TRIBUNA
8 de marzo - Por las mujeres del mundo. Por mi hija. Por mí
Es insoportable para cualquier persona con valores universales ver a tantos jóvenes criticar el feminismo en redes sociales. Hacen alarde de un estatus de machos alfa

Decir atónita es poco: aterrada, llena de pavor. Así enfrento este 8 de marzo. Aun así, con todos esos sentimientos, que me hieren, saldré un año más a manifestarme el 8 de marzo. Por las mujeres del mundo. Por mi hija. Por mí.
Desconozco cuándo una parte de la población perdió la racionalidad y se ha volcado en dar rienda suelta al instinto animal que pervive en el fondo del ser humano. Es posible que estos grupos siempre hayan estado ahí y que estuvieran agazapados, esperando la oportunidad para manifestar sus bajos instintos, su perversión y su maldad. Estamos asistiendo a vertiginosos cambios que, hace apenas tres meses, ni imaginábamos. Desde EE UU ha comenzado un ataque a la diversidad de los seres humanos que recuerda épocas oscuras. Es más propio de la indigencia mental que de supuestas personas formadas e inteligentes en el siglo XXI. Las mujeres, que llevamos siglos de lucha por alcanzar los mismos derechos que los hombres —no más, pero tampoco menos—, también estamos amenazadas por estos retrocesos contra la diversidad. Aunque muchas mujeres crean que nadie va a venir a arrebatarles los derechos que han conseguido hasta ahora, deberían estar atentas, porque también nosotras constituimos un colectivo vulnerable. Al igual que el colectivo LGTBIQ+, o el colectivo de discapacitados —a los que Milei pretende volver a llamar «imbéciles», «idiotas» o «débiles mentales»—, las mujeres nos encuadramos en un colectivo frágil, que lucha por sus derechos y que puede perderlos de un día para otro. La supremacía del hombre blanco, rico, católico, conservador y heterosexual ha vuelto. Todos y todas las que nos salgamos de ese patrón tenemos nuestros derechos en la cuerda floja. A veces, creo, que hasta la vida. Muchas mujeres repetimos que los derechos cuesta mucho conseguirlos y que son fáciles de perder. Sólo hace falta que un loco psicópata narcisista alcance altas cotas de poder. Con él puede cambiar el mundo y los derechos de los que considere «diferentes». Sigo preguntándome porqué se establecen diferencias entre seres humanos, si todos estamos aquí de paso y vamos a terminar en el mismo sitio; pero no se trata de lo que yo me pregunte, sino de lo que hombres ricos, católicos, conservadores, heterosexuales y con el poder que les da dirigir las mayores potencias mundiales, piensen. Por otro lado, veo aterrada cómo muchas mujeres jóvenes hacen gala de la sumisión al hombre por ganar seguidores en redes sociales. Con voz infantil y servil desgranan lo felices que son cocinando para «su hombre». Es más que probable que únicamente lo hagan por engordar su cuenta bancaria, porque detrás de las redes sociales siempre hay un negocio. Sin embargo, el mensaje que dejan a otras jóvenes menos «empresarias» y más vulnerables es terrible. Me pregunto qué será de esas jóvenes quienes, siguiendo las indicaciones de «influencers» de moda, hoy se sienten «libres» de servir al hombre. Qué será de ellas cuando pase el tiempo, su juventud quede en el recuerdo, se encuentren sin trabajo, sin cotización a la Seguridad Social y por lo tanto, sin pensión, llegando a fin de mes con el salario del hombre. En la mayoría de los casos los salarios no son millonarios. tendrán una vida dedicada a cuidar casa e hijos, deprimidas, viviendo una vida ajena —la de los demás— , con cincuenta años y sin más independencia económica que la de «su hombre». Se están fabricando nuevas esclavas en el mundo desarrollado. Quizás, a unas pocas les vaya muy bien en esa situación de casa, cuidados y dependencia, pero la experiencia de otras mujeres que nos precedieron, indica que serán las menos. A mi alrededor no conozco mujeres que gusten de ser mantenidas por su marido o su pareja. Todas las que me rodean forjaron una vida de derechos y libertades para sí. La independencia económica en la mujer garantiza la salida de un matrimonio, si es violento, afianza que las necesidades básicas no dependan de otra persona y permite adquirir un estatus de libertad que casi ninguna otra situación alcanza. Ninguna mujer a mi alrededor vive sin trabajar por una remuneración. Sin embargo, sí veo esa situación en mujeres jóvenes. Mujeres que vuelven a las tareas domésticas «libremente», como si eso fuera «
la vie en rose», sin darse cuenta de que detrás de esa pretendida libertad hay una manipulación interesada que se volverá contra ellas. La vida, habitualmente, no es rosa. No es una foto en Instagran, un vídeo en TiK Tok o una entrada en cualquier red social, donde todo es maravilloso y nadie cuelga sus miserias. Intentar seguir las indicaciones que vierten en las redes sociales gente que no tiene el conocimiento, ni la cualificación, ni la experiencia para buscar pros y contras de lo que banalizan, tendrá repercusiones demoledoras en la vida. Si todas estas situaciones nos afectan a las mujeres blancas, heterosexuales, de clase alta y media en el mundo desarrollado, no quiero imaginar cómo lo viven las que no han tenido tanta suerte, que son la mayoría. Así mismo, es insoportable para cualquier persona con valores universales ver a tantos jóvenes criticar el feminismo en redes sociales. Hacen alarde de un estatus de machos alfa, «los machos de la manada», que es pura figuración. Me deja pensando que es posible que no se consideren hombres, que solamente se crean animales, como las manadas cuyos miembros se matan entre sí por la supervivencia. Pensé que habíamos evolucionado más en tantos siglos. Sin embargo, la reflexión que va decantando es simple: estos jóvenes que dicen que «el feminismo ha llegado demasiado lejos», que se sienten «agredidos» por el feminismo, no han aprendido todavía a vivir. Son jóvenes entre 16 y 24 años a los que no les ha dado tiempo a entender todo el significado del movimiento feminista. Son chicos que, con bastante probabilidad, no habrán abierto un libro sobre teoría del feminismo, si es que saben que eso existe. Cachorros que se dejan arrastrar por mensajes elementales, con que otros les adoctrinan repitiendo mensajes falsos y engañosos. No se detienen a pensar, a tamizar con espíritu crítico si lo que les dicen es cierto o no. Se dejan engañar porque el mensaje les favorece en primera instancia, sin ir más allá. Siempre es mejor ser el que manda que el que obedece, a bote pronto. Con todo este maremágnum de situaciones nocivas para la sociedad, y para las mujeres en particular, llegamos al 8 de marzo de 2025. Termino como comencé estas letras: atónita, aterrada y llena de pavor. Pero saldré a manifestarme el día ocho a una lucha que continúa: por una sociedad igualitaria; por las mujeres del mundo; por mi hija; por mí.