Diario de León
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Los pobladores de las metrópolis se han acostumbrado a mirarse el ombligo cada vez que tratan de entender lo que pasa a su alrededor. Para ellos, los que viven «en provincias» solo merecen esa mirada de conmiseración que se guarda para los amigos que han sufrido los reveses de la fortuna. Qué desdichados  —piensan— privados de las excitantes novedades de la Gran Urbe. 

Olvidan  que,  en este mundo «de relativos», un leonés en Madrid no es más provinciano que un madrileño en París y este que un parisino en New York. Habría que instalarse en Manhattan para sentir de verdad el vértigo del corazón del mundo y aun así esa fulgente sensación no seria mas que una arrogante fatuidad para algún ignorado visitante de Alfa Centauri. 

Vivir en provincias, por ello, es una reconfortante cura de humildad. Porque es la pequeña ciudad, el único marco donde puede desplegarse, con un último acopio de sensatez, esta enredada madeja que estamos haciendo de nuestras vidas.

Allí confluyen todas las honorables reliquias de un pasado no, como creemos, tan definitivamente clausurado al lado de esas livianas lentejuelas que de vez en vez nos acercan los ansiosos mensajeros de la novedad

Nada hay más relajante que ese bendito sosiego de la encrucijada a medianoche en la ciudad que todavía puede andarse. Pocas expansiones tan estimulantes como ese diario reencuentro  con las mismas caras en los lugares familiares. La vida es ahí un rescoldo que calienta lo bastante como para no tener que renovar el leñero cada semana.

Solo quienes han sentido el turbado chillido de las sirenas desbocadas entre el tráfico delirante, los que saben lo que es sufrir dos horas de camino antes de llegar al trabajo han visto la verdadera cara del saturno metropolitano. 

Los alicientes del vicio y la molicie, el ancho mar del ocio y los consumos, eso, al fin, puede encontrarse en cualquier parte.

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