TRIBUNA
Invasión y límites
Estamos viviendo tiempos de una peligrosísima orfandad, sin que socialmente se vean saltar las alarmas. Este mundo está convirtiéndose en un polvorín, sin que las sirenas zumben en nuestros oídos, porque, para «no traumatizar a la población infantilizada», se dice en las familias y en la aulas escolares que la tragedia solo tuvo cabida en tiempos de Esquilo, Sófocles o Eurípides; bueno, es un decir, porque estos autores, hoy día, resultan extraños para la mayoría de nuestros escolares.
Pues aquí tenemos, a las puertas de Europa, la guerra en Ucrania, en Gaza y en otros lugares olvidados de África, casi delante de nuestras narices, unas guerras no de tebeo, sino de tanques, misiles, drones y lanzacohetes, con muertes de miles de soldados y de población civil, como hace ochenta y cien años. Y, a primera vista, todo porque hay seres llamados humanos, aunque con muy poca humanidad, que se olvidan de la importancia y de la absoluta necesidad de mantener los límites. Ah, se me olvidaba la guerra solapada de los ocupas que revientan las cerraduras de nuestras casas, sin que la llamada «autoridad» los pueda echar a la calle, porque esos ocupas son «vulnerables». Me pregunto, sinceramente, ¿saben los legisladores del parlamento lo que significa esta palabra mágica e intocable, «vulnerable», que usan a diario y sin el menor escrúpulo? ¿Pero estos legisladores, (suprimieron el latín y crece el analfabetismo), no saben que
vulnus (de ahí vulnerable), significa herida y ésta se puede curar con unas gotas de cristalmina y una sencilla tirita, sin necesidad de sangrar a la nación entera? Pues, estamos tiritando de miedo y de preocupación, sin respuestas adecuadas. Señora ministra, P. A. Continente, dote de contenido real a su Ministerio, para eso le pagamos. Más de uno nos preguntamos la forma de hacer entender esto que es muy sencillo para un niño o una niña, pero a lo que ciertos adultos, con mentes cerradas, no prestan la debida atención ni dan verdadera importancia. Al vivir y caminar con otros seres vivos, siempre que ponemos nuestros pies, queriendo o sin querer, encima del pie de quienes nos acompañan, les producimos dolor y sufrimiento con nuestro pisotón, que así se llama esa falta de atención y del debido respeto. Lo digo sin ánimo de ofender: esto lo entienden muy bien y sin la menor dificultad los niños, porque no tienen malicia; ellos tienen una gran sensibilidad y reclaman a gritos lo que es suyo: el respeto y el perdón. Los adultos que cometen esa tropelía criminal y no piden perdón por faltar al respeto de forma tan inhumana, y, por el contrario, se envalentonan y se autoproclaman amenazantes poseedores de ese y otros derechos, nos descolocan y nos dejan sin palabras. ¿Qué ha fallado desde su origen en estas mentes estrechas de miras? Han fallado la autoridad moral e intelectual (que da seguridad), la disciplina gradual (que estructura la personalidad) y los límites pertinentes (que evitan las tragedias). Estos tres conceptos (A-D-L) son los pilares sobre los que se construye el hombre libre y sano mentalmente; la ausencia de los tres o de cualquiera de ellos, crea seres peligrosos a los que solo la camisa de fuerza o la prisión revisable podrá contener. Hace no mucho, en una revista
Semanal, el escritor Juan Manuel de Prada nos ofreció con su firma un espléndido artículo titulado Necesidad de los límites. Nos guste o no, todos, absolutamente todos, somos seres limitados, que soñamos en algún momento de la vida con ser como dioses, todopoderosos (Malraux, La condición humana, dixit); nos cuesta mucho aceptar los límites, la poda, las barreras delimitadoras…; pero sin la poda a tiempo, nuestros jardines serían selvas; los puentes y los balcones, sin barandillas, serían plataformas de suicidio; los hogares sin autoridad normativa, semilleros de ácratas; lo que traducido a la educación humana es evidente: los humanos que crecen en ambientes sin autoridad (padre-madre), sin disciplina básica, sin límites bien marcados para saber lo que se puede hacer y lo que nunca se debe hacer; estas criaturas, «sin podar», adquieren conductas nocivas para sí mismas y para la convivencia pacífica con los iguales y con los adultos que les rodean. Solo los seres verdaderamente libres viven y dejan vivir; por el contrario, los seres libertarios o crecidos en ambientes donde impera la anarquía, el egoísmo bastardo o la ley del propio impulso hormonal, ahogan la vida y acaban amargados y amargando la existencia de su entorno. ¿Qué estoy reclamando, ministra del ramo? Una educación donde imperen la Autoridad equilibrada, la Disciplina gradual y los Límites pertinentes (A+D+L); y no me valen los sucedáneos, porque la educación sana no puede ser un carnaval. Basta, pues, de máscaras y de mascaradas. La libertad auténtica es el resultado de A+D+L, que no traumatizan a nadie; basta ya de la cantinela del trauma, término usado con muy poca precisión y mucha ignorancia por poderes y poderosos colectivos nada profesionales, bajo silencios comodones u ominosos de algunos técnicos poco comprometidos con su responsabilidad social. Lo que siempre y verdaderamente traumatiza, (
trauma, en griego, herida grave, daño, desastre físico y/o psíquico), a pequeños y adultos es la ignorancia, la mentira y cualquier abuso de poder, de conciencia, de…. Que nadie se engañe ni se deje engañar, creyendo a los que dicen que todo el monte es orégano. Hemos de aprender en la familia y luego continuar aprendiendo en la escuela aquello de: «esto sí, esto no; por aquí sí, por aquí no». Y esas órdenes explícitas, esa disciplina, esos límites solo las pueden dar, exigir y controlar equilibradamente los adultos responsables y autorizados, es decir, formados y dotados de autoridad. Lamentablemente en nuestro país y en otros muchos, por aquí y por allá, hay demasiado ignorante, sin escrúpulos, con mando en plaza. Eso sí es un grave problema, que exige de todos nosotros una seria reflexión y máxima alerta. Quien no esté dispuesto a enseñar y orientar, desde la ética y la responsabilidad, el camino correcto, que no tenga hijos ni se dedique al magisterio ni a profesiones con repercusión social; súplalo con una cabra de mascota u oposite a chulo de discoteca, en ambos casos se encontrará con la horma de su zapato. Quien vivió desde niño bajo falsa autoridad, es decir, gobernado de forma despótica, sin disciplina gradual y sin saber que existen límites infranqueables, querrá invadir, por pura envidia o por deseo exacerbado de venganza, la vida y las posesiones de su vecino, lo que le convertirá en un abusador insoportable y en un peligro social. Basta, pues, de «okupas» y de ocupantes analfabetos en puestos de responsabilidad. La nesciencia, los estrógenos o la testosterona no deberían ser nunca el fundamento de gobierno; sólo la inteligencia bien usada y el respeto a la ciudadanía y a la casa de todos, nos dignifica y ennoblece. Para los amantes del pensamiento y de la reflexión seria, en estos tiempos de orfandad social, recomiendo el libro de G. Albiac,
El eclipse del padre. Abundan machos y hembras, progenitores, pero escasean verdaderos padres/madres y, de ahí, tanta orfandad desconocida, con incapacidad de hacer un verdadero duelo, necesario para evitar muchas tragedias incomprensibles.