Diario de León

Alejandro Roa Nonide

Caballero De La Real Orden De San Isidoro. Magistrado

De la memoria de los Reyes a la promesa de un caballero cofrade

Al contemplar el Pendón, entiendo la misión de custodiar la memoria de nuestros mayores y engrandecer la orden

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En el corazón de la Muy Noble, Leal y Antigua Ciudad de León, donde las piedras de la Real Colegiata de San Isidoro susurran crónicas de reyes e imperios, la Muy Ilustre, Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro continúa escribiendo su historia tras casi nueve siglos de existencia.

Fundada en 1147 por el Alfonso VII, único Emperador coronado en España, tras la milagrosa toma de la ciudad jienense de Baeza, esta institución, que celebró su 877º aniversario, sigue siendo la custodia de la esencia leonesa y de los valores de libertad que nacieron en estas tierras. Cada año es un ciclo de especial relevancia, marcado no sólo por la renovación de los símbolos de nuestra Monarquía, y este año especialmente con la apertura del Año no solo de la Reina Urraca I y del Rey Alfonso VII, en su 900 aniversario de su Coronación, sino también por la incorporación de nuevos miembros que, como en mi caso personal, asumimos el hábito y la medalla con la responsabilidad de quien abraza sus raíces más profundas. El ciclo isidoriano comienza, como es tradición, el 6 de enero con el Responso por los Reyes de León en el Panteón Real. En este escenario, considerado la «Capilla Sixtina del Románico», la Cofradía actúa como fedataria anual, junto al Cabildo Isidoriano, de un homenaje que este año adquirió una dimensión extraordinaria al dedicarse a la apertura del año de la Reina Urraca I y del Rey Alfonso VII, en su 900 aniversario de su Coronación. Bajo la presidencia del Obispo, D. Luis Ángel de las Heras, y con la presencia del Abad D. Luis García Gutiérrez y del Cabildo Isidoriano y autoridades, como el alcalde de León, D. José Antonio Diez Díaz, se vivió un momento de emoción contenida durante la entrega de una corona de laurel ante el sepulcro de la reina. Destacable en convocatoria precedente fue la presentación de los símbolos de la monarquía leonesa: una nueva corona y un cetro que sustituyen a los anteriores elementos de madera. Esta inversión, realizada por la Cofradía, permitió que durante las ceremonias lucieran atributos dignos de su rango, elaborados en bronce con un simbolismo meticuloso. La corona, tras el trabajo de fundición, ostenta en su frontal un león pasante —a semejanza del de la capilla de Santo Martino— y está adornada con doce perlas y siete ajustes romboidales. Las piedras que la decoran siguen fielmente el modelo del célebre Cáliz de Doña Urraca, vinculando así el presente con el legado artístico y regio del siglo XI. Ese día de enero, durante los turnos de guardia y oración en el Panteón, el silencio solo es roto por las oraciones inicial y final, así como una locución de los Reyes, expresadas por el abad D. Gonzalo F. González-Cayón sobre la brevedad de la vida, recordando que los ilustres monarcas que allí reposan son el cimiento de nuestra identidad actual. Ver la espada, el cetro y la corona descansando sobre dos cojines bordados en hilo de oro y en el centro nuestro emblema con una espada que es el símbolo de nuestra orden de caballeros, en memoria de la Reina Urraca I, fue el recordatorio perfecto de que León no solo custodia tumbas, sino también una historia viva que exige ser honrada con dignidad. La Cofradía del Pendón de San Isidoro funciona como el mecanismo de un reloj histórico; mientras los actos de la Reina Urraca I y del Rey Alfonso VII representan las manecillas doradas que muestran al mundo nuestro pasado regio, el ingreso de cada nuevo cofrade es como un nuevo engranaje que asegura que el reloj siga marcando el tiempo de León hacia el futuro. Y si los meses de enero a marzo de este año serán dedicados al homenaje a la historia de la Reina Urraca I, diciembre de 2025 se convirtió para mí en el mes del compromiso personal. Mi ingreso en la Cofradía no sólo fue un acto con relumbre, sino también

una vida de ascensión del espíritu y de servicio más alta, guiado por el ejemplo de mis antepasados. Comparecí ante esta Venerable Hermandad con el corazón puesto en mis raíces. Soy de León, y sin esta tierra la vida se me escapa en suspiros, si bien en su memoria hallo mi fortaleza. El proceso de ingreso fue iniciado con la emotiva Ceremonia de la Luz, celebrada el 14 de diciembre en el Altar Mayor de San Isidoro. Allí, rodeado por la solemnidad de los muros centenarios, realicé mis votos ante el Abad de la Real Colegiata. No buscaba honores mundanos, sino el camino recto, el que guía hacia la Luz, un camino que mi abuelo Francisco Roa de la Vega, quien fuera Abad insigne, ya recorrió con piedad y rectitud. Su ejemplo de gobierno y devoción fue el faro que me retornó a las raíces que nunca olvidé. En este tránsito, recordé los nombres de quienes fueron fundamentales en mi vida en las horas de duda, y de todos aquellos que quienes con su presencia dieron lustre a la ceremonia. Y, al día siguiente —el domingo 15— tuvo lugar el momento de la investidura, coincidiendo con la Festividad de la Traslación de las Reliquias de San Isidoro desde Itálica — hoy Santiponce— a León en el año 1063. En la Real Colegiata, tras la bendición de los hábitos, procedí al emotivo beso a la tela bordada del Milagroso Pendón, refrendando así mi compromiso con los estatutos y obligaciones de la orden. Reseñar que este año fue nombrado Cofrade de Honor, el Dean de la Catedral de Baeza, Don Francisco Martínez Rojas. Y así consta de modo inmediatamente antecedente el nombramiento como Cofrade de Honor a Dña. Adriana Ulibarri Fernández, presidenta del Diario de León, subrayándose de este modo la importancia social y cultural de este medio de información y comunicación en el León actual. Y del General de Brigada del Aire Don Ignacio de Dompablo, vinculando la Cofradía a la historia de la defensa de nuestra nación. Tomar el hábito de la sacra orden del Pendón de San Isidoro fue, en esencia, una jornada de retorno y entrega. Mientras el año de la Reina Urraca I el Rey Alfonso VII nos invita a mirar hacia el esplendor de nuestro pasado regio y a valorar los nuevos símbolos que ahora adornan su descanso, mi ingreso y el de mis compañeros neófitos representa la garantía de continuidad de este legado. Y, al contemplar el Pendón de color carmesí —que posee honores de Capitán General—, entiendo que nuestra misión es custodiar la memoria de nuestros mayores y engrandecer con nuestros actos la orden que nos acoge. Que San Isidoro, el «más santo de los sabios y el más sabios de los santos», nos guíe en esta senda para que, como proclamamos en nuestra ceremonia, sigamos defendiendo los valores de esta tierra por siglos más.

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