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Ya no existen ámbitos de la vida en los que las tecnologías y en concreto, las pantallas, no jueguen su papel. El problema es que, como todo, usarlas sin control puede derivar en adicción, y el riesgo es mayor cuanto menor sea la edad.

Vivimos en una auténtica incongruencia. Estamos más solos que nunca precisamente en la era de la hiperconectividad. Las redes sociales nos ponen en contacto con muchísima gente y, sin embargo, eso nos ha traído un efecto indeseado de más soledad y malestar. Esa es una paradoja y la otra está relacionada con el teléfono móvil. Este es una herramienta para hablar y, en cambio, cada vez se habla menos. Se ha perdido la conversación a favor de mensajes abstractos, hechos de antemano y no espontáneos. No es casualidad que hoy en día no sepamos hablar ni conversar con amabilidad.

En principio, tanto el móvil como las redes sociales no tendrían que hacernos daño, pues estas tecnologías nos ofrecen cantidad de prestaciones que no podemos pasar por alto. Pero también es verdad que un determinado uso compulsivo de las mismas, las ha convertido en adicciones nocivas. Me refiero a usuarios adictos, que dedican muchas horas al día a estas plataformas. Eso nos ha generado un doble perjuicio. Por un lado, nos va en detrimento de las relaciones reales, del contacto personal. Y por otro, nos generan relaciones prefrabicadas. Los usuarios seleccionamos aspectos de nuestra vida que queremos mostrar a los demás y los demás presentan, a su vez, una imagen filtrada de si mismos. Cuando desconectamos, nos damos cuenta de que nos hemos quedado solos. Podemos estar conectados con miles y miles de personas y, en cambio, no tener un solo amigo. Quedarnos en la más absoluta indigencia sin que nadie nos ayude. En mi caso, ni agradecido ni pagado además de vejado y difamado por colegas que decían ser mis amigos incondicionales y resultaron ser pura pantalla. Así, el fantasma indocto, cobarde e infame del Capullo de Orense trasformado en la Rosa negra/amarilla de Lima, egoísta y desleal. Esquizofrenia en estado puro.

Las redes sociales utilizan los mismos estímulos que las maquinas tragaperras y, por eso, nos absorben tanto. Luego esta ese sistema tan perverso de los 'me gusta', que refuerzan la conducta del mirar, de pasar a lo siguiente, de observar si esos 'me gusta' van a más, de forma que nunca estamos conforme, porque hay una contabilidad que mide nuestra aceptación y autoestima.

Es una realidad que la mayoría de la gente está enganchada a las redes sociales y los que más lo están son los nativos digitales, aquellos que nacieron ya en el mundo de las pantallas y las tabletas que no conocieron el teléfono fijo ni las cabinas telefónicas. Pero no solo ellos están en esa situación; también estamos los adultos. Por eso, hablamos de la muchedumbre digital. Todos conectados y a la vez todos solos. Diariamente vemos a grupos de amigos o parejas que cada uno esta con su móvil. Están juntos, pero con conexiones que ya no se están dando entre ellos, sino con otras comunidades, que con toda seguridad estén haciendo algo parecido.

También es verdad que es muy complicado luchar contra la presión social, cuando parte de nuestra vida social es digital. Es imposible legislar en este campo, es algo tan absurdo como ponerle puertas al campo. La clave está en la regulación tanto a nivel familiar como en el contexto escolar del uso de las pantallas. Es importante no hacer tan dependiente la enseñanza del uso de las mismas. No obstante, en el ámbito familiar debemos tener presente que ya estamos perdidos en el momento que llevamos a nuestros bebés en el carrito con un móvil en la mano. Todo empieza ahí, desde ese momento ya estamos concediendo a las redes sociales el control de su vida. En ese sentido, los padres deben asumir más responsabilidad.

Los niños de hoy no toleran aburrirse, están cautivados por el uso de las pantallas. Si no ponemos límites y normas en edades tempranas, pronto todo el espacio de la educación estará ocupado por el juego en el que están inmersos los niños y adolescentes de hoy día. Y las redes sociales tienen mucho de juego. De hecho, quienes las construyeron fueron ingenieros de Silicon Valley que pasaron su vida en los videojuegos. Estamos, por tanto, inundando nuestra vida de juego cuando seguimos funcionando en el mundo real, en el de siempre.

Las consecuencias que tienen a largo plazo para un niño el haberle expuesto a las pantallas desde que era un bebé es que va a necesitar continuamente una pantalla en la que se mueva algo delante de él. Es decir, se acostumbran a estar distraídos, empantallados y centrifugados, no toleran el aburrimiento, cuando sabemos que éste favorece la creatividad. Eso genera un defecto directo en la educación, que obliga a los profesores a estar continuamente entreteniendo a sus alumnos. Sin embargo, el conocimiento no necesariamente tiene que ser siempre divertido.

Estudios epidemiológicos realizados constatan que estaríamos en la época en la que los niños, adolescentes y jóvenes tienen más malestar que nunca. Y eso ocurre en un momento de tanta disponibilidad tecnológica y formas de vida mucho más cómodas que en el pasado. Las redes sociales no son las causantes, pero si que agravan estas problemáticas.

La experiencia nos viene a decir que un uso abusivo de estas plataformas provoca más soledad y eso se traduce a menudo en ansiedad y depresión.

Para evitar que nuestros hijos caigan en estos peligros, no es tarea fácil, porque los padres estamos inmersos en la misma sociedad. Los adultos estamos sometidos a cantidad de tareas que tenemos que realizar a la vez y también utilizamos las redes sociales que nos atomizan e individualizan como ocio. Entonces, nos viene bien tener a nuestros hijos distraídos y desconectados con el mundo real. Por ello, es conveniente que racionalicemos y limitemos tanto el tiempo como el espacio del uso de las pantallas. Y a la vez, hay que favorecer e incrementar las oportunidades de establecer contactos reales con los demás.