Urraca I de León
Puede ser un buen momento para seguir recuperando la imagen de una gran reina y mujer maltratada
En este recién estrenado 2026 se cumplen novecientos años de la muerte en el castillo de Saldaña de Urraca I de León, la primera reina y emperatriz de pleno derecho en la vieja Europa. Urraca fue obligada a vivir deprisa. Hubo de asumir responsabilidades para las que no había sido preparada, enfrentarse a poderosos enemigos contra los que no disponía de armas parejas y vivir bajo la presión de férreos prejuicios que la rodearon como una corona de espinas. Llegada al mundo en el verano de 1081, con poco más de 10 años fue entregada en matrimonio a Raimundo de Borgoña, un noble que le doblaba la edad, pariente de su madre Constanza. A los 15 fue madre por vez primera al dar a luz a su hija Sancha. A los 26 quedó viuda, tras la muerte súbita de su primer marido en la villa de Grajal. Y recién cumplidos los 28 hubo de hacerse cargo del rico legado que le dejaba en herencia su padre, el gran Alfonso VI, cuyos dominios se extendían desde Finisterre hasta Nájera y desde el mar Cantábrico hasta el valle del Henares, con la mayoría de los reinos taifas que ocupaban al-Andalus ejerciendo de simples tributarios suyos. Otros reyes y condes de la península reconocían su superioridad, por lo que no tenían inconveniente en reconocerlo emperador, dignidad que heredarían su hija y su nieto, de nombre también Alfonso.
Con toda esa carga política y emocional sobre sus hombros, Urraca debió enfrentarse a recelos y escrúpulos morales, pero también a las intrigas y agresiones que le plantearon desde el primer día aquellos enemigos que pusieron a prueba sin pausa su valor, su entereza y su habilidad para manejarse en las altas esferas del poder. Si como reina Urraca hubo de hacer frente a nobles codiciosos y clérigos intransigentes que no admitían a una mujer dirigiendo un reino en una época en que imperaban con fuerza teorías empeñadas en imaginar a la «hembra inferior al macho», y, en consecuencia, deducir que es a él a quien le corresponde gobernar y a ella ser gobernada, en el terreno personal aún se encontró obstáculos, impedimentos y agravios superiores, pues suponía un escándalo mayúsculo que una mujer quisiera liberarse de la tutela masculina, que se entregara a apasionados amantes o quedase embarazada fuera del matrimonio. Urraca supo encarar esos desafíos y aún otros y, aunque sufriera duras agresiones, incluso en lo más íntimo, nunca se rindió y hasta el fin de sus días continuó luchando por vivir su vida obviando las opiniones, infamias y dificultades que le interponían en su camino. Se consideraba mujer antes que reina y como tal vivió. En contra de las difamaciones de cronistas que a lo largo de la historia han querido tildarla de temeraria e irresponsable, la rica herencia recibida de su padre la supo proteger y entregar prácticamente íntegra a su hijo y heredero, aun ampliando fronteras en algunos frentes, y a pesar de las agresiones continuas que recibió durante su reinado, no solo de los almorávides que la acosaban desde el sur sino también de su segundo marido, el aragonés Alfonso, hombre violento, maltratador y misógino; de su codiciosa hermanastra Teresa, o de los nobles gallegos liderados por el conde de Traba y el arzobispo Gelmírez, que pretendían recuperar la condición de reino para Galicia, pero no bajo la corona de Urraca, sino entronizando a su hijo, el futuro Alfonso VII, a quien ellos tutelaban y, a través del cual, pensaban obtener jugosos beneficios y prebendas. Este centenario puede ser un buen momento para seguir recuperando la imagen de una gran reina y mujer maltratada no solo por su segundo esposo sino también por los cronistas de la época y posteriores (todos hombres y todos clérigos) que enjuiciaban su labor y su comportamiento desde el punto de vista de la moral que ellos imponían. Casualidades del destino iban a decidir que se encontrase con la muerte en un 8 de marzo, fecha en la que actualmente se celebra el Día de la Mujer. Y aunque nadie pensara en ella para elegir ese día, podría ser una digna representante de la lucha femenina por sus derechos, pues Urraca empleó todas sus fuerzas peleando tanto por su derecho a reinar siendo mujer como por su derecho a vivir su propia vida con libertad e independencia, sin tutelas de ningún tipo. Aunque en los últimos años se hayan pretendido corregir los agravios a que fue sometida por el simple hecho de ser mujer y comportarse como tal, aún nos asisten motivos para dignificar su vida y su obra. Puede que los elogios actuales pequen de algún exceso como pecaron en sentido contrario las acerbas críticas que recibió. Por tanto, considero que incluso las exageraciones serían un acto de justicia.