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FRANCISCO IGEA
León

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Ubano bajaba por el ascensor con su silla eléctrica y su acompañante. Yo corrí por las escaleras para alcanzarle antes de que abandonase el edificio. La última vez que vino a las Cortes aún pudo conducir el mismo desde León. Hoy ya no puede. Ha venido con un amigo en lugar de con su encantadora madre. Ha perdido mucha fuerza en las manos. Se le nota al apretarlas. Donde no la ha perdido es en la mirada. Te mira con ese brillo, esa sonrisa infantil y esos ojos claros, casi transparentes. Unos ojos a los que da miedo mirar porque son la ventana a un abismo. Un abismo al que ninguno queremos asomarnos. El abismo insondable y profundo de nuestros límites. Todos tenemos fecha de caducidad. La diferencia es que a Urbano la ELA le ha enseñado lo que pone en la tapa de nuestra existencia.

Nos despedimos en el hall de las Cortes lamentando el triste espectáculo que hoy les hemos brindado. «Mil euros no son suficientes» ha dicho la representante del Partido Popular. Claro. «Por eso hemos decidido no darles nada», le falto decir. No me tengo por mal orador, pero he de reconocer que ayer me quedé sin palabras. Contener la ira, la frustración y la tristeza me dejaron como un pelele en la tribuna de oradores. No pude dar réplica a tanta miseria moral. Tristeza es probablemente la palabra que mejor lo define. Tristeza de ver como la estrategia política y el resentimiento personal pueden convertir a algunos parlamentarios en seres sin alma. Si ayer le hubiéramos hecho un eco doppler a alguno de ellos no hubiéramos oído latido alguno. Quizás se hubiera oído el eco vacío y lejano de quienes se arrancaron hace tiempo el corazón para dejar hueco a la lealtad al partido.

Urbano respetuoso, tranquilo y decidido les dijo: «Nadie nos ha manipulado»

En esas estábamos cuando salieron Alfonso y Carlos rodeados de sus asesores. Urbano le dio al mando de su silla y está se deslizó silenciosa hasta interponerse en su camino. Alfonso no pudo disimular su fastidio. Carlos bajo la cabeza, consciente de que no había sido su mejor día. Urbano respetuoso, tranquilo y decidido les dijo: «Nadie nos ha manipulado», «habéis perdido una oportunidad», «sabéis que lo que habéis dicho no es cierto». No gritó, no insultó, no dejo de sonreír. Alfonso se limitó a decir en voz baja: «ya lo has visto», «es lo que hay». Se mostraba deseoso de salir huyendo de la realidad y poder sentarse en el confortable cuero del asiento trasero de su Talismán. Ese asiento que él cree que le convierte en inmortal. Desde allí recorre, oculto tras las lunas tintadas, la larga distancia que hay entre la realidad de Urbano y la cómoda ficción de quienes hemos habitado el palacio de la Asunción. Abrevia la conversación. Le pone una mano tibia y sin fuerza sobre el hombro a Urbano y con un rictus molesto se despide de él. Los demás intentan sonreír, amables ante lo incómodo de su realidad. Enfilan, sin mirar atrás, hacia las puertas de cristal. Unas amplias cristaleras tras las que les esperan los coches plateados con los motores ya en marcha.

Había tres hombres en aquel hall. Uno estaba sentado en una silla, pero, sorprendentemente, los miraba desde arriba a los otros dos. Desde mucho más arriba. Gracias Urbano. Tu sombra es la sombra de un gigante. Un gigante sentado.

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