Diario de León

Carlos Santos De La Mota

Escritor

Las sombras que nos ocultan

En nuestro debe está haber consumido un largo tiempo en sombras, silencios, cobardías, complacencias o ignorancias entregados a la permisividad inconsecuente

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Perder la soberanía en cualquier actividad y más si es la de un territorio, es también perder particularidades esenciales que son y participan del arraigo y sostenimiento de una sociedad vinculada entre sí. El pueblo se desviste, se despoja de sus hábitos y referencias y queda expuesto a lo que sin duda es la rapiña de distintas formas y maneras.

El simplismo facilón supuesto como entendimiento cordial con el que han pretendido convencernos de la coyunda pretérita entre León y Castilla, eso que siempre desde una parte interesada han llamado «unión definitiva», no se lo cree nadie. La verdad puede hallarse en los Archivos Vaticanos o en las sedes obispales leonesas del momento, como las que dirigían Juan, en Oviedo; Munio, en Astorga; Rodrigo, en León; Miguel, en Lugo; Martín, en Salamanca; Martín, en Mondoñedo; Miguel, en Ciudad Rodrigo; o Sancho, en Coria, quizá también en otras, todos ellos en contubernio y traición, porque «los que decidieron la adhesión a San Fernando fueron los Obispos» ... «arrastrando consigo las ciudades» ... «Porque importa a los Prelados del Reino atender a la vez al Reino y al sacerdocio» (?), y porque a pesar de los emisarios enviados por Teresa con proposiciones de arreglo, éstas «disgustaron a los magnates castellanos que pretendieron desechar toda avenencia, que no fuera plena sumisión», e impusieron: «Primero, que las infantas entregaran a su hermano todo lo que estaba en su poder: segundo, que se contentaran de lo que el Rey y su madre les señalasen en compensación: tercero, que incondicionalmente renunciasen a todo derecho, que al Reino tuvieran». Todo ello en Don Rodrigo Jiménez de Rada, gran estadista, escritor y prelado, 1925, de Javier Gorosterratzu. Es decir, lo castellano nos entró a lo bruto y con traición por las puertas abiertas de la Iglesia del país. ¿Se retractará hoy? ¿Lo compensará? Henrique Flórez, en

Memorias de las reynas catholicas, historia genealógica de la casa real de Castilla, y de León, año MDCCXC, tercera edición, tomo I, explica que: «redujo (Berenguela) à la Reyna (Teresa) à que sus hijas cediesen no sólo cualquier derecho que pudiesen imaginar, sino todas las plazas que ocupaban». Como vemos, fue una reunión dialogada por aplastamiento y ya sabemos en qué términos: reducirnos hasta la plena sumisión. Nos faltan por conocer las expresiones exactas de esa autoridad, pero como tantas veces ocurre en las reuniones a las que se va en desigualdad, el diálogo razonado fue el margen cohibido de aquella página, mientras que la expresión dura y amenazante ocupó su parte principal llenándola de soberbia y dominación. Los llamados Pacto de Coyanza en noviembre de 1230 y Concordia de Benavente, diciembre del mismo año, entre Teresa (de Portugal) y Berenguela (de Castilla), fueron un sometimiento/ocultación de la verdad. Una rendición forzada que provocó la renuncia, el destierro, la reclusión y el olvido de las herederas en un monasterio berciano que, riadas, el tiempo e intereses contrarios han borrado para evitar recuerdos, y que supuso el fin del Reino y de las naciones que lo componían. Si tuviéramos la voluntad de ser pueblo levantaríamos ese pedestal, y otros. Ni primero Castilla ni después España, nunca ninguna tuvieron respeto ni memoria por el Gran León, sólo el empeño de minimizarlo y borrarlo. Aquí encontraron cómplices necesarios, como los vemos también hoy, llevándonos a esta derrota y marginación, una práctica asimilación. Y cumplieron sus objetivos y nuestro territorio se ha ido vaciando de sí mismo como por un escape libre. Es como si hubieran quemado nuestros libros, como si hubieran destruido nuestra memoria. María Teresa Álvarez, autora del libro novelado

