TRIBUNA
Más responsabilidades
Aceptando que la existencia humana pende de un hilo y que no conviene tensarlo demasiado porque está en juego la vida
Médico y Psicoanalista
Han pasado dos meses desde los acontecimientos trágicos acaecidos en ciertas comarcas españolas, y son muchas las personas que exigen explicación y responsabilidades acerca de lo sucedido; una petición, por otra parte, absolutamente lógica y normal en un mundo que se supone desarrollado y civilizado, o lo que es lo mismo, organizado a través de la ley. Pero su demanda no es sólo para encontrar sentido al horror padecido o plantear imputaciones a todos aquellos que supuestamente deberían haber garantizado su seguridad e integridad física, sino también para que, de una vez por todas, el empuje de la Naturaleza no vuelva a hacer sufrir a la población del mismo modo.
No obstante, todas estas demandas, explicaciones o exigencias de responsabilidad, requieren de un cierto análisis pormenorizado.
La vida humana pende de un hilo; su mundo también. Y, sin embargo, no hay persona que conviva con esta fragilidad sin una pantalla de fantasías que, a modo de velo, hace creer que la muerte o las desgracias de todo tipo son asuntos del semejante; como si en el psiquismo de cada uno existiera una opaca convicción, rebelde a cualquier auténtica toma de conciencia que trataría de rechazar cualquier noción subjetiva de peligro o de accidente mortal. Es un hecho: se vive como si la existencia fluyera sin límites, para siempre, eterna, salvo que acontezca la angustia o el miedo por el encuentro con lo real, que es precisamente lo que se trata de evitar. De ahí el porvenir que siempre han tenido y tendrán las religiones a la hora de proponer nuevas vidas, otros mundos, frente a la muerte.
En el relato ofrecido en este Diario de León bajo el título de Responsabilidades, se abordaron las peripecias de un personaje que, a pesar de conocer la llegada de un fuerte temporal, prefirió viajar a Málaga sin tomar verdadera conciencia de su acto. Como vimos el protagonista se desplazaba e instalaba en el Parador de la ciudad a la vez que mostraba dudas, cuando no, suspicacias, acerca de las noticias emitidas por los técnicos de Meteorología, mientras compartía el mismo escenario de incertidumbre con el personal del establecimiento, sin que nada hiciera rectificar su comportamiento o marco de actuación. Entonces, ¿qué hace que individuos, aparentemente cabales, se muestren reacios a aceptar los mensajes de peligro del entorno?
A fecha de hoy es evidente que la información sobre el terrible temporal valenciano estaba suficientemente presente para todos; lo estaba para las personas y también para las autoridades e instituciones diversas; luego, ¿por qué no se actuó con la suficiente entereza y celeridad en la comarca del Levante o Castellano-manchega, y sí en la provincia de Málaga?
Porque no es lo mismo conocer un hecho, un dato o una información, que subjetivar ese conocimiento. Subjetivar conlleva hacerlo propio; como si genuinamente ese entendimiento tocara la conciencia, afectándole a uno mismo. La subjetivación conllevaría la representación y el contenido de la idea con el afecto subsiguiente, haciendo vibrar de un modo íntimo, en el sujeto, la representación o el mensaje. Dicho de otro modo: subjetivar es hacer vivir la representación en uno mismo, por y para sí.
Si recordamos que la mayor parte de vidas humanas perdidas acontecieron en los coches — bien por intentar salvarlos o por estar de tránsito en ellos-, o en las viviendas, entonces, se hace necesario tener que afrontar la hipótesis de que en ningún momento los datos emitidos por los técnicos de meteorología fueron subjetivados de un modo suficiente por la población. Nada les advirtió aparentemente del peligro que se acercaba; ninguna idea les alumbró definitivamente para pensar y evaluar la situación de un modo cabal, habiéndose evitado así la tragedia personal que se avecinaba. Se vivió como si nada les pudiera afectar.Pues bien, es esto mismo, al hilo del personaje de la viñeta y el comentario con el que inicié este artículo, lo que se llama «negación».
