Diario de León

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Si hay algo que define mejor lo que es contrario a un programa político honesto (me atrevo a reunir en armonía los tres términos citados: programa, político y honesto, en un ejercicio de voluntarismo bien pensante), es el conchabeo, la adulteración de la esencia misma de la Política con mayúsculas. El conchabeo es una forma de engaño artero con dos caras, una que se ofrece al respetable maquillada y resplandeciente, y la otra que permanece oculta, pero que representa la realidad del trasiego barriobajero y hampón. No me digan que no les suena la canción. Lo que viene ocurriendo es que nos hemos acostumbrado, y en parte consintiendo, a que ese tejemaneje aparezca como cuasi normal, consustancial con la corrupción del propio ser humano. De ahí, a tratar de normalizar el procedimiento no hay más que un paso.

Es cierto que invocamos (a veces con la boca pequeña y otras con la boca grande, depende) los famosos valores que conllevan la ética y la justicia que tratan de elevar al humano a una dimensión que nos seduce cuando nos ponemos en plan de sublimar nuestras tendencias «animales», perversas y sin domar. Es la propia grandeza o pequeñez del hombre, depende. Lo cierto es que sabemos que, igual que «hierba mala nunca muere» y rebrota a su aire, la tendencia al engaño en general y en la política en particular alcanzan proporciones alarmantes. Es posible que, en la evolución humana, los individuos, no los más fuertes sino los más astutos, hayan conseguido sobreponerse y dominar al resto. Ha sido, pues, y es la astucia una habilidad no exenta de inteligencia, pero a la cual la ética, la justicia, incluso la estética, le pueden traer al pairo. «Para muestra basta un botón». Uno se hace de cruces cuando constata el grado de corrupción alcanzado. ¿Cómo es posible que, en tan poco tiempo (a ver si ya hacía más tiempo, y no hemos sabido o querido enterarnos) se haya llegado a una situación de disolución de los principios esenciales y señeros de una democracia tan esperada y soñada, y que tanto entusiasmo y adhesión supuso para los españoles en su día? Ya no es solo el descaro y la contundencia empleados en el cuándo y cómo se afirma una cosa y la contraria tratando de convencernos de que ambas dimensiones se contemplan como válidas a la vez, por y para la conveniencia y beneficio del pueblo, que sería siempre soberano; de iure, claro. Lo de «facto» sería un simple artificio sin más. Y de las «tragaderas» de quienes engullen, sin masticar siquiera, la bazofia, saquen ustedes mismos las pertinentes conclusiones. Ya no es solo una cuestión de oportunismo y codicia que podría quedar reflejado en el dicho de: «en España, es tonto el que no apaña». O, «por el interés te quiero, Andrés». No es solo eso. Es más profundo, me refiero a que las raíces se hunden y se nutren de ingredientes diferentes. El odio, la envidia, el revanchismo, camuflados e incluso sin camuflar, emergen y pretenden ganar la batalla del relato oportunista y satisfacer así sus verdaderos intereses y tendencias. Si la mentira necesita de cómplices, ahí los tenemos dispuestos a tope para defender o acatar lo que sea. Eso sí, dando explicaciones que no se las creen ellos mismos ni hartos de vino. La farsa está dispuesta, hagan juego, señores. Saben de sobra que la mentira escondida tras el trampantojo de la verdad ha acabado por prevalecer, amparados por «el estado de derecho» al que invocan cuando les interesa y ampara, pero no cuando les escuece, faltaría más. Saben que el pueblo, adormecido o medio anestesiado por los efluvios de los tramposos, no hará nada. Bueno, hasta que despierte o se oxigene; entonces, «al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga». Pasando a otra cosa, no exenta del tufillo, o tufazo emanado de las cloacas (incluidas las del Estado), y aprovechándome de la sabiduría de nuestro refranero, voy a utilizarlo una vez más para ilustrar conductas y posturas muy ligadas a la política. Recuerden el dicho: «Parecía tonto, pero se metía en casa». No me digan que no les suena y es aplicable a un sujeto de cuyo nombre no quiero acordarme… Muy de sonrisa bobalicona, pero de pretensiones y hechos retorcidos. Cuidado con la maldad del tonto que no mide ni diferencia adecuadamente entre el deseo y la realidad y va a lo suyo. Ya saben el refrán: «Cuando un tonto se agarra a una reja, o la arranca o no la deja». Pues eso. Otro refrán muy acertado a mi entender en referencia a personas y personajes vinculados con el trasiego político actual es el de: «Dame pan y llámame perro». El caso es el acceso al pan, a la pasta gansa, al privilegio de ser y estar por encima de los demás, no siendo estos últimos más que una panda de pringados de toda la vida, va usted a comparar. Al eslogan de que todos somos iguales, es conveniente distinguir que unos son más iguales que otros, pues no hay que ser tan concretos en la interpretación… Hay otros personajes a quienes se les puede aplicar el refrán: «Palabras huecas, cántaro vacío», que son pura apariencia, sonoridad en eco, pero sin sustancia ni contenido en su interior. Y de entre ellos hay uno que lo borda. Claro que los hay que «las matan callando», especie de sabandijas viperinas o avispas asiáticas, mientras que otros son como «el perro ladrador, poco mordedor». Y para terminar esta retahíla de refranes y dichos populares, acabo con uno muy propio de políticos rabiosos, que es el de «enseñar los dientes» indicando de esa manera menosprecio, ironía y, sobre todo, amenaza. ¿Hemos llegado a un punto de esquizofrenia política o de teatralización de baja estofa en la que muchos políticos, y en especial representantes del Gobierno, incluido, cómo no, su número uno y los palmeros pesebreros (de pesebre) seudo debaten y esconden lo principal al mismo tiempo que priorizan lo secundario falseando sin vergüenza alguna la realidad más evidente? Creo que, como se dice coloquialmente, como pueblo nos lo tendríamos que hacer mirar… No quiero seguir utilizando más dichos, solo uno último que repetía a menudo un paisano de mi pueblo en semejantes circunstancias: «Hay que joderse…».

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