Partida de reinas, 2025, sigue la corriente fácil y expresa de las dos ex reinas con una honestidad que se agradece que: «lo que hablaron no se sabe, yo he tenido que imaginarlo» (La Razón, 12-02-2026). ¡Caray!, lo que nos hace sospechar que lo ocurrido allí y en esos momentos fue tan grave y tirano que nunca la historia se ha atrevido a contarlo. Podría afirmarse hoy que la ignorancia social sobre este hecho es una niebla demasiado densa y consentida que nos impide la claridad y comprensión que nos enfocaría hacia otro rumbo mejor o con más criterio. Porque tratándose de Castilla habrá habido tantas prepotencias..., con León y con otros pueblos absorbidos culturalmente de manera parcial o total. Padeció esa tierra una ambición porque sí, por la fuerza, por una razón muy sólo suya, poniendo a los nuevos territorios su nombre, anulando las diferencias, sometiendo con su verdad e inventándose en cuanto pudo un centro geopolítico sobre el que circunvaláramos todos. Es una metáfora, pero hace más de quinientos años que todos los ríos españoles desembocan obligatoriamente en ese centro, aportando sus riquezas, apuntalando esa idea, alimentando a ese monstruo deudor de todos, pobre por sí solo. Y obligados y acostumbrados a ello por tanto tiempo es fácil que «las provincias» y los pueblos que ellas forman ignoren lo mucho que se han dejado de sí mismos. Cómo no los que de cuajo perdimos un destino propio por otro que desde entonces nos ha situado en escalón inferior y que el tiempo confirma y rubrica. Todo está a la vista, todo es obvio. Pero ello no es lo peor, lo peor es no entenderlo, incluso discutirlo, como quien se acantea a sí mismo e ignora que lo hace. Tenemos amplia experiencia en que nos despojen y cambien la verdad como para creernos que fue «un acuerdo». Ya hemos visto

ut supra que fue la implacable tiranía de la fuerza y la traición de los que desatendieron las almas de su pueblo los causantes de perdernos para el futuro. Cambiamos, nos modificaron a peor nuestra trayectoria para pasar a ser meros acompañantes o simples comparsas mientras se nos iba la vida y el ser entre mentiras y subyugaciones. Me vienen a la mente manipulaciones y malas artes como la que tuvo que soportar el héroe Bellido, un patriota nacional leonés tenido y considerado por «traidor» durante nueve centurias y media (1072-2010) con el silencio y consentimiento de los suyos, de los nuestros, a los que se les apagó cobardemente la voz y la queja. O la invención de la jura de Santa Gadea, un fake news de la época para humillarnos. Recientemente España a través de su rey se ha visto obligada a expresar disculpas a México por sus abusos de conquista. Y lo que todavía queda, para ser justos. ¿Qué se supone que, primero Castilla y después España, nos hizo a nosotros? Desaparecer también deja huella. Quizá la más expresiva. La padecemos cada día en la desconsideración y trato discriminatorio. Nuestra rutina. Nunca hemos tenido peor compañía que ese «pantano seco», como llamó Unamuno a Castilla. Y el tiempo nos ha demostrado también que con la segunda patria, la sobrevenida y tantas veces ingrata y parcial, tampoco hemos gozado de rédito positivo ni reconocimiento acorde. En nuestro debe está haber consumido un largo tiempo en sombras, silencios, tabús, inocencias, cobardías, complacencias o ignorancias entregados a la permisividad inconsecuente. Permaneciendo bajo un polvo acumulado, perdiendo imperativamente. Es necesario saber qué se nos fue y con qué impuestas voluntades, porque en ello está la vida y la necesidad y el derecho a no olvidarnos.

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