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Estamos viendo muchas escenas de grandes ricos que no disimulan su ostentación. Les importa un comino la vida de los demás. Desde luego tiene su mérito acceder a la escala de los más potentados, sobre todo si se hizo desde pequeño y sin atropellar a nadie. Sus cualidades o su suerte les han brindado la bonanza de andar por la vida sin ninguna preocupación. Y si, además, tienen de vez en cuando gestos de ayudar a la gente miel sobre hojuelas…

No todo vale en política. Es cierto que venimos de una andadura donde lo corriente era acudir al enchufe, al amiguismo. Y en verdad esto es algo habitual y razonable cuando se trata de asuntos personales, de negocios particulares. Pero de ahí a extenderlo al mundo de lo público media un abismo. No puede ser. ¿Eso invalida que no puedes poner a dedo a algún pariente o amigo en tareas públicas si está bien cualificado? En teoría, no. Pero éticamente no es aconsejable. Todo esto puede llevarnos a un camino sin retorno. No deberían los mandos públicos, en especial los políticos, rodearse de «amigos». No es un buen aval transitar por esos caminos. En el peor de los casos nos alabarán las decisiones y nunca tendríamos un criterio riguroso y neutral. Es muy difícil caminar por ese delgado cable de la sensatez. Por eso, me parece más que rechazable el amplio trasiego de «asesores» que le bailen el agua al político de turno. Bastaría un mínimo y respetable elenco de «ayudantes» conocedores de los temas que se traten. Antes, el enchufismo estaba a la orden del día y estaba al alcance de cualquiera, porque siempre había alguien que conocía a alguien que podía interceder por él. Es hora de ser más cautos y diligentes. Si la máxima aspiración fuera que nadie quedara fuera del círculo del trabajo, no habría tanta suspicacia e influencia. En mi amplia experiencia de haber acudido a tribunales de Oposiciones de Secundaria, he de decir que no conocí el enchufismo, si acaso alguna leve insinuación de algunas autoridades interesándose por algún opositor. El escrito venía a decir que se le informara sobre la marcha de tal opositor. Y nada más. Pero he de decir que entre los miembros del tribunal solíamos «apoyar» a aquellos profesores de nuestras regiones, de manera que en igualdad de condiciones y siempre y cuando las plazas lo permitieran nos poníamos de su lado. Pero nunca dejamos sin plaza a aquellos que de una manera solvente pasaban las pruebas. Bien es cierto que a veces nos escocía dejar sin plaza a personas que habían obtenido la máxima nota, ya que se trataba de un concurso-oposición, donde primaban otros méritos que se añadían a la nota de las pruebas. Por eso, veo mal que en algunas autonomías se les conceda a sus ciudadanos unos privilegios contrarios al resto. Considero que en general la competencia es adecuada y no discriminatoria, pero algunos territorios apoyan con extras a los suyos, mientras otros nos atenemos a las reglas generales. Eso pasa con las lenguas y otros cursos que desvirtúan las notas finales. De ahí que en algunas zonas se separa a los opositores propios de los ajenos o se califican ciertos grados de manera singular. Y esto era tema de controversia entonces. De hecho algunos pensábamos que podíamos premiar a los propios opositores con algún punto extra por el mero hecho de ser de aquí. Conste que esto se llegó a poner encima de la mesa, pero ganó la imparcialidad. Aquí, en Castilla y León, todo el que venga es considerado uno más. De acuerdo. Pero, ¿no debería ser igual en todo el territorio? Quizás por eso no es fácil ponerse de acuerdo ni siquiera en una selectividad común. ¿Por qué? Muchos comentamos que tenemos un país magnífico, pero en manos de impresentables. No son capaces de poner en marcha el motor que movilice a todo el mundo. Solo se oyen noticias dispares, cuando no engañosas, que no animan a seguir en pie. Es triste, pero es así. Miramos hacia un lado y hacia otro y se le cae a uno el alma a los pies. ¡Hay tanto que hacer! Lástima que no seamos capaces de encauzar tanta riqueza dispersa que nos rodea. Porque es eso: aunar esfuerzos y buscar salidas para que casi todos estén conformes. No es mucho pedir. Los políticos están para arreglar esas energías desbordadas. Nadie sobra y hay para todos. ¿Por qué no nos ponemos el mono de faena y avanzamos en sintonía? Y los que no sepan o no quieran sumarse que se retiren y cedan el paso. Por favor, estamos en el mismo camino y debemos ayudarnos. Por encima de los partidos está el bien de todos, de la inmensa mayoría. Y ahí hay que dar el tipo. Quizás nos falte gente mayor que ponga su granito de arena con buena dosis de sensatez. Gente muy ajena a la división de partidos. Nos iría mejor, aunque observando el panorama mundial de guerras, ajenas a cualquier razonamiento, no hay muchas esperanzas de regeneración y concordia.

Veo mal que en algunas autonomías se les conceda a sus ciudadanos, cuando participan en oposiciones, unos privilegios que son contrarios al resto