TRIBUNA
El hidrógeno verde no nos dará de comer
Por Europa se suceden los proyectos fracasados de hidrógeno verde, que son abandonados en cuanto las subvenciones públicas se acaban
Raro es el día que la prensa no anuncia un nuevo proyecto de hidrógeno verde, hasta el punto de que en la región figuran se anuncian cerca de 60 proyectos y varios valles de hidrógeno que nos van a convertir en la cuenca Pérmica de España, un nuevo Eldorado que va a hacer palidecer a los petroleros saudíes, e incluso a competir en precios con China, a la vez que van a generar miles de empleos que van, por fin, a frenar la despoblación.
El hidrógeno verde se presenta como el bálsamo de fierabrás, capaz de solucionar en un pis pas todas las ansias energéticas de esta sociedad. Si nos centramos en las aplicaciones que nos prometen, las hay de todos los gustos: desde combustible para automóviles, autobuses, trenes, camiones, barcos, aviones, es decir, todo lo que se mueve, hasta para para calentar cultivos para evitar que se hielen. Y como nos va a sobrar, también hidroductos que van a recorrer toda la región para transportar el preciado y esquivo gas a los polos industriales del Estado…y al extranjero.
Dado que los usos prometidos son infinitos, se genera un relato de que vamos a poder seguir consumiendo energía y viviendo en el modo de vida imperial, el que hemos «disfrutado», a costa de deteriorar la Tierra, en los últimos 50 años. Ese discurso permite olvidar que, durante la mayor parte de la existencia de los humanos, hemos consumido mucha menos energía, y se oculta que este período de derroche energético, nos guste o no, es un lapsus histórico llega a su fin, porque los límites del planeta son los que son.
Pero la realidad, es que, a día de hoy, ni se conoce la demanda real, ni los sectores que consumirán las ingentes cantidades de hidrógeno y metano anunciadas. Uno de los posibles principales compradores, ArcelorMittal ya ha renunciado a producir «acero verde» en sus plantas, ni en Gijón, donde ha renunciado a subvenciones por 450 millones de euros, ni en Alemania donde renuncia a más de 1.300 millones de euros. Las razones: las dudas sobre «la disponibilidad y los precios del hidrógeno verde». O sea, cuestionan desde la propia producción a su precio, actualmente el triple que el hidrogeno gris. El problema es que estamos hablando de proyectos cuestionables, de mucho dinero público, sobre los que existen muchas dudas en cuanto a su concreción, utilidad y necesidades reales.
Y es que el problema es que, a pesar de los cantos de sirena, la realidad es tozuda. Por toda Europa se suceden los proyectos fracasados de hidrógeno verde: camiones, trenes, autobuses, siderurgia… son abandonados en cuanto las subvenciones públicas se acaban, y los plazos prometidos no se cumplen. Es más, en el momento de escribir estas líneas, Alemania acaba de anunciar que recortará en dos tercios la financiación para proyectos de hidrógeno verde. ¿Qué estamos haciendo mal? Es evidente la inmadurez del hidrógeno verde, tanto en términos de producción a gran escala, como de transporte, ya que no es rentable sin nuestros dineros. Hasta el Tribunal de Cuentas Europeo ha afirmado que los objetivos marcados por la Comisión Europea para 2030 no son realistas.
Otro tema son los impactos ambientales, sociales y territoriales asociados indirecta y directamente a estos proyectos, que no se han evaluado claramente y que pueden implicar el despilfarro de recursos básicos, como el agua, que habría que salvaguardar para necesidades más básicas, por ejemplo, garantizar la alimentación en un futuro quizás no muy lejano.
Mucho nos tememos, que los miles de millones de euros enterrados en estos proyectos acabarán la gran mayoría, en los bolsillos de muchos empresarios que saben de sobra la imposibilidad de sustituir los combustibles fósiles por el hidrógeno verde. La transición energética se ha demostrado falsa ya que lo que se está produciendo no es una sustitución de fuentes energéticas, sino una nueva «acumulación energética». Igual que el carbón no sustituyó al agua, ni el petróleo al carbón, ni el gas al petróleo, las «falsas renovables» no están sustituyendo a los combustibles fósiles. Además, son totalmente dependientes para su fabricación, puesta en marcha, funcionamiento y desmantelamiento final (en el caso de que se produzca), de ingentes cantidades de combustibles fósiles. La tierra prometida de una sociedad totalmente electrificada, no llegará, porque a día de hoy una parte muy importante de nuestro modo de vida imperial, casi el 80 % de nuestro consumo energético, no se puede electrificar.
Mas sensato seria dedicar todos esos cientos de millones de euros que se están repartiendo con suma urgencia entre todo tipo de empresas, en potenciar todos los servicios que se necesitan para fijar población fuera de las ciudades de la región, empezando por los centros comarcales, antes de que se produzca la concentración de la mayor parte de la población en ellas y dos o tres localidades más en cada provincia. Desde sanidad a educación, pasando por servicios sociales, correos o comunicaciones. Y de paso, potenciar el sector primario y el consumo local, la mejor forma de fijar población productiva al territorio.
En un complejo escenario, en el que la disponibilidad de combustibles fósiles se va a reducir en los próximos años, con el consiguiente descalabro de las redes logísticas y de la propia producción agropecuaria industrial, deberíamos elegir apoyar la producción local agroecológica, y no potenciar las grandes cadenas que nos ofrecen, por ejemplo, legumbres producidas a más de 7.000 km de distancia, en México, EEUU, Argentina o Canadá…y envasadas aquí. Es decir, lo contrario de lo que dicta el sentido común.