TRIBUNA

Ricardo Magaz

Profesor De Fenomenología Criminal De Uned Y Escritor

Marlaska, un ministro servil, negligente y sin escrúpulos

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Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior, nació en Bilbao en 1962 como Fernando Grande Gómez. Quizás acomplejado por sus orígenes «maquetos» decidió euskaldunizarse y cambió los apellidos por Grande-Marlaska. La trayectoria de este hombre como responsable del ministerio es un claro ejemplo de político sin escrúpulos, capaz de traicionar sus propios principios, que ahora sabemos que nunca tuvo, en aras de mantenerse en el sillón. Su indignidad política es difícilmente superable.

Su paso por el palacete de la Castellana será recordado no por su compromiso con la transparencia, como proclama él inútilmente, sino por su oportunismo, su negligencia y su servilismo. Si alguna vez abrigó algo de reputación cuando gastaba toga, hoy no es más que el triste rostro de la contradicción, la falta de principios y ejercicio de la política más rastrera. Resulta asombrosa su ausencia de autocrítica. Cualquier político con un mínimo de decencia habría dimitido tras acumular escándalos a diario. Pero Marlaska sigue parapetado en su puesto, manejado cual títere por un gobierno que prefiere mantenerlo como peón incombustible de brega. La angustia en la Policía Nacional y en la Guardia Civil con este ministro marioneta desborda lo imaginable: agravios y afrentas de todo tipo con respecto a otras fuerzas de seguridad y una larga retahíla de desprecios, que haría la lista interminable, lo ponen de manifiesto. Uno de ellos, pero no el último, el proyecto de reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana, a la que Marlaska llama despectivamente «Ley Mordaza», reduce al mínimo la capacidad de actuación de las FFCCS, limita sus posibilidades de defensa frente a las agresiones y arroja a los policías a un enfrentamiento «de circo romano», cuerpo a cuerpo, prácticamente en igualdad de condiciones con aquellos que arrasan las calles y vandalizan la ciudad. El ultraje de Marlaska a las víctimas de la banda terrorista ETA, entre las que se encuentran policías, guardias, militares o funcionarios de prisiones, entre otros ciudadanos, es continuo y humillante. Como los actos de homenaje a terroristas en la vía pública que permite sin problema. En estos años en el ministerio, ha favorecido sin sonrojo con traslados a la carta y beneficios penitenciarios blanqueadores a presos etarras con las manos manchadas de sangre, aceptando las exigencias de Bildu, organización heredera y usufructuaria de ETA. Una auténtica traición a los principios de justicia y memoria. No menos sangrante es el abandono del ministro a los cuerpos policiales que luchan contra las bandas criminales del narcotráfico en la zona de influencia del Estrecho de Gibraltar, pese a los discursos engolados con los que pretende exculparse, particularmente después de los asesinatos de dos guardias civiles a manos de narcos en el puerto de Barbate. La última tropelía de Marlaska, de momento, es la decisión, como titular directo del ramo, de transferir, con el subterfugio del concepto ambiguo de «delegación», las competencias en inmigración y fronteras en Cataluña a la Generalitat; un auténtico desafío al orden constitucional y un acto de mercadeo infame que refleja la sumisión del ministro y del Ejecutivo a los dictados cómplices de los separatistas, liderados por un fugitivo de la justicia en busca y captura al que dejaron huir alevosamente. Marlaska, un hombre sin honor. No le den la espalda.

No menos sangrante es el abandono del ministro a los cuerpos policiales que luchan contra las bandas criminales del narcotráfico