Luis Salvador López Herrero

Médico Y Psicoanalista

‘Los domingos’

Pienso que los jóvenes siempre yerran en su choque con el mundo y la vida

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Llama la atención el interés que está generando el reciente film Los domingos, de Alauda Ruiz de Azua, y conviene examinar los motivos por la expectación suscitada, en una época, nada romántica con lo religioso.

La película, brillantemente interpretada y dirigida por su autora, con un guion y puesta en escena que acapara la mirada del espectador hasta el último momento, muestra la encrucijada en la que se encuentra cualquier adolescente a partir de la inclinación religiosa de una joven muchacha. Varios son los factores que conviene señalar como motivo de reflexión al hilo de la propuesta fílmica. Por un lado, la difícil elección que deben realizar los jóvenes acerca del destino que debería guiar su vida, en un momento en el que se confrontan con la pregunta sobre la sexualidad y la propia existencia; por otro, el interés que despierta en la protagonista y en el ámbito familiar, la presencia de un fenómeno religioso tan cuestionado en la actualidad, como respuesta ante el enigma que la sexualidad impone. Para algunas de las personas que han convivido con la religión y su discurso en la época infantil, el film, propiamente dicho, no aporta nada nuevo en este sentido. Muchos recordaran los ejercicios espirituales, las misas dominicales, las confesiones y comuniones al amparo del rito, o los rezos y las múltiples horas en las que el sacerdote buscaba conmover los corazones en el ámbito escolar. E igualmente se podrá recordar también, la inquietud que generaba la convicción de algunos compañeros a la hora de sentirse «llamados» por el mensaje o la palabra de Cristo. Entonces, ¿por qué la película ha acaparado tanta atención como felicitaciones? En primer lugar, por la propuesta aparentemente «subversiva» que el film propone, al plantear la vocación religiosa de una joven y su interés por la clausura monástica. Porque, en un mundo claramente comprometido con el consumo, el goce, el ocio «tonto» y la banalidad espiritual, el horizonte «Ideal» que persigue la protagonista rompe con las propuestas materialistas de la hipermodernidad. Pero también por el conflicto que la muchacha debe entablar con su familia que, supuestamente, ni sabe ni entiende el motivo oculto de tal decisión drástica, que no es otro, sino que el intento por separarse, aunque sea de un modo salvaje, de una historia que la ha guiado hasta ese momento en su vida. No obstante, para algunos de ustedes que vivieron la adolescencia en un contexto, en el que la confrontación con la autoridad del Padre estuvo de mano, lo subversivo no era abrazar al Padre, sino más bien seguir otras sendas, como la bohemia, lo revolucionario, lo artístico o la búsqueda de la verdadera vida a través del juego que dictan las palabras. Sin embargo, en nuestra época, una vez roto con los semblantes y emblemas paternos, la cinta nos ha querido mostrar el camino de la espiritualidad a través de la búsqueda del auténtico «Padre», como remedo frente a esta pulverización actual. Y así, en cierto modo, muchos de los espectadores ya maduros, cuando no trillados por el paso de los años, han podido volver a sentir lo que fue su propia lucha y búsqueda del Ideal, por otros medios, a través de la soledad del personaje femenino. De ahí el aplauso que el film ha suscitado en un amplio sector de la población. Sin embargo, no debemos dejarnos engañar por esta sensibilidad a flor de piel, porque la pregunta candente, a mi modo de ver, no es la proclama de lo religioso en un mundo cada vez más desencantado, sino más bien la reflexión, con agudeza, de todo aquello que irrumpe en la adolescencia, al querer trasladar la fantasía a la propia vida. Lo cual es evidentemente un gran error, pero necesario, capaz de desencadenar un calvario en todos aquellos que insisten por hacer de la ilusión la vida misma. Por eso, frente a los muchos comentarios positivos sobre la actitud de la joven o la convicción de la muchacha para ingresar en el anhelado convento, yo propondría más bien una pregunta, una duda, que el film no ha sabido ni tampoco ha podido lógicamente subsanar, porque no era su tema. ¿Hay, en esa aparente elección, una verdadera decisión promovida por un auténtico deseo o, más bien, su decisión es el intento por encontrar un refugio o la «clausura», de todas esa cuestiones y problemas que plantea la existencia en el encuentro con la vida y el otro sexo? Pienso que los jóvenes siempre yerran en su choque con el mundo y la vida. Y no puede ser de otro modo porque las vestimentas que portan, aún en las mejores condiciones, no les alcanza para responder de modo auténtico y veraz — y ese es el verdadero meollo de esa encrucijada de transición que supone la adolescencia —, con las exigencias de la existencia. De ahí la necesidad de ayudarles desde un espacio completamente alejado del ámbito familiar, escolar o religioso, siempre interesados, para que puedan formular, no sólo su genuina pregunta, sino también, y lo que es más importante, su respuesta singular. Porque es ahí, en ese instante, cuando se pondría en juego un deseo que ya no buscaría simplemente lo útil o el reconocimiento de los demás, sino más bien, lo que no se puede nombrar.