Enrique Ortega Herreros

Médico Psiquiatra Jubilado

El ser humano, ¿es una pasión inútil, o es inútil hacerse tal pregunta?

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No se trata de una referencia sartreana «ad pedem litterae», ni de un juego de palabras, aunque yo aproveche para hacerlo con una pizca lúdica en el intento. Se trata más bien de encontrar un adjetivo que se ajuste mejor a la calificación, en el caso que nos ocupa, de la pregunta sobre la excitante vida política actual. Claro que (y aquí entro en el juego) si consideramos a la pasión como significando, etimológicamente hablando, padecimiento o sufrimiento, la esperanza del goce que pueda procurar dicha política se desvanece sin remedio.

Una vez hecha esta introducción, de aparente corte existencial, entro de lleno en la cuestión objeto de este artículo que no es otro que el de disertar sobre la pasión que despierta la situación política actual, y si es útil o inútil dicha pasión. A los sufridores (o masoquistas) les va de lujo lo que está ocurriendo, pues ni la lógica ni los principios morales que, en teoría, vertebran y dan sentido a la convivencia humana tienen nada que ver con el derrape mental que se produce oyendo y constatando el discurso (más bien, el discurrir o desparrame político) de ciertos líderes carismáticos en la materia. En realidad, la política no trata de hacer y defender los clásicos planteamientos sobre tesis y antítesis, ni mucho menos (no sea usted crédulo) para intentar llegar a una síntesis deseable. No, se trata más bien de un «diálogo de besugos» que, por supuesto, no alcanza la agudeza del discurso irónico-humorístico, ni la dimensión surrealista de la frase en cuestión. ¿Merece la pena, es útil o inútil escuchar, pararse a pensar y sopesar esa palabrería hueca, oportunista y falaz del embustero? Porque ahí los tenemos, dentro y fuera de nuestras fronteras, «todo tiesos», dispuestos a hacernos sufrir la pasión en todo su esplendor. Poco importa que se saquen de la manga un problema a destiempo para el cual ellos tendrían una solución que no existe, pero que la inventan, aunque sea más falsa que una moneda de tres euros. Lo importante, lo tenemos más que constatado, es captar la atención del personal, aunque solo fuese para desviar la misma de los asuntos incómodos. Pero lo más curioso del asunto es que han logrado enredar y confundir lo simple, lo obvio. Tanto los partidos de la denominada oposición como los de su «cuerda» han caído en la trampa del calamar que enturbia las aguas, en este caso las ideas. Hay que reconocer que poseen la habilidad del trilero o del prestidigitador en ese juego que llaman la política. Sabemos que engañan, que emboban, pero así se queda el personal, sin reaccionar, mirando como las vacas viendo pasar el tren… Los unos, por prudencia, temor o vaya usted a saber, y los otros por conveniencia, trapicheo o incluso por un regocijo soterrado por el supuesto o real daño causado al «enemigo…». Es más, saben buscar las cosquillas, poner de manifiesto los puntos débiles de quienes se muestran contrarios a sus tejemanejes, porque saben que el ataque es la mejor defensa. Y lo curioso es que, hasta ahora, les ha funcionado tal que previsto, incluso empleando el desdén más chulesco. Por eso vuelvo a la pregunta inicial, ¿es la política, como el mismo hombre, una pasión inútil? ¿se trata de un juego inútil, farfullero, cuyas cartas están marcadas y las reglas no tienen por qué cumplirse, más bien al contrario, y no pasa nada? Ya sé que el hombre «es capaz de hacer una obra de arte por la mañana y destruirla por la tarde», y que es capaz de defender con entusiasmo lo que en realidad ni cree en ello. Sabe que al humano le encanta construir una realidad paralela, incluso falsa con tal de ajustarla a sus deseos o para defenderse de sus miedos y angustias. No me resisto a introducir en este discurso (aparentemente, serio), la cuña de humor que tanta luz aporta: Trataban de evangelizar a un hombre a una nueva religión que le aportaría verdad y bienestar para siempre. El hombre, muy serio y convencido, les rebatió su promesa diciendo: Vamos a ver, si no creo en mi religión que es la verdadera, me pedís que crea en la vuestra que es falsa… Tal como están las cosas (y aprovechando el uso de unos apellidos muy leoneses, Guerra y Paz, incluso ambos juntos en aparente armonía) parece ser que da lo mismo hacer la guerra para la paz que aprovechar la paz para hacer o preparar la guerra. De nuevo el dilema ante la pregunta ¿tiene el ser humano solución o es inútil hacerse la pregunta?, porque en una mano tiene la paloma de la paz, y en la otra la espada de la guerra, alternando a conveniencia. ¿A conveniencia de quién? Ah, buena pregunta, cuya respuesta «apasionada» es inútil tratar de entenderla. Y es que el hombre está inmerso en el juego de los contrarios y se maneja muy mal tratando de poner una vela a Dios y otra al Diablo. Y, claro, pasa lo que pasa. Y más cuando las sociedades permiten que un solo hombre, nombrado presidente, rey o primer ministro pueda hacer y deshacer, más o menos, lo que le venga en gana, sin tener en cuenta si ese hombre es un psicópata, un delirante megalomaníaco o un malvado. ¿Tiene el hombre, en su mismidad, la guerra como solución a las desavenencias? Da lo mismo que la califique de «santa o infiel», «justa o injusta», «con derecho o torcida», el caso es guerrear, solucionar los problemas por las bravas. El hombre se emboba más con la paz y se excita con la guerra. ¿Es la paz más mortecina y la guerra más vivificante? Recuerden la anécdota (nota obligada de humor, con perdón) de aquél que, en pleno debate ideológico subido de tono, propuso: ¿Qué hacemos aquí perdiendo el tiempo hablando, si esto lo podemos resolver a hostias? Al paso que vamos, acabaremos todos disfrutando de la paz eterna gracias a la guerra (nuclear). Bueno, nos queda la esperanza de que la IA nos libere de la pasión del vivir en una paz guerrera, porque si esperamos a que la política de los políticos solucione para siempre dicha pasión, vamos dados. Pero, claro, es lo que hay de momento… También nos queda proclamar apasionada y repetidamente, a ver si así surte efecto: No a la guerra, no a la pobreza, no a la injusticia, no a la violencia, no a la mentira, no a las catástrofes naturales (la mala leche de la naturaleza), no a la muerte (lo del aborto, el suicidio y la eutanasia es otro asunto). Lo que ya no sé es si se trata de una pasión útil o inútil…