Airiños del noroeste
Se puede escribir, sin miedo a equivocarse, que la tradicional relación de El Bierzo con Galicia es más significativa que con la ciudad de León y su entorno. Toda la culpa no es del puerto de El Manzanal. A León subíamos obligados, para resolver asuntos burocráticos: todo estaba centralizado. A Galicia íbamos a comerciar, por amor, deseo, y placer.
Se habla gallego en las orillas del Burbia, Valcarce, Cúa, Selmo, y Sil, que van a morir, o a sobrevivir, en dirección al puerto de Vigo donde embarcábamos para América. Hay cosas que no se pueden olvidar, que siempre dicen que el Bierzo Occidental sigue estando impregnado de una cultura gallega que se muestra a diario, además de fiestas y efemérides. Galicia pasaba, y pasa, por delante de nuestras casas, a pie, en carros, en borricos, en coches. Las orquestas y las bandas de música venían del oeste, como el viento, las nubes, las nieblas y las lluvias. Recuerdo al famoso Foxo, que dirigía la Banda Municipal de Ortigueira y era habitual su actuación en las Fiestas del Cristo en Villafranca. Cuando interpretaba
La alborada de Veiga la gente se emocionaba y aplaudía con mucho entusiasmo. Desde niño la escuchaba con mi padre, que me iba explicando. Para nosotros lo más mágico estaba en Madrid, y en La Coruña, con su mar, sus playas, sus casas con galerías acristaladas, su plaza de María Pita. León nos quedaba a desmano o a trasmano. ¡Quen teña honra, que me siga!, fue el grito de valor y arrojo de María Mayor Fernández de Cámara y Pita (Sigros, Cambre, 1565-1643), la heroica gallega defensora de la ciudad de La Coruña contra los invasores ingleses, mandados por el almirante Francis Drake. El 3 de mayo de 1589 le quitó la lanza al alférez que dirigía el asalto, sobrino de Drake, y lo mato con ella. Así vengaba la muerte de su marido Gregorio de Racamonte. «¡Quen teña honra, que me siga!», es frase que demuestra que ya entonces se hablaba gallego incluso en una urbe culta y populosa como La Coruña, que ahora, merced a La Normalización Lingüística, se ha quedado en A Coruña. Gracias a Dios ningún alcalde ha ordenado denominarla oficialmente praza de Maruxa Galiña. El comandante Juan Barja de Quiroga, en julio de 1936, al grito de: «Todo por España y España para Dios», hizo recluta de unos mil trecientos milicianos falangistas que formarían la brava Bandera Legionaria Gallega. El 28 de agosto de 1936 marcharon desfilando desde María Pita para participar, con gran valentía y sacrifico, en el asedio y toma de San Sebastián (Guipúzcoa). Luego, esta fuerza de voluntarios gallegos daría grandes muestras de heroísmo en Huesca, hasta tal punto que los soldados y los mandos de los ejércitos regulares de los dos bandos contendientes se quedaban asombrados y admirados ante el valor, el empuje y la grandeza de espíritu que de continuo demostraban. El comandante Barja de Quiroga, que sí era monárquico, murió en Teruel en noviembre de 1938, y la inmensa mayoría de sus hombres cayeron también en combate, pues de los mil trecientos que salieron de Galicia sólo regresaron unos cuatrocientos. Estos valientes patriotas fueron tan admirados y queridos en Huesca que incluso Querubín de Larrea Palacín les dedicó este grandioso y hermoso poema: «Cantando vienen sus sueños/ En las noches de agua y frío,/ cantando camino al frente,/ Cantando al postrer suspiro,/ Cantando, ¡siempre cantando!/ ¡Que son canción los «mariscos»!/ ¿Dónde está tu tierra blanda/ Como regazo dormido?/ ¿Dónde dejaste tu «nena»/ Y dónde «os teus amoriños»?/ —»Amoriños collín...» ya lo sé/ Y ahora escuchas sus suspiros, / Y te saben las canciones/ De la tierra a viejo idilio,/ A música de la gaita,/ A besos de aquel cariño/ Que allá te espera rezando/ Mientras pasas hambre y frío/ Y desafías las balas/ Y juegas con el peligro./ Cantando, ¡siempre cantando!/ Porque es música tu sino./ Y cuando la madre España/ Te torne a tu paraíso,/ Y no fecunde los campos/ La sangre del sacrificio,/ Y la paz dé a tus canciones/ Alegres y nuevos ritmos;/ Saldrá aquella morenita/ Alegrando tus caminos/ Mucho más enamorada/ Tras el pasado martirio./ Y dirá la canción nueva/ Por pazos y caseríos,/ Por montes y por cañadas,/ Por aldeas y castillos,/ Como un himno de victoria:/ «Xa volven os marisquiños»./ Honor y Gloria». En El Bierzo occidental todavía seguimos manteniendo fidelidad y fervor por los sonidos de la gaita, que siempre nos invaden el corazón para traernos muchos recuerdos, nostalgias, alegrías, penas... Las Fiestas del Santísimo Cristo de la Esperanza no se pueden concebir sin la participación de grupos de gaiteros. ¡Qué sería de los entrañables desfiles de nuestros Gigantes y Cabezudos sin escuchar los limpios sonidos de las gaitas, acompañadas de tambores con el famoso y original «trun purrumpuntrun palillos de madeira baila don Quijote con doña Dulcinea»! La gaita forma parte de nuestro acervo sentimental, y debería mantenerse. Tengo un disco de pizarra, de los años veinte del pasado siglo, en el cual el famoso gaitero asturiano Salvador González Rodríguez (Mieldes el 4-3-1883, fallecido el 12-3-1936 por culpa de un tumor cerebral) nos deleita con dos solos de gaita:
La flor del romero y Asturiana. No me cansaré de decir que el gallego también es idioma de El Bierzo, de León, que los indígenas «falamos cando nos peta», desde Herrerías de Valcarce hasta Oencia, pasando por Corullón, Toral de los Vados, Cacabelos y Villafranca. Si lo dudan pueden preguntar al Catedrático de Física Nuclear de la Universidad de Salamanca, Alfredo Valcarce Mejía; al director del Incibe Félix Barrio Juárez; a la rectora de la ULE Nuria González Álvarez; a la alcaldesa de San Andrés de Rabanedo, Ana María Fernández Caurel, que cuando visitan la hermosa tierra de sus ancestros son testigos directos. Los idiomas deben servir para la comunicación y el entendimiento, nunca para enfrentar a las personas y separarlas. Soy contrario a las imposiciones idiomáticas. La corbeta María Pita zarpó del puerto de La Coruña el 30-11-1803 llevando a 37 personas, entre ellas 22 niños del hospicio coruñés y Benito Vélez, de 7 años, hijo de la enfermera cuidadora Isabel Zendal Gómez, que tuvo parte activa y esencial en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, o Expedición Balmis, médico de la Corte, sufragada por el rey Carlos VI de España, para llevar la vacuna contra la viruela por todo el imperio español e incluso China. Hoy, la Comunidad de Madrid dedica el Hospital Zendal al cuidado de los enfermos de ELA. Con toda Burbialidad.