Publicado por
Manuel Alcántara
León

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Ser un veterano corresponsal de guerra prueba que el oficio no es tan peligroso. Si lo fuese, no sería tan común envejecer ejerciéndolo, pero eso no debe disminuir nuestra admiración por quienes andan más o menos cercanos a la primera línea, sin más armas que el relámpago domesticado de sus «flhases» y sin más metralleta que sus máquinas de escribir. Un viejo corresponsal, Ryszard Kapuscinski, no conforme con relatar las terribles peripecias de las malditas guerras, ha denunciado el negocio que supone para algunos todo conflicto bélico. Cada muerto se transforma en un contribuyente y las grandes fortunas tienen muchas veces su origen en la antigua costumbre humana de matarse mutuamente. Los ataúdes se convierten en huchas. Por si eso no fuera bastante, el viejo corresponsal nos ha hecho una confidencia: «el grueso de los ejércitos se nutre ahora de niños». Algo ha cambiado sustancialmente para que en los partes de guerra sean ahora las principales víctimas las mujeres y los niños. Antes, por cada civil muerto morían siete soldados y ahora la relación es la inversa. La retaguardia está en primera línea. En Angola y en Sudán, por ejemplo, el llamado grueso del ejército, que enflaquece a medida que se producen las bajas, se nutre de adolescentes. La media de edad de los que combaten es de catorce a quince años. Los que sobreviven serán hombres el día de mañana, pero ¿qué clase de hombres?. Decía Dostoieswky que «los niños curan el alma», pero a estos se la han envenenado y necesitarán curación ellos. Todo el mundo arrastra durante el resto de su vida a la personita que fue antes de llegar a ser persona. Aunque seamos «presentes sucesiones de difunto», el muerto que más nos dura es el de la niñez irreparable. Las criaturas más recientes, en vez de dedicarse a los juegos, juegos de niños, se aplican a los fuegos de las batallas. En general son huérfanos y tienen hambre. Los llamados «señores de la guerra» les facilitan comida y armas. Y así aprenden a morir desde el principio de la vida.

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