De ese modo cabe plantear que hubo «negación» en la población a la hora de subjetivar el peligro, percibiendo la información como si se tratara de una tormenta banal, pero en ningún caso como lo que más tarde supondría la «gota fría». Y hubo también, por supuesto, «negación» por parte de las diferentes Administraciones a la hora de tomar decisiones, a pesar de que la información estaba presente en el aire, porque conocer no es saber. Es decir, se «conocía» pero supuestamente se actúo como si no se «supiera». ¿Por qué? Si nadie hizo el suficiente caso fue por varios motivos. En primer lugar, por la negación implícita de todos los participantes en el suceso; pero también porque en la comunidad valenciana el fenómeno surgió a modo de acontecimiento, es decir, sin que nadie lo esperara realmente. En cierta forma, fue un hecho completamente novedoso porque, aunque supuestamente se preveía por la información, sin embargo, aún no había sido experimentado como tal.
Y con estos datos puramente hipotéticos, ¿qué autoridad podría haberse tomado en serio un fenómeno estadístico o de especulación? Además, percibiéndolo así, ¿quién se atrevería a dar la orden para paralizar por completo las comunidades, impidiendo el tránsito y el ritmo de los ciudadanos, con la subsiguiente merma de la economía y el fastidio de la población? Un aspecto que, por otra parte, también hubiera obligado a poner en marcha todos los dispositivos posibles frente a la catástrofe desde el propio gobierno central. Pero, ¿cómo llevarlo a cabo en un «Estado de las Autonomías» tan convulso como pleno de malentendidos e incomunicación?
Luego se actuó y se vivió, como si nada fuera a pasar, a pesar de los informes técnicos. El resultado ya lo conocemos en vidas humanas: demasiados muertos. Porque otro asunto, bien distinto, son los daños estructurales, fruto de un crecimiento demográfico y una creación de infraestructuras, sin control ni respeto por las leyes y los límites de la Naturaleza, basada en la pura especulación.
Por eso, una vez experimentando el suceso trágico a través del otro, Málaga extrajo sus propias conclusiones y actuó con celeridad, cerrando a cal y canto la provincia, y aprovechando además su actuación, a partir del miedo de la población. Y aquí aparecen dos mecanismos esenciales en la protección de los ciudadanos, en situaciones de auténtico peligro: el miedo de la población y la prohibición de las autoridades. Aspectos que brillaron en las comunidades más afectadas por su ausencia. Luego si bien no hubo culpabilidad, porque nadie es culpable del arrebato de la Naturaleza, sí responsabilidad por los efectos de ella, tanto en los encargados de cuidar y de proteger a los ciudadanos como en estos mismos, aunque con matices ciertamente diferenciales. La justicia y la ética de cada uno deberán ahora dirimir el conjunto de las responsabilidades.
En cuanto al asunto sobre si todo esto habrá servido de algo en un futuro, soy francamente pesimista por varios motivos. En primer lugar, porque la tendencia del ser humano pasa por olvidar, hasta en los asuntos del amor. De ahí el funesto hechizo que siempre ejerce la repetición en la historia humana, a pesar de que aparentemente todo comienzo invitaría a pensar en una nueva posibilidad. En segundo lugar, porque el marco político actual está demasiado contaminado por el juego partidista en este reino de taifas, en el que cada uno va a lo suyo, sin tener para nada en cuenta el conjunto de la unidad nacional. No obstante, a pesar de que la Naturaleza seguirá con su empuje y sus catástrofes, porque desconocemos sus leyes más íntimas o el funcionamiento del azar, o de que el ámbito político seguirá desgraciadamente con una inercia cada vez más entrópica, cabe la posibilidad de que el individuo, uno a uno, se posicione frente a la adversidad de un modo diferente. ¿Cómo? Aceptando «auténticamente» que la existencia humana pende de un hilo y su mundo también, y que no conviene tensarlo demasiado porque está en juego la vida.