Diario de León

El día que un cepedano joven se convirtió en un tipo duro y se hizo minero

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Acabo de leer Don Vito, una historia de mafia, política y carbón (Ed. Akal), de Cristina Fanjul y Víctor del Reguero. Un volumen de medio millar de páginas con una excelente labor de investigación. Libro de referencia en la materia para quien quiera conocer los entresijos y la ruina del sector industrial de la minería, principalmente en León.

Tardé apenas una semana en acabarlo. Su lectura me trajo recuerdos que, lo reconozco, guardaba bastante relativizados en el desván de la memoria por lejanos, de hace casi medio siglo. En efecto, durante unos meses en mi juventud fui minero. O al menos trabajé en la mina. Permítanme la licencia en primera persona, acaso sentimental.

-Enrolado: Corría el año 1978. Me había licenciado de la mili en abril, a la que me apunté voluntario en Aviación de la Virgen del Camino para evitar que me mandaran por reemplazo a Ceuta a Canarias o vete tú a saber dónde. No tenía claro si continuar los estudios… y a mis dieciocho primaveras, con el carné de conducir fresco, tampoco tenía coche, como algunos de mis mejores colegas del barrio.

Un amigo del instituto, mayor que yo, me dijo que en la mina cogían gente y pagaban bien. Al poco, tomé un autobús junto a la iglesia de las Ventas, en León, que me llevó a Santa Lucía de Gordón, no muy lejos del puerto de Pajares. Cuando el conductor abrió las puertas en la plaza del pueblo, bajé e hice lo que cualquiera en esas latitudes: ir al bar de enfrente a preguntar.

Al rato, anduve los dos kilómetros de distancia entre la villa y la bocamina. En las oficinas me atendió un administrativo de porte inalterable. Me sinceré y le dije que era de León, pese a la fama de flojos que manteníamos los de la capital. Poniendo mi mejor gesto le confesé que quería enrolarme en la mina. Descolgó el teléfono y llamó al facultativo responsable de personal que, sin prisa, salió del despacho y me entrevistó de pie allí mismo. Era un hombre de mediana edad con aspecto indulgente, o eso me pareció en aquel momento en el que mi futuro inmediato estaba en sus manos. La idea era quedarme unos meses, los suficientes para comprarme un coche de segunda y ya se vería; quizás vuelta a los libros, tal vez una oposición o a lo mejor un cambio de aires a una ciudad con mar. Habría tiempo para pensar.

El facultativo me hizo preguntas acerca de dónde era y por qué quería trabajar en la Hullera Vasco Leonesa. Le mentí, o al menos le mentí a ratos. Conté que acababa de terminar el servicio militar (cierto) y que quería un empleo fijo con porvenir (menos cierto). Ya por entonces se hablaba del declive del carbón y de la corrupción en algunas patronales. Él me sondeó sobre mi pasado y yo le expliqué, adulterando la verdad, lo que esperaba oír de un supuesto tipo duro: que había nacido en un pueblo de La Cepeda, al lado de Astorga (cierto), y que por tanto era un muchacho curtido en el campo y frecuentemente en la construcción, a menudo descargando camiones en el mercado para sacar un dinerillo extra... Desconozco si el mandamás creyó realmente mi versión apócrifa para la ocasión. Después de diez minutos de charla, el facultativo me dijo que me considerara admitido. Avisó al de la oficina, le ordenó que hiciera el papeleo y se fue. El administrativo me explicó los pasos a seguir con mi «golpe de suerte»: pasar el examen médico en la sede de la compañía y, de vuelta, firmar el contrato. Al día siguiente debía presentarme a las siete de la mañana en los vestuarios del pozo, que entonces se llamaba Grupo Ciñera.

Cuando por la tarde regresé en el autocar a León, miré con disimulo las palmas de mis manos intentando encontrar algún indicio de callo en ellas que, por imposible, no podía hallar. ¡Quizás me costaría habituarme a la pala!

-El guardián del agua: Me asignaron al turno de mañana. Como vivía en León ciudad, para cumplir con el horario de entrada me levantaba a las cinco y media, tomaba a las seis en la puerta de la iglesia de las Ventas el autobús (que en la cuenca apodaban fusca) y a las siete «pasaba lista» a pie de mina.

El primer día, nada más llegar me entregaron el equipo. Me dieron también una taquilla y una cuerda con polea fija en el techo para colgar y secar la ropa húmeda al salir del relevo. Parecía increíble: estaba a punto de entrar en las profundidades de las galerías sin haber pisado ni siquiera un túnel de carretera. ¡Por qué no! Quizás medio año y ya decidiría en qué dirección ponía el intermitente para encarar el porvenir.

Sería deshonesto por mi parte si no reconociera que la impresión al bajar en la jaula al tajo fue turbadora. En la cuarta planta, el vigilante me asignó tarea: ayudante del minero encargado de inspeccionar el pantano situado en una vieja galería anegada. «El guardián del agua», como le llamaban, un asturiano veterano del carbón, aguantaba las jornadas en espera de jubilarse por silicosis con dos paquetes de tabaco en el bolsillo. Me aceptó de buen grado. Me preguntó de dónde era y comenzamos a caminar en la oscuridad de los corredores hasta llegar al confín donde el amenazante rumor del agua presionaba el muro que la embalsaba. Al asturiano le gustaba alardear de arrojo. «Lameculos aquí, ninguno; esos para los chamizos del Bierzo con los caciques», advertía con indisimulado orgullo comarcal.

Pasaron las semanas y paleé carbón; franquearon los meses y conocí cuadrillas, picadores temerarios, tuberos, barrenistas de Goma-2, maquinistas… Sudor forjado en la adversidad de las entrañas de la tierra y en el decaimiento de las cuencas mineras que ya los obreros y la gente percibían en el ambiente. «Compañerismo asgaya», se decía en las asambleas. Cargué vagones, posteé madera, labré cunetas, repté por chimeneas, algún percance sin consecuencias… Como todos. Un día de invierno, en el autobús de vuelta a León, miré mis manos y observé cambios: albergaban una enorme lección de vida.

-Diáspora: La Constitución se aprobó al fin en diciembre del 78. Llegaron las elecciones generales de la democracia. Al poco, se convocaron oposiciones para la nueva Policía Nacional que sustituiría a los grises. Había rematado el bachillerato y tocaba resolver: a la universidad o al paraguas del Estado. Decidí rellenar la instancia ministerial y la cursé. Al cubrir la casilla del formulario, reservada a la profesión, tuve dudas si poner «estudiante» o «minero». ¿Era realmente minero un muchacho con apenas seis meses de faena? «Minero», escribí a la postre apretando el bolígrafo.

Lo que ocurrió luego es ya harina de otro costal. Maleta, academia, prácticas, juramento, bla, bla, bla … y la diáspora del primer destino. Siempre me gustó el mar, desde que lo vi con asombro de rapacín en Gijón. Acaso por ser de tierras adentro donde sin embargo conservamos un pantano, el de Villameca. De tal modo, pedí una plaza indeterminada pero a condición de que tuviera agua salada.

Por entonces, un ministro del Interior, ex dirigente falangista de camisa azul y brazo en alto durante décadas, de nombre Martín Villa, «El judas de León», me dio el gustazo: ¡concedido destino a Bilbao! Mar salada… del nueve Parabellum. Como reza el viejo proverbio: «Los recuerdos valiosos son el perfume del alma». En efecto, grandes lecciones de vida. Especialmente «el día que me convertí en un tipo duro y me hice minero».

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