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Manuel Moreiro, funcionario jubilado del Ministerio de Asuntos Exteriores
León

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Por los centros de la ciudad de Madrid —paradigma de las Españas y cordón umbilical, al parecer para muchos, de la toda hispanidad—, por las poblaciones capitales de provincia, por los burgos nostálgicos de otros tiempos que hoy arrastran sus huesos mondos con prepotente agonía, por las rúas de las villas empoderadas y plenas de fijosdalgos, la cohorte de pobladores asienta su poderío sobre las personas ajenas, siempre que sean llegadas de lugares remotos y habitualmente desconocidos por el viandante, para el españolito conversador en la terraza del café-bar. El inmigrante africano es negrata, o morito, el hispanoamericano es panchito, o guachupín, con las excepciones de aquellos de esos lugares que manejan parné en toda regla o controlan la pelota con enorme habilidad, lo que les llevará al convincente e incuestionable muchoparné.

Un país, el nuestro, producto de la hibridez de unas cuantas culturas, no dos ni tres sino un montón. Un país, éste, el mío, que agranda su condición por esa mezcla de transacciones humanas habidas durante el tiempo, peleadas con rigor y asumidas a regañadientes entre los creyentes purasangre (¿purasangre de qué? ¿Raza de dónde?), que se aplican sin compasión y sin conocimiento alguno (analfabetos históricos, clasistas supremacistas).

Pronto se olvidó la diáspora de tanto español por el mundo. Pronto perdemos el punto de saber que ahora mismo, en los años Veinte del siglo Veintiuno, tenemos por el planeta más de dos millones de compatriotas. Uy, los palacetes de los indianos recuerdan a los regresados que se llegaron cargados de platita y de emprendimientos, muchos de sus negocios e ideas siguen en marcha con los grandes almacenes y otras vainas. Aparte de Europa (Suiza, Alemania, Francia, avances en lo social, aventajadas en la planificación de la economía), la alejada Hispanoamérica, por abandonada en el trato político y/o económico de la antigua metrópoli, tan habitual en nuestros regidores (México, Venezuela, Colombia, Argentina, punteras en avances tecnológicos, viveros del comercio español que acogieron a mis compatriotas con los brazos abiertos).

La señora de la sombrilla blanca con flequitos de pom-pom, ay, Maripuri, qué horror, ya ves a toda esta gente, que cóño se les habrá perdido aquí. El caballero del polo que mira con resquemor al inmigrante llegado a esta tierra para avanzar, para crear su futuro; sobre todo, sobre todo, para laburar. Las chicas de la céntrica calle de la ciudad que clavan con iracundia sus buriles sobre la dama hispana que vino porque le dio la gana, porque pudo, porque quiso, o porque entendió su llegada aquí para instalarse, sudar, aportar y vivir, ahora camina de la mano de su chico español. Ah, claro. Las chicas que no adivinan pero juegan a adivinar, cuando ignoran quién es quién y desprecian sin escrúpulos a la foránea por su procedencia.

¿Y si nos vamos?, deberían poder decir un día todos nuestros visitantes que quieren ser integrados, que pretenden ensamblar y crecer en un país que los recela, que buscan hacer crecer a esta querida nación que, por otra parte, los necesita. Los de la raza en pureza —su raza. Sólo hay la raza humana— clamarían a algún dios por verse en tanta desgracia. Patrioteros ululantes.

Por fortuna muchos españoles no admitirán el portazo ni la desconsideración al forastero del perfil antes descrito. Los mismos que no aplicarían jamás la doctrina malthusiana ni su atrocidad de la parábola del banquete.

Yo, tampoco.

Como ejemplo, en homenaje al gran pueblo colombiano, que está celebrando elecciones presidenciales y tiene todo el derecho a singlar por buenos mares.

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Mi consideración y mis mejores deseos de éxito.