Diario de León

Prisciliano Cordero Del Castillo

Sacerdote Y Sociólogo

El discurso más aplaudido en toda la historia del Parlamento español

«Toda sociedad verdaderamente justa se construye sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana»

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León XIV ha sido el primer Papa en dirigirse al Parlamento español, pronunciando un discurso que abordó los principales problemas políticos a los que hoy se enfrenta España, de mayoría católica con un estado laico: el respeto a la vida y la dignidad humana, la migración, la guerra y el rearme, la polarización y la libertad de conciencia y de religión. Lo hizo en un discurso de 30 minutos, cuando se dirigió a una sesión conjunta de la Cámara de Diputados y el Senado en el Palacio del Congreso. Casi todos los diputados estaban presentes, excepto los de Podemos y el Bloque Nacionalista Gallego.

León XIV, después de agradecer al Congreso su invitación, recordó que «toda tarea legislativa se enfrenta, en última instancia, a una pregunta decisiva: ¿Qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construyen esas leyes?». En este sentido, afirmó que «España posee una herencia particularmente rica» en su tradición cultural y jurídica, artística y literaria. Citando ejemplos como el Quijote de Cervantes y Santa Teresa de Ávila, añadió: «España ha sabido considerar al ser humano como algo más que un simple engranaje en el orden social, económico o político». Recordó la época de los reyes Fernando e Isabel, «cuando España se vio ante responsabilidades históricas de alcance universal», y cómo entonces la Universidad de Salamanca emprendió, con particular claridad, «la reflexión moral y jurídica que la situación exigía» y enseñó que «la razón no podía invocarse para legitimar cualquier fuerza o interés propio que pareciera conveniente». León XIV, que visitó Salamanca de joven, dijo que la universidad de Salamanca «introdujo en el análisis histórico la cuestión del valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder». Según afirmó, la contribución de Salamanca «sigue guiando el trabajo de quienes sirven en la vida pública hoy en día», ya que «los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no están marcados en mapas», sino que «se despliegan en la tecnología, la economía, la biomedicina y el ámbito digital, donde el poder humano llega a áreas cada vez más sensibles de la vida personal y social». El Papa afirmó que «toda sociedad verdaderamente justa se construye sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana» y «dicha dignidad precede a cualquier concesión del Estado y no puede subordinarse a un consenso social cambiante ni a los caprichos de la mayoría en un momento dado». Instó a los legisladores a no sucumbir a la «cultura del descarte», porque «si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede considerarse plenamente justa una comunidad que relega al olvido al niño por nacer, al anciano, al enfermo, a quienes sufren en silencio o a quienes dependen por completo del cuidado de otros?». Con firmeza, León XIV les recordó que «la defensa de la vida humana no es una cuestión partidista ni un interés confesional: es un objetivo de la civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y protegida desde la concepción hasta su fin natural, en todas las circunstancias de su existencia». Recordemos que la eutanasia y el suicidio asistido son legales en España, y el gobierno está considerando una enmienda constitucional para proteger el derecho al aborto. Por esta razón, dijo, «la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar las vidas más frágiles». El Papa continuó hablando sobre el bien común, que puede entenderse como «la expresión social» de la dignidad humana de cada persona. «Cuando el bien común deja de ser un horizonte compartido», dijo, «la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de salvaguardar lo que pertenece a todos». En este contexto, abogó por el apoyo gubernamental a la familia, «la primera escuela de la humanidad», y por «el derecho de los padres a elegir el tipo de educación y formación para sus hijos». Con esto, podía estar refiriéndose al hecho de que el gobierno haya retirado gran parte del apoyo estatal a las escuelas católicas y privadas. A continuación, abordó lo que actualmente es el tema político más candente: la migración. En su discurso del sábado en el Palacio Real, el Papa abordó la difícil situación de los migrantes, y en el Congreso lo hizo con aún mayor contundencia. «La afirmación de la dignidad humana no puede seguir siendo abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo atrás en busca de paz, seguridad y un futuro», declaró. «El trágico drama de la migración también interpela la conciencia de las naciones y los fundamentos éticos del orden internacional actual». «Esta realidad trasciende cualquier análisis puramente demográfico o económico: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica», afirmó. «Siempre que se discrimina a las personas por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos». Sin duda, retomará este tema durante su visita a las Islas Canarias, punto de entrada a España de muchos migrantes. A continuación, abordó los temas de polarización, guerra y paz. «El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza mutua», afirmó. «En este contexto, la paz surge como una aspiración política y, aún más, como un verdadero imperativo moral». Afirmó que es necesario un «diálogo público que respete a quienes piensan diferente, instituciones dedicadas a fomentar el diálogo, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación, y una vida social capaz de mantener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio del desacuerdo». Recordando «la obligación de los Estados de resolver sus disputas por los medios pacíficos que ofrece el derecho internacional», el Papa denunció la guerra como «una dolorosa derrota de la capacidad de negociación» y afirmó que «las armas pueden imponer un silencio temporal, pero nunca podrán construir una paz genuina y duradera». Expresó su preocupación por que, en muchas partes del mundo, incluida Europa, «el rearme se presenta una vez más como una respuesta casi inevitable a la fragilidad de la situación internacional». Añadió que «la verdadera seguridad, sin embargo, emana de la justicia, el diálogo paciente, el respeto al derecho internacional y una política capaz de anteponer la vida de los pueblos a los intereses que se benefician de la guerra». Pidió una «supervisión ética rigurosa» sobre el desarrollo de nuevas tecnologías e inteligencia artificial en el ámbito militar, para que «las decisiones sobre la vida y la muerte nunca se dejen en manos de sistemas automatizados». A continuación, con palabras de particular relevancia para la polarizada situación que se vive hoy en España, el Papa León XIV dijo a los políticos españoles: «El pluralismo político no debe degenerar en el constante menosprecio del adversario». Reiteró su llamada a «desarmar el lenguaje» y afirmó que «las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o distorsionarla hasta el punto de imposibilitar el encuentro». Hizo también una llamada al respeto de la «libertad de pensamiento, conciencia y religión» y a garantizar que «la fe no sea un motivo por el cual una persona deba renunciar a su contribución a la sociedad». Hizo hincapié en que «toda sociedad verdaderamente libre requiere también una limitación adecuada del poder público, para que la libertad de los individuos, las comunidades y las asociaciones no se vea indebidamente restringida». Recordó a los legisladores que «la libertad moderna también se ha forjado a través de una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana». Mediante esa educación, afirmó, «la gente aprendió que la ley debe estar al servicio del bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder requiere legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido con dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como una mercancía». El Papa León XIV concluyó su discurso exhortando a «esta noble nación» a «no perder jamás de vista sus raíces ni el valor de mirar hacia el futuro». Rogó para que España «siga siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa siempre unir la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio». Cuando el Papa concluyó su discurso, los parlamentarios en pie le brindaron una ovación de siete minutos, la más larga en toda la historia del Parlamento español. Gracias Papa León.

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