero Joan Gaspart ya lo ha reafirmado: Ni dimito, ni ceso a Van Gaal. Tendremos que echarlos. Yo, como simpatizante del Barça, tengo el derecho a gritar: «¡fuera, fuera! dimisión!», aunque no me hagan ni puto caso. Prefiero una yunta de bueyes a la pareja Gaspart-Van Gaal.

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