Jorge Alberto Díez Fernández

Cuando las palabras se convierten en armas

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La bandera que te ciegan

Hace algunos años, durante un viaje, compartí conversación con un veterano guardia de fronteras. Entre café y visitas, me dijo algo que se me quedó grabado: «Siempre tienes que saber de qué lado de la frontera estás y qué bandera defiendes». Yo, que lo tenía claro y me enfundé de mi función de defensor de mi frontera, descubrí poco después que la bandera a veces te envuelve tanto que no te deje ver lo que realmente está pasando al otro lado.

Esas palabras resuenan hoy con particular intensidad mientras observo cómo España, y gran parte de Occidente, se debate en una guerra paralela que no se libra con tanques ni misiles, sino con palabras, marcos interpretativos y emociones manipuladas. El conflicto en Gaza ha demostrado que la primera batalla no se gana en el terreno, sino en las mentes de quienes observan desde la distancia.

Lo que parece no siempre es

La edad, curiosamente, nos hace recordar anécdotas aparentemente insignificantes de nuestra juventud que cobran sentido décadas después. Recuerdo al cura de nuestro pueblo, en aquellos tiempos donde los colegios eran masculinos y femeninos, cuando nuestra adolescencia llenaba nuestros cuerpos de hormonas y la televisión empezaba a mostrar mujeres más ligeras de ropa. Preocupado por nuestras fantasías lujuriosas, nos advertía con solemnidad: «No penséis que es carne lo que veis. Esas vedetes llevan unos leotardos, eso es lo que estáis viendo realmente».

Entonces nos reíamos de su ingenuidad, nosotros seguíamos viendo la carne. Hoy entiendo que, sin saberlo, nos estaba dando una lección magistral sobre la manipulación de la percepción: cómo algo puede parecer una cosa y ser, en realidad, completamente distinto.

Una guerra que no se libra con tanques

Lo que estamos presenciando no es simplemente información sobre un conflicto lejano. Es una sofisticada operación de desinformación donde cada titular, cada imagen, cada término utilizado ha sido cuidadosamente seleccionado para activar nuestras emociones y lograr que nos posicionemos por emociones y sin reflexionar.

Cuando los medios eligen entre «operación militar» o «genocidio», no están describiendo la realidad: la están creando. El primer término activa nuestra parte racional, sugiriendo legitimidad y proporcionalidad. El segundo dispara directamente las emociones elementales, generando horror visceral y urgencia moral. No son sinónimos; son armas psicológicas distintas dirigidas a audiencias diferentes.

Esta manipulación funciona porque explota una realidad incómoda: nuestro cerebro primitivo procesa las emociones 20 veces más rápido que los datos racionales. Así, cuando vemos imágenes de niños heridos, nuestro sistema automático ya ha tomado partido antes de que la racionalidad pueda preguntarse: ¿quién tomó esta foto? ¿Cuándo? ¿Qué contexto me están ocultando?, y aunque sea una frivolidad seguimos viendo a aquellas artistas desnudas.

Irán y la batalla sin soldados

El veterano guardia de fronteras tenía razón: hay que saber dónde se está. Y en este conflicto, las líneas están más claras de lo que muchos quieren admitir. No es una guerra entre dos ejércitos regulares disputándose un territorio. Es una guerra asimétrica donde Irán, sin exponer directamente sus fuerzas, ha conseguido abrir múltiples frentes utilizando poblaciones civiles como escudos y peones.

Esta estrategia no es casual. Es la evolución natural de la guerra irregular en la era de la información globalizada. ¿Para qué necesitas derrotar militarmente a tu enemigo cuando puedes conseguir que la opinión pública occidental lo condene moralmente? ¿Para qué exponer tu ejército cuando puedes usar el de las ONG, los medios progresistas y los partidos de izquierda europeos?

El resultado es que Israel se encuentra luchando en dos frentes simultáneamente: uno militar contra Irán a través de sus sucursales, Hamás en Gaza, Hezbola en el Líbano, los Hutíes en Yemen etc., y otro comunicativo contra la maquinaria de propaganda iraní en las universidades, medios y redes sociales occidentales.

Cegados incluso por la causa justa

Pero aquí es donde la advertencia del guardia cobra su verdadero sentido. Porque si bien es necesario reconocer estas realidades geopolíticas, también es peligroso dejarse envolver completamente por cualquier bandera, incluso la que creemos más justa.

