La caja tonta y el teléfono listo
Novak Djokovic ha dicho recientemente que sus hijos no tienen móvil y no lo tendrán hasta que «maduren». Que se quejan porque todos sus compañeros lo tienen, pero que no pasa nada: cuando el rebaño sigue una dirección, no hay por qué hacerlo. Ahí —dice— está la diferencia.
La frase ha sido aplaudida como una muestra de valentía educativa, de resistencia numantina al borreguismo general. Y sin embargo, oyéndola yo estaba seguro de haber oído algo muy parecido antes… Porque hubo un tiempo —no tan lejano— en el que nuestros padres decían exactamente lo mismo… de la televisión. La llamaban «la caja tonta». Nos advertían de que nos idiotizaba, de que nos volvía pasivos, de que ya no jugábamos en la calle, de que comíamos peor, de que nos convertía en autómatas. La televisión iba a crear un rebaño de niños gorditos y atontolinados. Y, sin embargo, aquí estamos. No somos una generación brillante ni tampoco una generación arruinada. No somos genios morales, pero tampoco zombis teledirigidos. Aprendimos a convivir con la televisión sin que nos absorbiera del todo. Algunos leímos más, otros menos. Algunos salimos mucho a la calle, otros no tanto. Como siempre. Es evidente que cada generación tiende a creer que la tecnología que no controló en su infancia es la que va a destruir a la siguiente. Y ese reflejo dice más del miedo humano a perder el control que de la tecnología en sí. Ahora bien, conviene no caer en el autoengaño: el móvil no es la televisión. La televisión era pasiva, colectiva, tenía horarios. No la podíamos llevar en el bolsillo ni estaba diseñada para atraparte de forma individual y constante. No aprendía del espectador para dominarlo. El móvil sí. Las redes sociales sí. Los algoritmos sí. Estamos ante una tecnología distinta, no por su existencia, sino por su modelo de captura de atención. Compite directamente con el aburrimiento, y el aburrimiento —aunque hoy nos incomode admitirlo— es una de las grandes herramientas educativas de la infancia. El problema nunca fue el objeto concreto, sino la relación que construimos con él. Y es aquí donde el discurso de Djokovic empieza a chirriar. No porque limitar el acceso sea absurdo —no lo es—, sino porque convertir la prohibición en un camino moral es un atajo peligroso. La abstinencia no es educación, aunque tranquilice mucho. Crear burbujas no enseña a habitar el mundo, solo retrasa el choque con él. Es la misma lógica que empuja a algunos padres a pagar caras burbujas educativas: no para formar mejor, sino para retrasar el momento en que el mundo real —desordenado, vulgar y ajeno— les estalle en la cara. Pero ese momento llegará. El riesgo no es que los hijos no tengan móvil. El riesgo es que el móvil se convierta en un fruto prohibido, en lugar de en una herramienta que hay que aprender a usar con límites, criterio y acompañamiento adulto. En el extremo contrario está el otro modelo igual de malo: el del móvil como chupete moderno. El dispositivo entregado para calmar, entretener o silenciar. El algoritmo haciendo de niñera. Ahí no hay educación, hay vagancia. Y comodidad. Entre el prohibicionismo ejemplar y la adicción permanente existe un espacio mucho más incómodo: el de educar en el uso, no en la negación. Explicar, acompañar, limitar, negociar y rabiar muchas veces. Asumir que el mundo es este y que la tarea no consiste en aislar a los hijos de él, sino en que espabilen. La verdadera diferencia no está en ir contra el rebaño por sistema, sino en saber cuándo seguirlo. Y eso no se aprende sin errores y sin adultos presentes. Quizá el problema no sea que los niños tengan móviles, sino que los adultos hemos renunciado a enseñarles a usarlos bien. Como antes renunciamos a enseñarles a ver la televisión. Como siempre. Cada generación teme que la siguiente se estropee con la herramienta que ella aprendió a manejar tarde. Quizá nunca fue un problema de teléfonos listos ni de cajas tontas, sino de tenistas encantados de sentirse ejemplares sin tener que educar.