Diario de León
Publicado por
Alex J. García Montero
León

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Quizás el título de estas letras juntadas, pareciera un mito de Sísifo encarnado en la más que difícil y abrupta geografía de Oriente Medio. Condenados. Condenados a entenderse (y no a extenderse). Estos días, convulsos, violentos y sangrantes, han suscitado diversas opiniones, bien o mal intencionadas sobre un conflicto arrastrado de lejos. Entraré a tocar diversos palos, pero el trinquete mayor de esta contienda es la antropología. Es decir, el modo de ver al ser humano desde la óptica cultural, social, religiosa y territorial. Y aquí, la teología debe decir mucho, aunque haya sido silenciada por la modernidad.

Todos los territorios implicados en este conflicto son, desde muy antiguo, codiciados por muchos. Palestina, la antigua Filistea, entró en guerra con Israel desde los tiempos inmemoriales de Los Jueces veterotestamentarios. Ahí tenemos la historia de David y Goliat, antesala de las brutalidades actuales.

Si bien es verdad que no ha habido pueblo palestino (ni tampoco pueblo saharaui), podríamos hablar de «pueblos», tribus; tampoco ha habido pueblo de Israel, sino facciones o modos de vivir una misma religión de modos muy opuestos, hasta contradictorios. Tenemos desde los judíos ultraortodoxos que no creen en el Estado de Israel hasta los judíos laicos ateos que no creen en la religión, pero sí en su nación. Del mismo modo, la población árabe, se ha ido aglutinando en torno a un islamismo radical, que poco o nada tiene que ver con sus orígenes de paz, tolerancia, acogida y respeto. Llamar a un conjunto de tribus nación es cuanto menos impreciso; y esto es válido para Israel, Palestina o el propio Sáhara. La noción de nación actual se forja en la separación de poderes del empirismo británico, la Revolución Francesa y los idealismos kantiano y hegeliano. No parece que esto sea así allí.

De hecho, es ese mismo pensamiento tribal (con sus cosas positivas de autodefensa y apertura al otro), el mismo que hace sacar la maldad absoluta de una conciencia social exacerbada que otorga carta blanca a la barbarie. Dos religiones tribales, judaísmo e islam, (el cristianismo, por definición es universal), marcan el devenir de los pueblos como naciones tribales sin sentido. El odio y la aniquilación del otro son las bases de su existencia. Y para romper ese círculo vicioso, los líderes religiosos moderados (los hay en ambas partes) deben decir algo. Nosotros debemos proponer una injerencia humanitaria entre tanto sinsentido.

No olvidemos que Hamás, movimiento terrorista sin ningún tipo de ambages, lleva gobernando con la Sharía, la interpretación más radical y extremista del islam, la franja de Gaza desde hace décadas. Sin permitir elecciones, ni ningún tipo de atisbo democrático y con una represión que ha llegado a diezmar la población árabe cristiana.

Pero tampoco podemos olvidar que Israel estaba en un proceso de legislación que le estaba alejando con pasos agigantados de ser el oasis de Occidente en Oriente Medio, con reformas programadas que unificaban o pretendían concentrar los tres poderes en uno solo, el ejecutivo, similares a algunas proclamas del gobierno de Sánchez.

Como hipótesis, no es creíble que el gobierno israelí no supiera que no iban a producirse incursiones (una más de tantas). Quizás lo sabían, pero minimizaron los daños, puesto que podía beneficiarles en pos de aprobar esas reformas, a pesar de una ingente oposición a las mismas en las calles por parte de gentes de todo tipo. Pero minimizar un grupo terrorista como Hamás es no admitir el elefante en la habitación. Unirse ante un enemigo externo es propio de los sátrapas más deleznables. Es la autenticidad de la supervivencia tribal. También destacan proyectos de leyes que tratan de excluir a los cristianos en la llamada Tierra Santa, que va más allá de Israel, gracias a Dios.

Respecto a los palestinos, se han forjado una fama de tribu irracional que, tras los atentados de Hamás, se cuestiona hasta la ayuda internacional en la zona más corrupta del planeta. No olvidemos las acusaciones de corrupción al ya difunto Arafat. No dejemos de lado que Hamás fue impulsado por el propio Estado de Israel contra Al Fatah. Las tribus siempre tienen matrimonios de conveniencia que engendran malinches.

Independientemente de lo expuesto aquí, hay valores en ambos lados. Tengo claro que en Israel se disfruta de un bienestar y una libertad intrínsecas a la occidentalización de esas tierras. Pero el riesgo tribal sigue muy presente. Ahora más que nunca.

El legado escrito de La tribu atribulada de Juaristi, puede ser muy bien aplicado aquí. Los odios tribales y cainitas (la Biblia otra vez) perduran desde la honda de David.

Finalmente, Israel existe desde 1948. Para aquellos que niegan una nación palestina, podría darse desde ya, puesto que para crear una nación no es necesario un periodo histórico amplio. Los fariseos aglutinaron el judaísmo tras caer Jerusalén. Los islamistas seguirán aglutinando los odios palestinos desde Saladino.

Aquí se creó una falsa región hace cuarenta años y algunos pretenden remontarla a 1230. Si es que…

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