Mónica Miguel Franco
​Escritora

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Pocas luces y muchos leones

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En León, ciudad de fulgor histórico y penumbra contemporánea, el alcalde ha decidido que su cruzada personal será convertir el centro en un santuario peatonal. Peatonal, entiéndase, para los sanos, los ágiles, los que suben cuestas como cabras bermeyas y no cargan un bastón, una prótesis o no les sobran kilos. El resto, los que caminan lento, los que han vivido más años de los que los expertos en movilidad han considerado, los que aún creen que tener derecho a circular no es un privilegio, según nuestro caporal pueden quedarse en casa o resignarse a ver la Pulchra desde Google Maps.

Porque claro, León se está «modernizando». Tenemos un centro cada vez más cerrado, más restringido, más «europeo», dicen. Tan exclusivo que ya no hay quien aparque, por ejemplo, a acercar a su padre a que dé un paseo, ni quien llegue al mercado de la plaza Mayor desde un barrio de la periferia, ni quien visite una tienda sin la sensación de estar infringiendo uno de los diez mandamientos. Lo llaman sostenibilidad. Yo lo llamo elitismo con semáforos. Los que se pueden permitir vivir en Alfonso V son felices y comen perdices; los que no viven en la ‘Casa del Coño’, se deben conformar con recorrer las aceras, por llamarlas de alguna manera, de su barrio marginal. Eso sí, a estas alturas de año y en el centro, luz no falta. En el centro hay un despliegue elefantiásico de bombillas, farolitos, arbolotes y lucecitas. El alcalde ha iluminado tanto la Navidad que la ciudad parece un catálogo chino de venta por correo, todo brilla, pero nada alumbra. Esas luces sirven apenas para tropezar con más precisión. Uno camina por las callejuelas medievales y se siente personaje de

Juego de Tronos, entre sombras y piedras te sobrevuela cual dragón el riesgo constante de resbalar en el adoquín traicionero. Un turista podría pensar que es parte del encanto histórico pero en realidad nos están devolviendo al siglo XIII a golpe de presupuesto municipal. Y fuera del anillo peatonal, la oscuridad es literal con calles en penumbra, farolas que apenas sobreviven, barrios que parecen decorados de Los otros y un aumento brutal de los atropellos porque, señor alcalde, en la mayor parte de las vías de esta ciudad no se ve ni a persignarse. Aunque vayas a diez kilómetros por hora. Las únicas luces decentes no solo están restringidas en el espacio sino en el tiempo, están colgadas en diciembre, para las fotos de Instagram y las visitas oficiales. Después de Reyes, todo vuelve a su tono natural, gris, sucio y apagado. Las fachadas vacías de los locales cerrados hacen el resto. Escaparates sin vida, y rótulos de «se alquila» que encandilan más que las farolas. Pero ¡no importa!, pensará nuestro mayoral, porque tenemos rotondas. Muchas rotondas. Rotondas grandes, medianas y pequeñas; rotondas por encima de nuestras posibilidades. Y en el centro de cada una, claro, leones. Leones dorados, leones coronados, leones rampantes, leones que brotan de las alcantarillas y custodian entradas como si estuviéramos en Narnia. El alcalde ha confundido la heráldica con la gestión urbana. Cree que a base de poner felinos metálicos la ciudad rugirá más fuerte, cuando en realidad lo que suena es el chirrido de los carritos de compra, o de las maletas que arrastran estudiantes y turistas, que no pueden cruzar los adoquines. Lo que tampoco tenemos, ni con luces ni con leones, es un servicio de basura decente. Que se dé el caporal un paseíto por las afueras, allí, a las calles adonde no llegan las cámaras ni las inauguraciones. Allí la basura alfombra las aceras, la mierda se mezcla con las hojas y los contenedores se desbordan como metáforas de su gestión. El ciudadano paga su tasa puntual, pero la ciudad, en ciertos barrios, huele a abandono. Y del transporte público mejor ni hablar. Intentar moverse entre la capital y los pueblos del alfoz es como participar en una gincana organizada por el enemigo. Pocos horarios, pocas rutas y ninguna consideración por los que trabajan temprano o regresan de noche. Ahora, con el nuevo diseño urbano, a quienes viven lejos se les obliga a bajarse más lejos todavía, porque todo el mundo debe ser, según el evangelio del alcalde, dinámico, andariego y tener las pantorrillas de un atleta olímpico. Los que no puedan, que se fastidien. Por gordos, por viejos, por cojos o por cansados. Así que aquí estamos, con un centro bonito para las postales, pero vacío; con calles adornadas, pero impracticables; con muchas luces de Navidad y una obscuridad pertinaz el resto del año. El alcalde dirá que son medidas de progreso. Yo digo que son políticas de exclusión envueltas en guirnaldas. Porque una ciudad para vivir no se mide por la cantidad de metros de luces que cuelgan en diciembre, sino por cuántos ciudadanos puede moverse por la ciudad en la que habitan en enero, en marzo y en agosto, y mientras siga habiendo más leones que luces y más rotondas que sentido común, León seguirá rugiendo, pero en la oscuridad.