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Este refrán, tan certero a la hora de aplicarlo, metafóricamente hablando, a situaciones que todos conocemos, viene al pelo para entender posturas y posiciones sociales y políticas que están a la orden del día. Cuanto más me paro a pensar en las claves del comportamiento humano en ciertos terrenos, más frustrado me siento al constatar la pobreza, por no decir la bajeza, de sus planteamientos. Retomando el propio concepto de sarna, destaco que se trata de una parasitosis, es decir que un parásito invade y se asienta en un territorio determinado. En el caso de la enfermedad reseñada, en la piel; en la política, en el aparato o los aparatos de la misma. ¿Y qué es un parásito? Dice la RAE: «Que vive a costa de otro de distinta especie, alimentándose de él y depauperándolo sin llegar a matarlo». No me digan que las comparaciones son odiosas, y que no están pensando en lo que todos estamos pensando. No solo en qué, sino en quién, o en quiénes.

Lo que hace, pues, el parásito, al tiempo que se nutre del otro, es «cuidar» que éste no se muera, pues sabe que, si el parasitado muere, él deja de nutrirse y muere a su vez. A que están pensando en alguno o en algunos. No me extraña, se lo estoy poniendo muy fácil. En cuanto a la identidad del parásito político, así como de su procedencia, he de señalar que lo mismo que no hay peor cuña que la de la propia madera, no hay peor parásito que aquel que procede del propio cuerpo político o social. Aquí se trata de un ejemplar de la misma especie, que es «autófago», con lo cual podríamos estar ante casos de canibalismo; puede parecer una paradoja o un oxímoron, pero es lo que hay, está comprobado. Se lo sigo poniendo fácil para su imaginación. En cuanto a los síntomas de la sarna, lo más significativo, no lo más importante, es la picazón, un picor muy molesto, irritante, incluso desesperante. En el cuerpo político, en el aparato infestado, ocurre otro tanto: pica, irrita, encabrona, pero como si nada, dado el gustazo que subyace en el proceso en cuestión. Se tragan sapos asquerosos con la sonrisa forzada por bandera, sin hacer asco alguno. Es más, en ciertos aparatos de la política se están dando, con mucha frecuencia e insistencia, casos de parasitismo cruzado, lo cual requiere una dosis suplementaria de gustazo y una «ansia viva» de continuar parasitando, a la vez que se es víctima de la misma tendencia por parte de otros parásitos. Convendrán conmigo que no debe ser fácil conservar el equilibrio y el aguante necesarios para no rascarse hasta hacerse sangrar. Se da el caso, incluso, de una lucha feroz entre parásitos para «pillar el mejor cacho» del cuerpo ajeno; una especie de lucha entre subespecies de parásitos y carroñeros oportunistas. Siguiendo con el modelo en cuestión, resulta particularmente dolorosa, cual pústula sarnosa, la dañina colonización de una institución sobre otra, a la que no se destruye por conveniencia propia, claro está, pero a la que se le chupa hasta los tuétanos si hace falta. A que también están pensando en lo que estoy pensando. Y mientras tanto, el parásito mayor del reino, experto en la materia desde el principio del principio, esbozando una falsa sonrisa y apretando los músculos maseteros de la mandíbula al mismo tiempo, negará la mayor, la menor y la del medio, buscando salir airoso del proceso, y lanzando, sobre todo a los suyos («putos» siervos), que bien sabían y saben lo que ocurrió y sigue ocurriendo, un mensaje inequívoco: no os quejéis, que sarna con gusto no pica. Mientras tanto, la facción política, destinada a contrarrestar los daños causados por el parásito, anda con la duda «dubitativa» de qué hacer, medio acomplejada y temerosa de no acertar con el remedio adecuado y sufrir efectos secundarios o adversos de la terapia. Y, además, peleándose con otra facción política de la oposición que trata de comerle el terreno y el protagonismo de la gestión. Y la sociedad, la gente de a pie, parasitada, ¿qué medidas toma contra la sarna?: Se lo está pensando (además de rascarse y rascarse los bolsillos), y se toma su tiempo para decidir si es preferible esperar a que la naturaleza, por sí sola, tome las medidas oportunas para acabar con la enfermedad, considerándose ella, sin embargo, impotente, pasiva y rascándose sin cesar, o dudando en tomar otras medidas, que tampoco acaba de tomar. Total, que deja el terreno propicio para seguir siendo parasitada. En eso está, y mientras tanto se sigue oyendo la cantinela, con carcajada macabra incluida: No os quejéis, quejicas, que sois unos quejicas, que tenéis que aprender, como yo, a resistir, que eso es de manual, que sarna con gusto no pica. Dejaos de ideales, de verdades eternas, de valores, de éticas y estéticas, de creencias ingenuas y viejunas del pasado y sin futuro. Y en cuanto a la verdad, aprended del poeta que decía aquello de «nada es verdad o mentira, todo depende del color del cristal con que se mira». Que sepáis, pues, que yo no soy ni un mentiroso ni un sinvergüenza, que vergüenza me da tener que aleccionaros, con lo mayores (y torpes) que sois. La mentira no deja de ser una fórmula para hacer digerible la verdad. Esta última frase, que me parece genial y yo la aplico a discreción, me la ha proporcionado la pléyade de asesores que tengo a vuestro sueldo, perdón, a mi disposición. Sabed que «el que se pica ajos come». Y «quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija». Esto dicho con buenas palabras, pero que andéis con cuidado, porque si se me calienta la boca, no veáis lo que soy capaz de soltar, con cabreo incluido que asusta al más pintado. Y en cuento a los que dicen que soy un narcisista irredento, no conocen ni la décima parte de mis virtudes y potencialidades, incluido mi doctorado en fontanería política. Ya veréis cuando vaya a ver al nuevo Papa (que, como es nuevo y tiene poca práctica, lo tengo chupado) y salgamos juntos al balcón para dar nuestros respectivos mensajes y bendiciones «urbi et orbi», quién se lleva el gato al agua. Y, para terminar, me despido de mis feligreses sumisos, papagayos en busca del alpiste, compinches, miembros de la banda, pringados y parasitados en general, recordándoos, una vez más, que sarna con gusto no pica, así que: Adiós, adéu, agur, adeus (no es por nada, pero que sepáis que también soy políglota). Y, mientras tanto, yo me pregunto: ¿Deberíamos seguir esperando a Godot, o ponernos ya manos a la obra? Ustedes mismos.