TRIBUNA
La paradoja: aranceles, desdolarización y el futuro orden mundial
El pasado 2 de abril de 2025, Estados Unidos dio un giro dramático a su política comercial. En un evento pomposa y estratégicamente denominado «Día de la Liberación», el presidente Donald Trump declaró una emergencia nacional económica e impuso aranceles sin precedentes. Un 10% base para todas las importaciones y tasas específicas que alcanzan el 34% para China, 20% para la Unión Europea, 24% para Japón, y hasta 32% para Taiwán. Canadá y México no escaparon a esta ofensiva proteccionista, manteniendo el 25% para productos no conformes con el acuerdo USMCA. La justificación oficial: proteger a los trabajadores estadounidenses, revitalizar la manufactura doméstica y reducir un déficit comercial que, según la administración, amenaza la seguridad nacional.
Pero más allá de la retórica sobre soberanía económica y trabajadores olvidados, esta política arancelaria agresiva podría estar desencadenando consecuencias precisamente opuestas a sus intenciones declaradas. El verdadero riesgo no es simplemente una guerra comercial, sino algo mucho más profundo: la aceleración de un proceso de desdolarización que ya venía gestándose silenciosamente y que podría socavar los cimientos mismos del poder económico estadounidense.
Durante décadas, Estados Unidos ha disfrutado de lo que el francés Valéry Giscard d’Estaing denominó acertadamente un «privilegio exorbitante». El dólar como moneda de reserva mundial le ha permitido financiar déficits comerciales emitiendo deuda en su propia moneda, beneficiarse de tasas de interés artificialmente bajas, y ejercer una influencia desproporcionada en el sistema financiero internacional. Esta posición privilegiada ha sido uno de los pilares fundamentales del poderío económico y geopolítico estadounidense desde los acuerdos de Bretton Woods.
La ironía es palpable. Las mismas políticas diseñadas para proteger la economía estadounidense podrían estar socavando este privilegio histórico. Al imponer aranceles tan agresivos a sus principales socios comerciales, Washington está incentivando activamente la búsqueda de alternativas al dólar. Los países afectados, enfrentados a costos comerciales elevados artificialmente, están acelerando esfuerzos para reducir su dependencia del sistema financiero centrado en Estados Unidos. Lo que a corto plazo podría parecer un fortalecimiento del dólar —como sugieren algunos análisis de Goldman Sachs— se revela a mediano plazo como el catalizador de su declive relativo.
Las señales de alarma son claras. J.P. Morgan Research ya estima que el riesgo de recesión global ha aumentado al 40%, con una proyección de reducción del 0.5% en el PIB mundial para 2026. La inflación en Estados Unidos, lejos de controlarse, podría alcanzar el 2.7% en 2025 según las mismas fuentes. Mientras tanto, países como China no están simplemente absorbiendo el golpe, sino respondiendo estratégicamente desarrollando sistemas alternativos como el CIPS (Cross-Border Interbank Payment System), promoviendo el yuan en transacciones internacionales y estableciendo acuerdos bilaterales que deliberadamente evitan el dólar.
En este escenario de reconfiguración, Europa podría posicionarse como contrapeso, ofreciendo el euro como alternativa viable al dólar. Sin embargo, el continente parece incapaz de aprovechar esta oportunidad histórica. Fragmentada política y fiscalmente, con una recuperación económica titubeante tras sucesivas crisis y una dependencia energética que limita su autonomía, la Unión Europea no logra proyectar el poder económico unificado necesario para que el euro asuma un papel protagónico. Este vacío europeo no hace sino amplificar las oportunidades para China, que avanza metódicamente en su estrategia de internacionalización del yuan.
Si estas tendencias continúan, las consecuencias para Estados Unidos serían profundas y multifacéticas. Los costos de endeudamiento aumentarían inevitable e inexorablemente, acabando con décadas de tasas de interés artificialmente bajas. Las restricciones fiscales se volverían más severas sin la capacidad de monetizar déficits tan fácilmente. La inflación se tornaría más volátil, y quizás lo más significativo desde una perspectiva geopolítica, la capacidad de Washington para imponer sanciones financieras efectivas —una herramienta crucial de su política exterior— se vería sustancialmente reducida.
Para la economía global, la transición hacia un sistema monetario multipolar implicaría mayor volatilidad cambiaria, una reconfiguración significativa de las cadenas de suministro hacia bloques comerciales regionales, y el desarrollo acelerado de sistemas de pagos alternativos. No es casualidad que estemos presenciando un renovado interés en el oro y otros activos tangibles como reserva de valor, una reacción natural ante la perspectiva de inestabilidad monetaria.
El «Día de la Liberación» podría pasar a la historia con una amarga ironía, no como la emancipación económica de Estados Unidos, sino como el momento en que voluntariamente comenzó a desmantelar una de sus mayores ventajas estratégicas. La administración ha elegido sacrificar beneficios sistémicos a largo plazo por victorias comerciales inmediatas y políticamente rentables. Es una apuesta arriesgada cuyas consecuencias trascenderán ampliamente el ciclo electoral.
Mientras Washington se enfoca en déficits comerciales bilaterales como medida del éxito económico, está perdiendo de vista el panorama más amplio. El verdadero desafío no es simplemente equilibrar la balanza comercial con China o la Unión Europea, sino mantener la posición central del dólar en el sistema financiero internacional —una posición que ha permitido a Estados Unidos financiar su economía y proyectar poder global de maneras que ninguna otra nación puede igualar.
La historia económica nos enseña que las transformaciones monetarias internacionales rara vez son abruptas; suelen desarrollarse gradualmente hasta alcanzar puntos de inflexión críticos. Estamos posiblemente ante uno de esos momentos decisivos. La desdolarización no ocurrirá de la noche a la mañana, pero las decisiones tomadas hoy están acelerando fuerzas que, una vez desatadas, serán difíciles de revertir.
El desafío para los líderes globales ahora es gestionar esta transición de manera que minimice la inestabilidad y establezca eventualmente un sistema monetario internacional más equilibrado y resiliente. Para Estados Unidos, la pregunta fundamental que queda sin responder es si la protección a corto plazo de ciertos sectores económicos justifica el debilitamiento potencial de su influencia económica global. Y para Europa, la cuestión es si podrá superar sus limitaciones estructurales para ofrecer una alternativa viable al dólar, o si permanecerá como espectador mientras el centro de gravedad económica se desplaza inexorablemente hacia Asia.
En última instancia, el «Día de la Liberación» podría marcar no el resurgimiento del dominio económico estadounidense, sino el comienzo de su relativa disminución. La gran paradoja es que esta transformación habría sido parcialmente autoinfligida, el resultado no de la derrota en algún campo de batalla económico, sino de una visión estrecha que confundió las batallas comerciales con la guerra económica más amplia. Mientras celebramos victorias arancelarias y déficits comerciales reducidos, podríamos estar perdiendo silenciosamente el privilegio exorbitante que ha sustentado la prosperidad americana durante más de siete décadas.