Diario de León

TRIBUNA

Víctor del Reguero

¿Es esto la transición justa?

Igual que durante las dos últimas décadas con los fondos mineros ocurre ahora con los europeos

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«La vida humana tiene menos valor en tiempos de crisis. E igual ocurre con el paisaje. O trabajo o naturaleza. Y sobre el lugar del crimen, la cucaña de la supervivencia resbaladiza y tópica». Hace cuarenta años, Manuel Vázquez Montalbán pisó zona minera en Igüeña, donde pudo ver lo que describió como crímenes ecológicos: «Las hoyadas dejadas por explotaciones mineras a cielo abierto, montañas deslomadas, hendidas, arrasadas, desmenuzadas, con las carnes flojas expuestas a la acción del viento y el agua, las vertientes desorientadas, malos caminos mutilados, una boca desdentada abierta a los cien jinetes de la erosión y la degradación del paisaje».

Las anteriores líneas fueron, consecuencia de ello, una columna que publicó en El País. El escritor de moda hablaba en el periódico de moda de lo que nadie quería hablar: daños ambientales, abusos empresariales, deterioro de las condiciones laborales. El Bierzo Alto, como Laciana, Alto Sil, Fabero o, un poco más lejos, las cuencas de la montaña central, eran entonces una geografía económica y humana viva, aunque todo fuera un trampantojo que en ese preciso momento empezaba a desdibujarse, sin que la mayoría quisiera o supiera verlo.

En la metáfora caben también la ciudad de Ponferrada, El Bierzo y, por extensión, la provincia.

De entonces a ahora, un declive que explica cosas como las vistas estas semanas en torno a un macroproyecto eólico. Distintas voces han alertado ya de la importancia de un paisaje natural y cultural como la sierra de Gistredo, que se ha mantenido prácticamente intacto durante siglos. Acerca del impacto que supondría la instalación del pretendido complejo de aerogeneradores y toda la infraestructura para su montaje y mantenimiento, así como las líneas de evacuación, se han pronunciado ya entidades de solvencia con datos científicos, no subjetivos. También, de manera pública, varias organizaciones y colectivos han mostrado su rechazo.

No es el propósito de estas líneas, aunque también, alertar sobre ese eventual crimen ambiental y ético. Más bien, se trata de poner el foco en cómo las únicas voces públicas a favor han sido determinados poderes del territorio, léase los alcaldes Alider Presa (Igüeña), Andrés Arias (Noceda) y Silvia Cao (Bembibre), compareciendo en rueda de prensa para darse a ver totalmente alineados con Repsol y sus intereses. El primero parece liderar el movimiento y ha venido a decir que no es para tanto, que donde otros ven una amenaza él ve una oportunidad o, más que eso, «una necesidad imperiosa». Su discurso habla, sobre todo, de dinero, de los miles de euros que llegarían según las cuentas que ya ha echado.

a dónde irían, para qué servirían, qué utilidad tendrían esos miles de euros, nada ha dicho, aunque todo sería en pro de la viabilidad de su municipio y sus pueblos. ¿Se referirá también al de Los Montes de La Ermita, donde un vecino ha tenido que ir hasta el Tribunal Supremo para que este mismo alcalde le permita, obligado por la justicia, empadronarse en su casa? Así son los caciques, y es que, siguiendo el principio de la durabilidad de los materiales, veinte años —que no tardará en cumplir en el cargo—son demasiados para casi todo. Al parecer, también para mirar de igual a igual al Ayuntamiento de Páramo del Sil, con problemas tan graves o más que el suyo, pero que, en este caso, junto a varias de sus juntas vecinales, se ha colocado rotundamente en contra de tales planes, que afectarían gravemente a parte de su territorio.

En esas aparece el Consorcio del Tren Turístico Ponfeblino. Según sus estatutos, tiene como fines la puesta en funcionamiento y explotación del citado tren, la rehabilitación de la vía y sus infraestructuras y el fomento de actividades ferroviarias. Cualquiera de los tres sería ya meritorio, pero como eso parece ser poco, vota mayoritariamente (con la única oposición de Páramo del Sil) firmar un documento, entre palabrería rimbombante y hueca, a favor de «la exitosa tramitación y construcción de tales proyectos de parques eólicos, así como su futura explotación».

