Luis-Salvador López Herrero

Médico Y Psicoanalista

Mugía

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A finales de los ochenta tomamos la decisión de buscar un lugar de vacaciones para la familia, que tuviera mar y estuviera alejado del mundanal ruido del «turismo de masas». Así que encaminamos la mirada hacia el norte más distante de León.

Primero visitamos la costa de Asturias, pero no nos convenció del todo, para luego más tarde seguir buscando por el litoral gallego. Fue, de ese modo, como encontramos la «Costa de la muerte», y con ella un pequeño pueblecito de pescadores denominado por aquella época Mugía.

Lo cierto es que el encuentro con aquel recóndito lugar, fue el resultado de una conversación mantenida con familiares que vivían en Galicia, quienes nos habían anunciado en relación con nuestra búsqueda que, en aquel espacio tan alejado del tiempo, «no había nada de nada». Lo cual alimentó mucho más la idea y el interés por el emplazamiento.

Aún recuerdo la travesía hacia el pueblo desconocido a través de una carretera muy estrecha y bacheada, sin señalización alguna, que dificultaba en demasía el tránsito hacia el destino. Además, por aquel entonces, el camino desde León hacia Galicia era sumamente tormentoso. Carreteras nacionales y puertos sin fin, mal pavimentados, como arropados por camiones que fijaban una hilera de coches por doquier, enlentecían a cada paso el camino en medio del calor, haciendo del viaje un tránsito no apto para pulsos acelerados o mentes gobernadas por la prisa y el confort actuales.

De ese modo, después de más de nueve o diez horas de trayecto, se llegaba a divisar el pequeño acúmulo de casas en medio de un mar bravío, rodeado de un fuerte viento, que alertaba sobre la atmósfera ciertamente salvaje que envolvía la zona.

Sin embargo, no me decepcionó para nada el lugar a nuestra llegada. Pues era cierto: no había nada de interés para el turismo que había conocido hasta entonces. Simplemente, bares de pescadores, alguno de los cuales se mantenía abierto durante todo el día para disfrute y alivio de los trabajadores de la mar; un hostal y algún que otro pequeño restaurante y sin lujos; así como un puerto concebido para albergar la faena marina, en el que niños se arrojaban al mar, cuando el tiempo lo permitía; y una inmensa playa salvaje, un poco alejada del pueblo, que servía de cobijo y de encuentro para las aves de mar.

Por las mañanas, al despertar, uno podía entretenerse en el escueto mercado en el que la pesca o las verduras eran ofrecidas por los habitantes de la zona, en un espacio sin prisas ni agobios de ningún tipo. Además, por aquel entonces, aún se desconocía toda la maquinaria tecnológica actual, que todo lo invade (móviles multiuso, ordenadores y demás artefactos); lo cual facilitaba aún más nuestra anhelada calma.

Por eso era muy grato caminar por la mañana hacia el santuario de la Virgen de la Barca, para contemplar y sentir el olor del mar sin más compañía que la presencia de las rocas, el murmullo del agua o la caricia del viento; o de comprar el pan recientemente elaborado, que bajo el claxon del panadero anunciaba su llegada matinal; o de pasear entre sus calles en medio del trabajo que los lugareños ejercían humildemente para poder vivir. Allí conocí a Natalia, que me facilitaría los mejores percebes y nécoras de la zona; a Rita «la pescadora», que ofrecía el buen pescado llegado a la Lonja; al pequeño Franz que nos acompañaba con preguntas ingenuas y mirada de curiosidad; a José «el vendedor de ilusiones», en cuya tienda de conchas, barcos de madera y animales disecados, hacía creer que el paraíso salvaje aún estaba muy cerca de nuestra mano; a Rosa la «secadora del congrio»: mujer intrépida que manejaba el Land Rover, como si de un piloto de Rally se tratara; o a su marido José María, que me ofreció para el paladar el mejor calamar recién pescado; o a Aurorina, que durante tantos años nos alojó en su casa, mientras el pueblo mantenía la calma y el sabor marinero que facilitaba el descanso, la contemplación, la lectura pausada, el juego de ideas o la ilusión de un pensamiento que se cebaba con el mar o el horizonte más lejano.

Y luego estaba la espléndida y solitaria playa de Lourido, rodeada de un gran espacio de vegetación agreste con pequeños acantilados, que no disponía de más entretenimiento, que lo que la propia naturaleza podía ofrecer al curioso visitante, incluido algún que otro malestar producido por la picadura del incómodo «tábano».

Sí, aquel era un lugar eminentemente apartado de lo convencional en el que aún se podía respirar y caminar solo, sin ruidos ni gente, mecido por el viento y la brisa de un mar que se dejaba mirar, pero no tocar en demasía porque su agua estaba demasiado fría para nuestros cuerpos enervados por el ritmo de la ciudad, o cuando no, por la bravura inhóspita del canto de un océano que nos anunciaba lo real.

Ocasionalmente se podían visitar comarcas cercanas, igualmente solitarias, como el cabo Touriñan, Camariñas, Arou o Camelle, en donde vivía un eremita enloquecido por la magia del amor, además de curtido por una vida «libre» en la que el sol, el frío, el viento y la humedad lograron tatuar su piel con la textura de un lagarto.

Sí, ese fue el espacio que conocí en compañía de mi familia, en un momento en el que aguardaba y esperaba muchas cosas, porque aún era demasiado joven y romántico, y no podía divisar el final de nada.

Con los años la familia demandó otros lugares, nuevos espacios en los que buscar otras experiencias y alternativas, y nos fuimos alejando de Mugía, aunque eso no impidiera que ocasionalmente volviera a visitar el pequeño pueblo marinero, aprovechando la presentación de alguno de mis libros en La Coruña.

Y una vez allí, nuevamente los habitantes siguieron relatándome las mismas quejas de siempre, tales como el despoblamiento de la zona, o sus carencias y dificultades para vivir. Pero también ese lamento constante acerca del olvido del pueblo en la ruta del Camino de Santiago, en la que todos los habitantes estaban sumergidos. Porque, aunque tenía el santuario como reclamo final del trayecto, sin embargo, casi ningún peregrino mostraba interés por acudir allí, recibiendo así todos los honores y recogida de «calzados» la ancestral y honorable como ficticia Finisterre.

Y, en ese contexto dramático, tuvo lugar el acontecimiento de «O Prestige», y todo cambió drásticamente para todos…

(Continuará)