La Virgen Inmaculada, devoción leonesa
El Ayuntamiento de León mantiene vivo aquel acuerdo del siglo XVII. Y lo hace de un modo público y notorio

Leonor de Quiñones Enríquez, hija de los Condes de Luna, fundó el 10 de junio de 1516 el Monasterio de la Inmaculada Concepción de María, el más antiguo actualmente de la ciudad de León. Y para este fin, hizo entrega de su propio palacio. Plenamente incardinado en el Camino de Santiago, dicho cenobio está íntimamente ligado a las glorias y vicisitudes de esta Capital del Viejo Reino. Sus gruesos muros configuran hoy una torre mística, donde las religiosas, conscientes del legado recibido, mantienen el espíritu de la Orden Concepcionista, aprobada mediante la bula «Inter Universa», por el Papa Inocencio VIII, el 30 de abril de 1489, que resultó decisiva para la proclamación, casi cuatro siglos más tarde, del dogma inmaculista. Dicha Orden quedó entonces situada bajo la regla del Císter.
Un lustro después, a petición de Isabel la Católica, el Papa Alejandro VI, por la bula «Ex Supremae Providentia», de 19 de agosto de 1494, autorizó a la nueva Orden a desvincularse del Cister y profesar la regla de Santa Clara. Posteriormente, la bula «Ad estatum prosperum», de 17 de septiembre de 1511, del Papa Julio II, dotó de regla propia a esta Orden, creada por Beatriz de Silva y Meneses, religiosa canonizada el tres de octubre de 1976 por el Papa San Pablo VI. La veneración a la Inmaculada Concepción de María tiene en nuestra ciudad unas raíces muy firmes y arraigadas. Lo acredita en la topografía urbana una hornacina en la plaza Mayor, que es memoria y evocación del suceso acontecido el siete de junio de 1810 entre un coracero francés y un grupo de leoneses enfrentados al ejército galo, y donde la municipalidad y el pueblo de León llevan a cabo
el canto popular de la Salve, instaurado en 1927, la mañana del ocho de diciembre. De igual modo, en la plaza de la Inmaculada lo confirma la talla, que es autoría del escultor astorgano Marino Amaya, inaugurada el tres de junio de 1956. Y, a modo de resumen, lo ratifica en la iglesia de San Marcelo una imagen de la Inmaculada, obra de Gregorio Fernández, que se estima que fue un encargo encomendado a este célebre imaginero a raíz del Voto Concepcionista, formalizado en esta antigua Corte de Reyes por el Corregimiento de León, el ocho de octubre de 1621. Entonces, Felipe IV reinaba en España, y Juan de Llano y Valdés era obispo de la diócesis legionense. Cuatro centurias después, el Ayuntamiento de León mantiene vivo aquel acuerdo del siglo XVII. Y lo hace de un modo público y notorio en el citado cenobio, emplazado al final de la calle de la Rúa, en la festividad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, asistiendo corporativamente, «en forma de ciudad», es decir, acompañada por los cuatro Reyes de Armas, esto es, por los «maceros», y precedida y anunciada por el clarín y el tambor. La asistencia municipal por primera vez a dicho monasterio con motivo de la mencionada festividad litúrgica data de 1656. La iniciativa se oficializó mediante acuerdo municipal de 24 de octubre del año siguiente. De esta forma, la Corporación Municipal da cumplimiento a las disposiciones establecidas en el «Resumen de las Políticas Ceremonias con que se gobierna la ciudad de León por Francisco Cabeza de Vaca Quiñones, Marqués de Fuente Oyuelo», un tratado protocolario de 1693, en cuyo capítulo V, se dispone «Cómo se da la posesión a los Caballeros Regidores», en los siguientes términos: «Cuando un Caballero ha de tomar posesión de su Regimiento (…) se vota por habas blancas y negras su recibimiento (…) y habiendo tenido la mayor parte (…) el Escribano Mayor le toma el juramento de usar bien y fielmente su oficio (…) no ir en ningún tiempo contra los buenos usos, costumbres, ordenanzas y privilegios de la Ciudad, ni permitir que vaya contra ellos, y así mismo de guardar y defender el Misterio de la pura y limpia Concepción de María Santísima, Señora nuestra, en el primer instante de su ser natural». En aquel siglo XVII, el misterio inmaculista tenía un enorme calado en el alma popular. En el mencionado 1621, Felipe IV, antes de ser proclamado rey, tras el óbito de su padre, Felipe III, juró defender la doctrina de la Inmaculada. Y María Coronel y Arana, en religión Sor María Jesús de Ágreda, denominada la «Dama Azul», de quien se dice que tenía el don de la bilocación, consejera del citado Felipe IV desde 1643 hasta el fallecimiento de ambos, en 1665, y autora de la obra «Mística Ciudad de Dios», donde narra la vida de la Virgen María, desarrolló algunas tesis acerca de la Inmaculada Concepción de María que es hoy dogma de fe. El dogma de la Inmaculada Concepción fue declarado solemnemente el ocho de diciembre de 1854. A las doce de la mañana del referido día, en la Basílica de San Pedro de Roma, Pío IX proclamaba, «urbi et orbi», mediante la bula «Inefabilis Deus», el unánime sentir de tantas generaciones cristianas y la creencia firme de la Iglesia de que la Madre de Dios fue preservada, desde el primer instante, inmune de toda mancha de pecado original. El Voto Concepcionista del Ayuntamiento de León, efectuado el predicho ocho de octubre de 1621, puso de relieve el grado de convicción de aquellos leoneses de la centuria del racionalismo, o, si se prefiere, la manifiesta devoción del pueblo leonés a la Virgen Sin Pecado, como se decía en lejanas calendas. Y es que la festividad de la Limpia Concepción de la Bienaventurada Virgen María tiene y ha tenido siempre en nuestra ciudad rangos de solemnidad.