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En España, en diciembre de 2020, fallecían de cóvid-19 quinientas personas cada día, pero ningún mandamás asumía sus culpas, nadie pedía perdón ni modificaba su comportamiento. Los «siervos de la gleba» vivíamos bajo la dictadura de los caraduras, «mandamases» ignorantes, violentos, que no tenían corazón ni escrúpulos éticos ni morales, y siempre salían con cara de risa.

Pero la borreguería seguía defendiendo al mentiroso Fernando Simón y al «Comité de Expertos» del Gobierno, que no existía.

Al llegar yo a las Puertas del Cielo no estaba San Pedro. En ese preciso instante pensé que algo importante estaría sucediendo en su interior, pues no creía que fuera normal dejar a un simple ángel al frente de tan importante y colosal negociado.

El sustituto, que era una hermosa mujer, me sonrió con maravillosa sonrisa celestial, y con voz dulcísima me dijo:

«San Pedro ha tenido que ausentarse, está despachando con nuestro Señor Dios Rey del Universo, por causa de una emergencia. ¿Quién eres…, de dónde vienes…, qué quieres?».

A un servidor no le pareció bien que tan celestial hermosura no me conociera, y su ignorancia o desconsideración con mi persona, además de molestarme un tanto (sólo un tanto, ni siquiera dos), me hizo sospechar que, seguramente, me estaban sometiendo a la última y definitiva prueba de santidad, o que el desaire que me infligían fuera por haber llegado antes de tiempo y el natural nerviosismo y precipitación que, tal vez, me habían llevado no ante la Puerta Principal y sí a una de las laterales o incluso traseras, menos famosas pero muy reales.

La angelical sustituta, portera aprendiz, que no era de muchas palabras, al notar mi clara inquietud tuvo a bien decirme algo más, y me dijo: «Espera ahí, no te preocupes, no tardará en llegar el Jefe».

Yo dudaba, no me sentía cómodo allí, de pie, sin una nubecita en la que sentarme, sin otro entretenimiento que el de mirar a las estrellitas, todo en completo y total silencio, sin tan siquiera oír ni escuchar alguna dulce melodía de viento o de cuerda. No podía evitar cierto temor a lo desconocido, y me preguntaba para mis adentros: ¿Cómo es posible que solamente esté yo aquí, un santo de Villafranca, y no haya nadie más, ni siquiera algún conocido paisano de El Bierzo? Lo lógico sería que mis ojos contemplaran una larguísima cola de gente esperando, pues conocía la enorme cifra de muertos producida en días anteriores por culpa de un mal bicho, el Coronavirus, y por la negligencia dolosa de los mandamases. El Hospital de Fuentesnuevas con sus médicos y enfermeras había hecho todo lo posible para evitarlo, pero a pesar de sus grandes esfuerzos casi heroicos, corriendo peligrosos riesgos por falta de protección, de habitaciones, de ucis, de respiradores, de mascarillas, de medicamentos.., fue desgracia muy dolorosa con muchos fallecidos. ¡Qué rara me parecía esta situación, sin cola ni lista de espera ante la Puerta Principal de la Gloria Celestial!

Afortunadamente, no tardó mucho en llegar San Pedro (que hace tormentas ruidosas, con rayos y truenos, cuando camina con pesados galochos de madera), pues, aquí, a las puertas del Cielo, se nota que el tiempo ya no cuenta. Él, el gran Portero Titular, ensimismado y con cara de preocupación, al verme se llevó una alegría tan grande que se puso a dar vueltas y saltitos con los brazos levantados como si fuera un chaval que aspira a triunfar en la televisión cantando y bailando sevillanas, muñeiras, jotas y pasodobles.

Yo, claro está, sin experiencia celestial, no sabía qué hacer ni que postura adoptar que fuera acorde con la situación y el protocolo, por eso dudaba entre estar serio y formal o sonreír y aplaudir gritando: ¡Ole, ole, olé!

Entonces, sintiéndome todavía en posición incierta, sin tener conciencia exacta, ni aproximada, de cómo sería mi futuro, de pronto me encontré entre los fuertes y cálidos brazos del famoso Amo de Llaves de Dios Señor del Universo y de todo lo bueno que existe. Me costaba respirar, pues, por muy santo que fuera yo, y lo era, no me esperaba tanto entusiasmo ni que me agasajaran con botillo y vino del Bierzo. Evidente era que a San Pedro le había fallado su bien acreditado servicio de información, o sufrido un despiste el Ángel de mi Guarda, pues no se dieron cuenta que no me gustaba el botillo ni el vino. Entonces me vi en la necesidad de claudicar, pero sólo al 50%, al comprobar, con gran satisfacción, que se trataba de una excelente ambrosía terrenal y celestial, el famoso Tebaida número 5 Pago de Sapita, de la Bodega Casar de Burbia, elaborado con uvas mencía de las viñas que fueron de mis abuelos y padres.

«Perdona, chaval, has chegado muy cedo, no te esperábamos», me dijo San Pedrín mezclando castellano y gallego, dos idiomas que borda. Luego, más tarde, comprobaría yo que, como excelente portero que es, habla todos los idioma habidos y por haber, aunque últimamente no le gusta el catalán. «Perdóname, majete, por tenerte esperando una «nadiña» o un «anaco» de eternidad por causa de una cuestión que te afecta en toda tu esencia. El Señor Creador me avisó que vendrías antes de tiempo, enviado por la negligencia de esos mandamases de España que con su egoísmo y su mala forma de actuar te han impedido seguir disfrutando de tus seres queridos, publicar maravillosos cuentos, poemas, artículos de opinión, regalar alegrías... Ahora ya estás con nosotros y el Cielo cuenta con el más honesto y cabal contable de cuantos en la Tierra han sido desde que el Padre entregó las Santas Tablas de la Ley a Moisés en el Monte Sinaí».

San Pedro siguió diciéndome:

«Con Dios estaba hablando de ti cuando llegaste. Me ha dicho que tienes que elegir entre ser un Serafín o un Querubín, tiempo tienes de sobra para pensarlo, no hay prisa».

Me quedé con la boca abierta. Luego pensé y razoné todo lo que pude, sabiendo las altísimas responsabilidades que conllevaría cualquiera de estos magníficos celestiales cargos. Acudí a la experiencia contable y literaria preguntándome qué tarea podría desempeñar mejor y sería más benéfica para la tierra querida de la que me habían expulsado y el universo que me esperaba. Y dándole vueltas y más vueltas al asunto, este humilde ángel creyó entender que Serafín, desde el punto de vista literario, y sobre todo fonético, parecía «Ser el fin», sin embargo, «Querubín» sonaba a «Querer bien». Pero ahora, después de pasados cuatro años desde mi muerte y llegada al Cielo, estos profundos razonamientos y disquisiciones que les cuento no me parecen de suficiente entidad para decidirme. Tan indeciso estoy que todavía sigo así, sin saber, Dios mío, querido San Pedro, paisanos de El Bierzo, en qué cargo me resolvería mejor. ¡Mucha paciencia tenéis conmigo!

Con toda Burbialidad.