Diario de León

Oswaldo Smarrelli

Economista, Msc Gerencia

Navidad, religión y política: la revolución del pesebre

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A las puertas de diciembre, la Navidad reaparece con sus símbolos y valores, que han marcado en gran medida nuestra comprensión de la vida, y por incómodo que resulte para algunos, es imposible ignorar la huella de la Iglesia, porque no hace falta comulgar ni ir a misa para reconocer que durante siglos ha predicado, educado y guiado en torno a la dignidad humana y la responsabilidad personal y que, incluso hoy, nuestra forma de entender la ley, la autoridad, la familia y el conflicto sigue anclada en esa tradición cristiana.

El problema surge cuando algunos pretenden desvirtuar la Navidad o peor aún borrarla del espacio público en nombre de una neutralidad mal entendida, como si esconder el pesebre, el arbolito o el villancico fuera a resolver los conflictos de convivencia mundial. Precisamente por esto, tiene sentido preguntarnos qué queremos transmitir cuando hablamos de Navidad: ¿un decorado, una ideología o un conjunto de valores que pueden inspirar también a quienes no creen? Ahí, en ese cruce entre Navidad, religión y política, se está librando una batalla cultural que no debe dejarnos inmóviles. ¿Cuántas veces hemos callado para evitar la discusión porque «no vale la pena»? pues creo que llegó el momento de decir que sí vale la pena, porque lo que está en juego es la dignidad inviolable de cada persona y que la vida del otro es sagrada. En esa raíz se sostiene nuestro modo de entender la libertad, la ley y los límites del poder, pero hoy ese modelo cristiano, occidental y libre en el que crecimos se ve desafiado por ideologías políticas que sueñan con controlarlo todo y por formas religiosas que no reconocen la misma libertad para el que piensa distinto. Nuestras tradiciones valen precisamente porque no queremos hacer con ellos lo que ellos hacen con sus minorías. En medio de este camino, vuelve a resonar con fuerza una invitación lanzada hace un tiempo por Giorgia Meloni, que no ha perdido vigencia y que hoy hago también mía para compartirles un resumen, porque toca el centro de lo que estamos viviendo: «He decidido hacer el pesebre cuando nadie lo hace, cuando en las escuelas dicen que no se puede hacer porque de algún modo ofende a quien cree en otra cultura, ¿cómo hace un niño que nace en un establo para ofenderte? ¿Cómo hace para ofenderte una familia que escapa para defender aquel niño? ¿Cómo hace para ofenderte mi cultura? porque no importa si se cree en Dios o no, en estos símbolos están resumidos los valores que fundaron mi civilización... Creo en el respeto, en el estado laico, porque me lo ha enseñado este símbolo, creo que la vida de todos es sagrada porque me lo ha enseñado este niño que nace... Quiero que Ginebra (Naciones Unidas) sepa que la navidad no es solamente regalarnos cosas y comer, es también celebraresos valores... Agarremos el pastorcito y hagamos la revolución del pesebre porque la preservación de nuestra civilización está en la defensa de los valores que están representados en ese niño, que lo único que nos ha pedido es que nos amemos los unos a los otros como él nos amó.» Esa «revolución del pesebre» es un llamado de conciencia para rescatar el sentido profundo de la libertad de expresar y defender nuestra civilización, orígenes, símbolos y creencias, y esto no significa hacer lo que se quiere, es querer el bien, es elegir aquello que nos humaniza, esta es la libertad bien entendida y de esa comprensión nace la mejor versión del Estado laico, como garantía de que cada quien pueda vivir libremente según su fe o su no-fe, sin miedo, sin imposiciones y con respeto. La sociedad ha jugado sobre todo en estos tiempos un estira y encoge con esa fuente moral y eso ha marcado rasgos de desorientación pero justo hoy cuando se promueve una neutralidad cultural en nombre de la inclusión, resuenan experiencias como la vivida por Viktor Frankl que descubrió en los campos de concentración que quien tiene un sentido para vivir resiste mejor o la afirmación de Einstein que sin ser católico, veía un orden profundo en el universo y defendía que ciencia y religión se necesitan, sosteniendo que: «La ciencia sin religión está coja, la religión sin ciencia está ciega» o escenas del cine como en «El joven Sheldon», en la que su madre, una mujer profundamente religiosa, de repente pierde la fe y deja de ir a la iglesia y es Sheldon, el pequeño agnóstico y racional, quien le dice en medio su genialidad lo siguiente: «si la gravedad fuera solo un poco mayor, el universo se colapsaría, si fuera un poco menor, no habría estrellas ni planetas, esa precisión hace razonable pensar en un Creador» y más reciente la presencia de artistas de diversas disciplinas abriendo grietas de luz y propósito especialmente en las nuevas generaciones. Todos ellos y muchos más, independientemente de sus tiempos, experiencias y conocimientos, disciplinas y orígenes han apuntado a lo mismo: ¡el ser humano necesita un horizonte de sentido que no se agote! La Navidad entonces, no solo es nostalgia y recuerdos, es presente y futuro, es creer que la vida tiene propósito y que hacer el pesebre es confirmar que existe una sociedad que cree en ese niño que nace, que cree en ese Dios cercano, pero que también cree en la humanidad y que para defender esto no se necesita violencia ni consignas, solo la contundencia de una familia que vuelve cada diciembre a sus tradiciones y vive su navidaden armonía, dando significado a lo que somos. Los valores de la navidadson los valores de la libertad bien entendida y sobre estos valores se edifican la familia, la ciudadanía, la justicia y la paz.

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