Diario de León

Matías González

Sociólogo

Amor por encima de la ley

De largo el romancesco es el género más vendible y si transgrede la leyes, un exito casi asegurado, los fabricantes de ficción lo saben

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El culto al amor es la droga más tóxica que ha producido la factoría intelectual de la cultura judeocristiana. Porque su consumo, más que comprobado está, altera el ánimo, trastorna la percepción y convierte en títeres de mujeres perversas a pobres varones y en marionetas de tóxicos varones a pobres féminas. Los plantones de este opio letal los injertaron en la corriente sanguínea de la cultura occidental toda una cadena de ilustres perturbadores del orden público: el creador de la Academia de Atenas, con su amor platónico, doña Leonor de Aquitania y su cohorte de trovadores, el clérigo don Francesco Petrarca y su idolatrada Lady Laura y la caterva de románticos del XIX que se consolaron de sus frustraciones en la resaca post Bonaparte.

La adicción al amor no es algo que llevemos en los genes. Que sepamos ni chimpancés ni bonobos, ni ocelotes ni ballenas lo tienen en su agenda de propósitos. Simplemente, sus maromos se inclinan a aparearse con las hembras más placenteras y sus señoras a ser apareadas por los varones más aguerridos. Es la mujer, idealizada como fetiche, la que se tiene que venerar en esa iglesia de las afecciones que, ahora, con las equiparanzas del feminismo, extiende la devoción al sujeto amado a ambos géneros.

Todos los artistas y literatos del oriente y el occidente han cultivado esa idolatría porque el amor es el arrebato más fuerte. El que perpetúa, según los biólogos, el instinto de supervivencia, el objetivo por excelencia de toda criatura. Pero al juntar, en la modernidad, el impulso carnal, de raíces biológicas, es decir, sensuales, con el emocional, afecto psicológico, el cóctel ha sido más que sideral.

Hasta tal punto que en nuestro mundo mundial la búsqueda del amor es el incentivo prioritario de cualquier sapiens, con indiferencia de colores, etnias o teologías. Por encima en muchos casos de la búsqueda de la riqueza e incluso de la salud. De tal modo se ha hipertrofiado este culto que hasta ha pasado por encima de la ley y se ha convertido en patente de corso en toda clase de delitos. Hasta ubicarse, como el automóvil, en el terreno de la impunidad.

Lo hemos visto y seguiremos viendo en una dilatada cadena de textos literarios de reconocido éxito y sus adlateres cinematográficos: La letra escarlata, Madame Bovary, Crimen y Castigo, El amante de lady Chatterley. Romeo y Julieta; Bonnie y Clyde; Tarantino, los romances de Corleones, Sopranos y Prizzis; reinas del sur y señores de los cielos. El público simpatiza, cada vez con más fuerza, con los personajes que vulneran las leyes en nombre del amor. La joven inocente enamorada del narco, el mafioso o el criminal de cualquier laya es ya un tema recurrente del imaginario colectivo. De largo el romancesco es el género más vendible y si transgrede la leyes, un exito casi asegurado, los fabricantes de ficción lo saben.

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