Chachapoyas y comechingones: vacas negras, leche blanca y relatos demasiado simples
Hay nombres que parecen soñados por un novelista, pronunciados casi en susurro, como si contuvieran un eco antiguo. Chachapoyas. Comechingones. Nombres que suenan a realismo mágico, a geografías inventadas, a un mapamundi donde Borges y Eliade habrían conspirado por diversión. Y sin embargo existieron. Habitaban montañas, quebradas y sierras que hoy apenas recordamos. Compartían continente pero nunca se encontraron. Ni siquiera habrían sabido qué decirse. Pero comparten, cinco siglos después, un destino que resuena como un eco incómodo: ser borrados por poderes que necesitaban una identidad simple para gobernar un mundo complejo.
Los chachapoyas —los «guerreros de las nubes»— vivían en el margen oriental del Tahuantinsuyo. Un margen fértil y peligroso que los incas nunca terminaron de domesticar. No eran un bloque, no eran una esencia: eran un entramado de rituales adoptados, alianzas que duraban lo que dura la estación de lluvias, culturas que entraban y salían por las laderas como el viento de la selva. Los comechingones, en las sierras de Córdoba, tampoco encajaban en la caricatura del «pueblo originario» que la modernidad convierte en estampita. Eran una constelación de comunidades con influencias pampeanas, andinas, amazónicas. Eran mezcla. Eran frontera. Eran lo que siempre ha sido la identidad humana antes de que los imperios decidieran que debe ser homogénea. Ese mosaico era su fortaleza, pero también su condena. Los imperios no toleran lo que no pueden clasificar. Chachapoyas y comechingones no fueron derrotados solo por la guerra, sino por algo más profundo: la obsesión imperial por imponer una identidad. Al poder absoluto no le gustan los matices. Los incas reescribieron la historia de los chachapoyas para convertirlos en rebeldes que debían ser civilizados por Cuzco. La colonia española, siglos después, redujo a los comechingones a una categoría genérica: indios. El cajón de sastre. Ese impulso —trazar fronteras, fijar esencias, borrar matices— no ha desaparecido. La modernidad presume de progreso, pero bajo la superficie laten supersticiones viejas. Cambian los instrumentos; los reflejos, no. Hoy vivimos una resurrección planetaria del identitarismo primitivo, ese que convierte la raíz en dogma y el origen en arma política. Las potencias ya no compiten solo con ejércitos, sino con relatos étnicos: —India fabrica un hinduismo puro que nunca existió. —Rusia invade en nombre de un «mundo ruso-eslavo» imaginario. —China borra culturas enteras para imponer su narrativa civilizatoria. Y Europa… Europa desempolva mitologías antiguas, banderas, esencias tribales, como si el mestizaje no hubiera sido siempre nuestro único proyecto real. Bretones, catalanes, padanos… cada uno distinto, cada uno orgulloso de su singularidad, cada uno convencido de ser la tribu elegida. Y todos, sin excepción, amenazados por el diferente. Es una ironía cruel: el continente que inventó la ciudadanía universal teme hoy la mezcla. Pero la historia es obstinada. Las identidades puras solo existen en los discursos del poder. La realidad, siempre más sincera, es híbrida, mestiza, contradictoria. Los chachapoyas y los comechingones no fueron anomalías: fueron el retrato fiel de la condición humana. Lo extraño —lo verdaderamente extravagante— no fueron ellos, sino el empeño de los imperios por inventarse identidades sin grietas. Cinco siglos después seguimos reincidiendo: reducimos pueblos a etiquetas, convertimos territorios complejos en bloques morales, hablamos de los «árabes», «occidentales», «latinoamericanos», «africanos» como si continentes enteros fueran unidades químicamente puras. Esa torpeza mental sólo puede producir políticas torpes, alianzas fallidas y conflictos que nadie entiende. Y así nos va. Conviene recordar que los chachapoyas y los comechingones fueron borrados dos veces: primero por la conquista, después por el relato. La conquista los derrotó, pero el relato los remató. Lo más peligroso del identitarismo no es la violencia, sino la simplificación. La simplificación sirve para las ecuaciones; en geopolítica convierte el mundo en un arma. Quizá la lección de estos pueblos no sea arqueológica, sino política. Que la identidad no es biología, sino relato, a menudo interesado. Que la mezcla siempre desborda al mito. Y que un imperio empieza a derrumbarse el día en que adopta un relato como su esencia. Los chachapoyas y los comechingones no se conocieron. Vivieron separados por selvas, cordilleras y siglos. Nosotros, en cambio, habitamos un planeta diminuto. No tenemos excusa.