Hemos visto cómo la izquierda española con compromisos de colaboración con el bloque iraní intenta seducir con marcos emocionales y que nos impidan ver que, al defender la «resistencia palestina», están objetivamente sirviendo los intereses de una teocracia que lapida mujeres y ejecuta homosexuales. Con su bandera moral de la «justicia social» nos intentan dejar cegados ante el hecho de que quieren instrumentalizarnos por un régimen que representa todo lo contrario a nuestros valores y a los suyos declarados.

Pero el mismo peligro acecha a quienes defendemos el derecho de Israel a existir y protegerse. Cuando nuestra legítima indignación por el barbarismo del 7 de octubre si nos impide cuestionar determinadas decisiones militares israelíes, o cuando asumimos acríticamente cualquier narrativa que provenga de fuentes oficiales, también estamos permitiendo que la bandera nos envuelva.

Elegir un lado sin perder la lucidez

La pregunta es: ¿cómo combatir esta manipulación sin caer en ella?

La respuesta no puede ser la neutralidad imposible. Como bien sabía mi amigo fronterizo, siempre hay que elegir un lado, y yo y muchos de nuestros conciudadanos sabemos cuál es. Pero sí podemos exigir precisión en la comunicación y las palabras, contexto histórico y honestidad intelectual.

Cuando alguien habla de «genocidio», podemos preguntarle qué diferencia existe con los genocidios de Ruanda o los Uighures. Cuando alguien justifica ataques contra civiles como «resistencia», podemos recordarle que el Derecho Internacional Humanitario no hace esas distinciones. Cuando alguien presenta el conflicto como «colonialismo», podemos exigir que explique por qué los judíos no tendrían derecho histórico a esa tierra.

Pero también, cuando Israel bombardea un hospital, podemos preguntarnos si se respetó el principio de proporcionalidad, y exigir datos reales y constatados de su uso por parte de Hamas, que hayan justificado este ataque, sin por ello asumir que toda acción militar israelí es legítima por definición.

El espejismo del ruido digital

Uno de los fenómenos más inquietantes de este conflicto ha sido constatar cómo una minoría activista, amplificada por algoritmos que premian el contenido emocionalmente extremo, puede crear la ilusión de representar la opinión mayoritaria.

Las manifestaciones pro-palestinas en Madrid reúnen a los mismos cuatro mil de siempre. Los hashtags virales son impulsados por granjas de bots. Las «revueltas estudiantiles» están organizadas por los mismos grupos radicales que llevan décadas intentando desestabilizar las democracias occidentales.

Pero esta minoría ruidosa cuenta con una ventaja: la mayoría silenciosa prefiere la tranquilidad al conflicto, la vida privada al activismo callejero. Y esa mayoría, que intuye que algo no cuadra en el relato dominante, se repliega en el silencio mientras los extremos polarizan el debate público.

Pensar cuando todos gritan

Mi experiencia me enseñó que la lucidez no es neutralidad. Es la capacidad de defender una posición sin renunciar al análisis crítico. Es saber que estar del lado correcto de la historia no nos exime de cometer errores o de ser manipulados.

En el caso del conflicto de Gaza, estar del lado de Israel no significa asumir que todas sus acciones son perfectas. Significa reconocer que es la única democracia en una región dominada por teocracias y dictaduras, que su derecho a existir no es negociable, y que su respuesta a la barbarie del 7 de octubre es legítima en sus fundamentos, aunque pueda ser cuestionable en algunos de sus métodos.

Significa también reconocer que gran parte estas movilización en España no surge de una preocupación genuina por los derechos humanos, sino de la exitosa penetración de la propaganda iraní en nuestras estructuras culturales, mediáticas y políticas y de algunos intereses espurios desde el gobierno.

La frontera más difícil está en la mente

El verdadero campo de batalla de este conflicto no está en Gaza. Está en nuestras mentes, en nuestra capacidad de resistir la manipulación emocional sin renunciar a la compasión, de tomar partido sin perder la objetividad, de defender nuestros valores sin dejarnos instrumentalizar por quienes los odian.

La frontera más importante que debemos vigilar no es geográfica, sino la mental. Es la línea que separa el pensamiento crítico de la reacción emocional, la información de la propaganda, la justicia de la venganza.

Siempre hay que saber de qué lado se está, pero también hay que vigilar que la bandera, por hermosa que sea, no nos envuelva tanto que nos impida ver la realidad en toda su complejidad.

En estos tiempos de guerra informativa, esa lucidez no es solo una virtud intelectual. Es un deber democrático.

La verdadera resistencia no consiste en elegir el bando que grita más fuerte, sino en mantener la capacidad de pensar cuando todos han dejado de hacerlo.