La justificación que se da para ello es que Repsol estaría en disposición de participar en el proyecto del tren turístico, un interés tan repentino como abstracto, frente al realismo de que tal maniobra liderada por su presidente, Mario Rivas, alcalde de Villablino, solamente es un elemento de presión más y un chantaje insultante. ¿Ha mostrado el Consorcio el menor interés respecto al proyecto del parque fotovoltaico que amenaza La Recuelga, un patrimonio industrial declarado BIC, que se ubicaría al lado mismo de las vías?

Aquellos crímenes ecológicos de los que hablaba Vázquez Montalbán fueron asumidos por el conjunto de la sociedad como «sacrificios» en aras al mantenimiento de los empleos en las sociedades locales de un pasado no tan lejano. Algo que se sigue conjugando en presente, a no tantos kilómetros, con las pizarreras.

Esos «sacrificios» han dejado muchas heridas en el paisaje, alimentaron a las entidades locales con dinero que, como llegó, se fue, dieron pie en no pocos casos a una corrupción sórdida y generaron durante años empleo, no pocas veces precario. La conclusión, la realidad, es que todo eso era y es una miseria en comparación con las grandes cifras de un negocio alimentado con dinero público, como el que ahora se pretende consumar: otro «sacrificio», uno más, a cambio de una economía cortoplacista, para que millones y millones de euros vuelvan a sobrevolar las cuencas mineras, ya rendidas después de tantas derrotas, en las que quedarán unas migajas y, al cabo, los restos del naufragio.

Después de la mentira de la reconversión, ¿es esto la transición justa? Ya nadie dice nada, pero igual que durante las dos últimas décadas con los fondos mineros está ocurriendo ahora con los europeos, que se anuncian con grandilocuencia en titulares, pero no llegan a la realidad de unas cuencas con censos demográficos que han caído en un 50%, pirámides de población totalmente envejecidas, carteles de «se vende» y «se alquila» como repetitiva decoración urbana y un desempleo cronificado.

Sucesivos planes de dinamización, de fomento del empleo y etcétera derivan en contrataciones temporales que no crean empleo real, convocatorias de ayudas que quedan desiertas porque está acreditado que no funcionan, o inversiones millonarias que se eternizan y que, en muchos casos, se utilizan para acometer infraestructuras básicas que debieran ser hechas de forma ordinaria.

Paradójicamente, las mayores cifras de ese dinero se están destinando a la restauración de los espacios que destrozó la minería. Espacios que las empresas no restauraron, incumpliendo su obligación, y cuyos costes no solamente han tenido que ser asumidos con dinero público, sino que ese dinero público está yendo, en un porcentaje considerable, a sociedades vinculadas a aquellas, que desaparecieron vía liquidación dejando un rosario de ruinas, deudas y desempleo, y ahora se reencarnan en adalides de las energías renovables.

Por eso, es increíble el nivel de relativismo que se está imponiendo en el discurso de determinados representantes públicos y, por ende, en la opinión pública, abrazándose ahora —una vez más— a una calderilla que no va a resolver el problema de fondo y tratan de vender las bondades de proyectos que no van a crear empleo, ni autoestima, ni mejores servicios para la cada vez más exigua y envejecida población.

Poco importa que estos nuevos negocios vengan de mano de cualquier multinacional o de alguna sociedad de los «carboneros» de ayer con el disfraz de la sostenibilidad hoy, que han tomado un repentino interés por «invertir» donde nunca lo han hecho, donde nunca lo harían, aunque esto último no deje de tener su aquel.

El final de la historia sería el mismo: expoliar (más) las cuencas, destrozar (más) el paisaje y llenarse (más) los bolsillos, con la cooperación de determinados poderes públicos, cada vez de forma más descarada. Una buena trama para una nueva versión de As Bestas…

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