¿Se avecina una nueva etapa o era de la ley del más fuerte?
Empiezo a pensar si la especie humana tiene remedio o si acabará destruyéndose irremediablemente

No sé a ustedes, pero a mí me empieza a parecer, cada vez con más insistencia, a un «déjà vu et déjà vécu» (ya visto y vivido) que me asusta. Empiezo a pensar y a temer que la famosa civilización no sea más que una proposición bienintencionada del pensamiento humano de los más débiles para tratar de hacer frente a los más fuertes que se rigen por un principio simple a más no poder: La ley del más fuerte. Puede parecer simple mi planteamiento, pero no crean que lo es tanto. Si lo pensamos detenidamente, y tomando como referencia a los animales, seres tan próximos y parecidos a nosotros, o nosotros a ellos, no nos resulta extraña tal afirmación. Me dirán que en la civilización existen seres (fuertes y débiles) bienintencionados que siempre han buscado superar esa ley. Y cuando triunfan, no sé cómo se las arreglan los fuertes menos civilizados y los débiles malintencionados que tienden a dar la vuelta al resultado. Seguramente va en su naturaleza como lo del alacrán y la rana, y todos, más o menos, tienen la misma facha: prepotentes, chulos, arrogantes, unos más por fuera y otros más por dentro (esos son más peligrosos todavía, porque las matan callando).
Las religiones, esos constructos más bienintencionados donde los haya, son un ejemplo muy ilustrativo de esa lucha a muerte por el poder de los buenos en contra de los malos. Ahora bien, en las guerras denominadas de religión (el oxímoron es sangrante), cuando han ganado los buenos, a menudo ha sido copiando o empleando los mismos métodos que los malos. Cuando pienso en el pobre Jesucristo (digo pobre por conmiseración por las putadas que le hicieron) aquella gente no hacía caso ni a Dios. Más o menos como ahora. Y el hombre sabe que la historia tiende a repetirse, que el más fuerte tiende a imponerse sobre el más débil. Puede quitarle importancia o ilusionarse con superar la tendencia, civilizarse a tope y tratar de quererse como hermanos (e incluso así, está Caín al acecho), pero la realidad le estremece y le echa por tierra muchos de sus sueños. Estamos asistiendo en la actualidad a un ejercicio de fuerza que pone los pelos de punta. No solo es una manifestación chulesca de a ver «quién mea más lejos», o exhibe los músculos más desarrollados pavoneándose por la pasarela. No, no. Se está pasando, o se ha pasado ya, de forma obscena, del dicho al hecho, de la amenaza a la acción. Una vez más el mundo tiembla ante personas, personajes, mandatarios, naciones, bloques etc. dispuestos a demostrar por la fuerza quién tiene la sartén por el mango y quién puede dar más sartenazos. Piensen en Rusia, Estados Unidos de América, China, Israel, Irán, Países árabes etc., etc. y tú, Europa, a ver si te enteras, que andas dando bandazos, dedicándote mayormente a fabricar decretos y legislando sobre aspectos secundarios, pero descuidando u olvidándote de lo principal. Se denomina Unión Europea, pero es más bien en lo relacionado con el comercio, con la pasta gansa más que con los valores que, lo damos por hecho, la engendraron y la hicieron «grande». Demasiados egos reunidos buscando significarse y promocionarse individualmente, y así no se llega lejos. De qué le sirven tanta supuesta inteligencia, experiencia, cultura acumulada a través de su historia, memoria de sus guerras, con los éxitos y fracasos correspondientes, si se queda ensimismada en su supuesta gloria, repitiendo los mismos errores de siempre, mirándose al ombligo cada uno de sus componentes. ¿Para qué sirven las estructuras creadas para garantizar la paz, el progreso, las relaciones respetuosas y la repartición adecuada de la riqueza entre los hombres, si a la hora de ejercer sus funciones, de poner en práctica su credo se muestran incapaces frente al poder del más fuerte? Porque, ya me dirán qué papelón juega una Institución cuya libertad de acción queda supeditada al veto que le pueda imponer uno o varios de los poderosos que hacen parte esencial de la misma. ¿Qué garantías de poder, justicia e imparcialidad pueden ofrecer si están a las órdenes del o de los más fuertes? Pues eso. ¿Creen ustedes que la ONU juega un papel fundamental en la paz y seguridad mundiales? Puede que sí, en teoría, pero el veto de cualquiera de los cinco grandes hace que en la práctica sea irrelevante y, una vez más, se salga con la suya el que aplique la ley del más fuerte. Y lo mismo o parecido ocurre con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Otan, La Organización Internacional de Trabajo, y un largo, largo etcétera de organismos destinados a, supuestamente, regular, proteger, promover etc. las relaciones civilizadas entre los humanos, cuyas tendencias naturales no van en el mismo sentido, precisamente. Y luego llega un impresentable y te dice: mira, haz esto por las buenas, que si no lo harás por las malas. Si eso no es tratar de aplicar la ley del más fuerte que venga Dios y lo vea. Empiezo a pensar, bueno ya llevo tiempo haciéndolo, si la especie humana tiene remedio o si acabará destruyéndose irremediablemente. Quiero pensar en lo primero, pero no descarto en absoluto lo segundo. Ya me he pronunciado sobre el particular en otras ocasiones en las que, haciendo referencia a «este valle de lágrimas» y a que «mi reino (y reinado) no es de este mundo», la verdadera esperanza reside en la imaginación que tiene más poder de alcanzar la felicidad y el amor entre los hombres de «buena voluntad» que la razón. Esto no es un concepto propio, léase al gran filósofo Kant. Yo por mi parte añado una reflexión de andar por casa: si, como también alguien dijo: la felicidad reside en la infancia, antes y sobre todo de la edad del «uso de la razón», donde la imaginación lo puede todo, convendría «hacernos más como niños» y disponernos a vivir y actuar de otra manera. Y, bueno, también entraríamos en el reino de los cielos… Y si eso no se logra, no va a quedar más remedio, ante la ley del más fuerte, que aplicar el viejo proverbio latino: «si vis pacem para bellum» (si deseas la paz prepárate para la guerra). Con un par, sí señor, y que Dios reparta suerte. Y por imaginación que no quede…