Diario de León

TRIBUNA

De la alfombra roja al paredón: no eres lo que logras, eres lo que simbolizas

Los premios no celebran el talento o la excelencia artística, sino que funcionan como sellos de aprobación para aquellos que se adhieren a la ortodoxia del momento

Las luces del teatro Dolby brillaban con intensidad aquella noche, pero lo que realmente resplandecía era algo más inquietante: el triunfo de la identidad sobre el talento. Los Oscar, otrora bastión del reconocimiento artístico, se han convertido desde hace años en un escaparate donde el «quién eres» eclipsa al «qué has logrado».

El caso de Karla Sofía Gascón es paradigmático de esta nueva realidad. Su nominación se celebró no tanto por la calidad de su interpretación, que parecía irrelevante, sino por lo que representaba: la primera actriz trans con posibilidades de alzarse con el galardón. Sin embargo, la misma maquinaria que la elevó como símbolo se ha convertido en su verdugo, revelando una verdad incómoda: el supuesto movimiento por la justicia social no es más que una fachada que oculta un proyecto más siniestro de control ideológico y pensamiento único, y para este sistema sigue siendo irrelevante su talento e interpretación. Y como ejemplo la actitud de nuestra vicepresidenta Yolanda Díaz al ser preguntada por si quería que la actriz española ganase el Oscar y contestó: «Cuando fue nominada me llevé una alegría extraordinaria por lo simbólico, por la fuerza que representa. Cuando leí los ‘tuits’, que no son ‘tuits’, que son reflexiones que uno hace, me disgusté profundamente. Y creo que le estoy contestando». Con esta respuesta, quedó claro lo poco que le importaban sus méritos. Lo verdaderamente revelador es que las figuras que mantienen su independencia intelectual ahora son inmunes a los intentos de cancelación. En cambio, son precisamente los abanderados del pensamiento único quienes sucumben ante su propia creación. La cancelación, ese mecanismo diseñado para silenciar la disidencia, ha perdido su eficacia contra las voces verdaderamente independientes. Ahora solo funciona como una herramienta de purga interna, un ritual de autodestrucción que devora a sus propios arquitectos. Esta dinámica no es accidental; es el resultado natural de un movimiento que, en su obsesión por la uniformidad ideológica, termina por eliminar cualquier atisbo de diversidad real dentro de sus propias filas. La paradoja es que mientras proclaman defender la diversidad, han construido un sistema que exige una conformidad absoluta con sus dogmas, castigando cualquier desviación con el ostracismo social. Los premios artísticos, mientras tanto, se han convertido en meros instrumentos de esta agenda. Ya no celebran el talento o la excelencia artística, sino que funcionan como sellos de aprobación para aquellos que se adhieren a la ortodoxia del momento. Una ortodoxia que, como bien ha experimentado Gascón, puede volverse contra sus propios símbolos con una ferocidad implacable. ¿Y qué hay de malo en que la cultura de la cancelación devore a sus propios hijos? Es el destino natural de todo movimiento totalitario. La autodestrucción de este sistema es, en realidad, un signo esperanzador: demuestra la imposibilidad de mantener una fachada de falsa virtud indefinidamente. Cada cancelación interna es una grieta más en el edificio del pensamiento único, una prueba más de su inevitable colapso. La próxima vez que las luces del teatro Dolby se enciendan, quizás deberíamos celebrar que la maquinaria de la cancelación ya solo afecta a quienes voluntariamente se sometieron a sus reglas. Es una señal de que el resto de la sociedad, aquella que valora la verdadera diversidad de pensamiento y la excelencia artística, ha desarrollado anticuerpos contra esta forma de control social. El arte merece ser juzgado por su capacidad de conmover, de transformar, de trascender. Y mientras el movimiento «woke» sigue consumiéndose en sus propias contradicciones, el verdadero arte, aquel que no se somete a dogmas ni ideologías, continúa floreciendo en los márgenes de esta cultura cada vez más irrelevante de la cancelación. Que la cancelación solo funcione dentro de los círculos que la crearon no es una tragedia. Es justicia poética. Es el testimonio final de que la búsqueda de la uniformidad ideológica está condenada al fracaso. La verdadera diversidad —la del pensamiento, la del arte, la de las ideas— siempre encontrará su camino.

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