Diario de León

Manuel Garrido

Escritor

La vida, la leyenda

D. Manuel le fue contando sus aventuras y peligros sufridos por causa del acoso de los huidos

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Hubo en Cabrera un hombre, cuyo nombre, por azares de la vida, alcanzó en cierto momento de la suya, si no a ser, por lo menos a parecer el de un personaje de ficción: Manuel Bruña, he aquí ese nombre de quien fue durante treintaitrés años párroco de Odollo. Había nacido en Porto de Sanabria en 1885 y llegó a este pueblo en 1929. Tenía 44 años y permaneció en Odollo hasta su muerte a los 81 en 1966. Los azares que decía surgieron en los años siguientes al fin de la guerra civil, durante los cuales un grupito de resistentes se mantuvo replegado en las montañas cabreiresas, por eso conocidos popularmente como huidos, hasta la muerte de su líder Manuel Girón en 1951.

Por entonces, un grupo de hombres de Odollo y también alguna mujer fueron deportados a pueblos de Salamanca en la zona de Guijuelo, acusados de colaboración con ellos. Pero eso no fue nada, comparado con la tragedia de una joven, llamada Evangelina y señalada como responsable de la muerte de tres guerrilleros, ajusticiados en Columbrianos en 1945 tras una presunta delación suya. El 24 de abril de 1947 fue asesinada en su casa por tres huidos. Recibió seis tiros en el pecho y cayó sobre el fuego del hogar. Contaba 27 años y era madre soltera de Isolita, que tenía tres. La vida recuperó después el rumbo de los viejos pasos interceptados en el trágico paréntesis y llegamos al 28 de junio de 1962, cuando otro azar reunió en Llamas de Cabrera a D. Manuel con Ramón Carnicer, que iniciaba su recorrido por el territorio cabreirés, remontando a pie el curso del río Cabrera. El encuentro se produjo en el pórtico de la iglesia, donde D. Manuel esperaba para hacer un bautizo. Lo saludó y hablaron brevemente. Al día siguiente lo acompañó de vuelta a Odollo y en el camino D. Manuel le fue contando sus aventuras y peligros sufridos por causa del acoso de los huidos, que incluso llegaron a tirotear en un brazo a su padre, que vivía con él. Dos años después, en 1964, se publicó el relato del viaje en un libro extraordinario bajo un título ya legendario:

Donde las Hurdes se llaman Cabrera. Y la portada reproducía a toda plana la foto tomada por el autor de D. Manuel tal como estaba en el momento en que se encontró ante él: sentado en la piedra-basamento de una gran cruz, sujeta a la pared, recuerdo de una misión, revestido con los ornamentos litúrgicos del sacramento (roquete y estola sobre la sotana remangada sobre los muslos), leyendo con atención su breviario, y un perrillo, compañero de caminatas, ovillado a sus pies. Y esa fue la mejor ilustración para un personaje a partir de ese momento con ciertos tintes de ficción o novelescos, inesperado fruto en buena medida de la polémica encendida a raíz de la publicación del libro de D. Ramón. En efecto, las autoridades provinciales, que se sintieron denunciadas como responsables de las condiciones de vida de la comarca, reaccionaron airadas. Se unió al coro censor el obispo D. Marcelo González, disgustado sobre todo por aquella foto en la portada del libro, ofensiva de la dignidad clerical, así neutralizada por la tosquedad innoble de la figura en un marco destartalado. La verdad es sin embargo que D. Ramón nunca tuvo intención alguna de denuncia, y así lo dijo en

Friso menor, su libro de memorias del año 83. En cuanto a la dichosa imagen, incitaba más bien a la simpatía por un hombre sencillo, al margen su «torpe aliño indumentario», que diría Machado. Y todo ello pertenece al personaje con un cierto aire novelesco, ajeno a su voluntad, que he recordado. Pero el caso es que D. Manuel siempre fue el mismo, desde que salió por primera vez de Porto con unos 14 años para ir a la preceptoría de Puebla de Sanabria antes del ingreso en el seminario de Astorga. Recordaba que su padre había advertido al encargado acerca de su escasa preparación en razón de su oficio de pastor y el dómine lo había tranquilizado: «No se preocupe, aquí lo vamos a enderezar, pero si en tres meses no lo conseguimos, le devolvemos la piel». D. Manuel enfatizaba la bárbara respuesta con gran sorna y una amplia sonrisa. Sus feligreses lo recordaron siempre con afecto, asociado incluso a alguna divertida anécdota. Se contaba que en cierta memorable ocasión había sufrido la picadura de los «aseixones» (el término preferido en Odollo para las avispas, también llamadas «briespas» y «bábaros») nada menos que en el púlpito de la iglesia. Como apenas lo frecuentaba, los «aseixones» aprovecharon para hacer en él su «briespeiro», pero eso D. Manuel no lo sabía, cuando aquel día subió allí para su prédica solemne. Fue al final de esta frase subrayada con énfasis: «Mirad, hermanos, tenéis que seguir los buenos ejemplos y consejos que os dieron vuestros abuelos, vuestros padres y (dándose entonces un manotazo en la zona del grueso cuello donde en ese instante sintió los dolorosos picotazos) ¡la madre que los parió!». La anécdota, sin duda apócrifa, transmite bien no obstante la idea de sus feligreses acerca de su condición de hombre bueno y sencillo. Una placa de mármol blanco sobre su tumba en el cementerio de Odollo luce esta inscripción: «Recuerdo de sus feligreses, amistades y simpatizantes».

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