¿Alguna vez volveremos a celebrar la Virgen de agosto, Patrona de la Catedral y Ciudad?
En la mañana se celebraba la citada ceremonia del «foro u oferta» con sus «cantaderas» y más tarde, una popular, recordada, romera y hoy perdida sencilla comida «de prao»
Siento redundar, pero algo de lo que pasa en esta vieja Urbe Regia de León no hay quien lo entienda. Tal vez por ello, cuando «pol mundo alanti» andamos, escuchamos a veces expresiones que nos incomodan en lugar de hacernos sentir «contentos de ser de aquí». Así, para algunos algo retorcidines, nuestras «peculiaridades» dan pie a justificar y esgrimir sentencias «un tanto despectivas», como: «los leoneses, … pal que los entienda». Si bien, en alguna ocasión y en ejercicio de autocrítica, hay que reconocer que, sobre varios temas «algo de agua lleva el río». En especial, en aspectos y detalles que, para localidades de raigambre, como es ésta, deberían ser incuestionables y, por comparación, desconciertan al visitante al comprobar su normalización en buena parte del vecindario. Es el caso de asumir muchos el concepto «cazurros» como identificativo y que, antaño, por su naturaleza generaba siempre bronca con el que nos lo adjudicaba.
En la misma línea y «al parecer» herencia de tiempos medievales, la capital leonesa durante siglos ha tenido como costumbre solemnizar la festividad de la Asunción, cada quince de agosto. Advocación patronal de la Catedral y de la ciudad, además de ser «día del Santo» de Asunciones y «Choninas». Patronímico devocional y su entrañable denominación popular, infrecuentes por León en la actualidad frente al arranque del XX. Siglo del que conservamos artículos periodísticos sobre el tema donde, articulistas señeros en la glosa de la tradición local —como «bujía», «lamparilla» o Cayón Waldaliso, entre otros—, aluden a la relevancia de la celebración de la Asunción o «Ntra. Sra. o Virgen de agosto». Por cierto, fiesta «en media provincia y media España». Además, un trabajo de la profesora de nuestra universidad Mª Isabel Viforcos documentó la fecha y una incomprensible paradoja pues, las celebraciones de La Asunción y del Corpus, en la ciudad de León han pasado de ser fiestas señeras a convertirse en efemérides olvidadas. ¡Manda…!
Por tanto, esta festividad patronal mariana y como peculiaridad se suma a lo que, hace unos días, aquí comenté en relación a las ferias y fiestas de San Juan y San Pedro. Recuérdese: espacio festivo que, desde el primer tercio del S. XX y entre otros asuntos debido a la antaño arrolladora importancia de la feria de San Juan y sus abultados festejos asociados, se sobrepuso como referencia festiva a la de la legítima celebración patronal local: San Marcelo —a finales de octubre y hoy desconocida por muchos—. La abundancia de la oferta lúdica amparada en la bonanza climatológica frente a la otoñal, sin duda, ejercieron también como condicionantes.
Y es que aquí, «sin brújula», ¡lo de los patronazgos resulta un lío! Es complejo aclararse. Las festividades patronales de la capital leonesa son las de San Marcelo —a finales de octubre (antaño «los Santos»)—, y «Ntra. Sra.» / «la Virgen de Agosto». Es decir, «ni San Juan», y menos San Pedro —hoy ya ni festivo—. Ni tampoco la reciente, popularísima y vistosa celebración en la ciudad por San Froilán —patrono, pero de la diócesis y que evoca, en lo urbano, la ancestral romería de La Virgen del Camino, Patrona de Diócesis y Reino de León—. Todo está cambiado por aquí y, «mucho del personal», desconoce cambios y motivos, además de la realidad.
Pero, hablemos de «Ntra. Sra. de Agosto». Asociada a ella, se producía la que fuera característica y supuestamente medieval celebración del «Foro u oferta», en el claustro de nuestra Catedral. De gran acervo local, su arraigo se justifica en documentos, leyenda y costumbre relativos a la Batalla de Clavijo y el tributo de las cien doncellas, ya mencionadas por el tudense y de celebración regulada desde el XVII en el libro de «… las políticas ceremonias…» que rige los protocolos de la urbe. Tras casi cien años de ausencia de celebración, a inicios del XX rebrotó en singular efeméride rescatada por el grupo «Tradiciones Leonesas» con formato actual. Es decir, con la controversia verbal conocida como «foro u oferta» entre canónigos y síndicos del ayuntamiento a propósito de los motivos que, por la victoria en la batalla e intervención mariana en ello, motivan su presencia en señal de agradecimiento –«oferta»-con el carro con la ofrenda de frutas y productos de la huerta, antaño carne del toro lidiado y no «foro» obligado, como esgrime el cabildo catedral. En ella, al tradicional rifirrafe dialéctico se une la danza de las peculiarísimas «cantaderas» ante la Virgen. Mozas relacionadas con el legendario tributo de las cien doncellas. Desde la recreación, portan indumentaria retomada de una vidriera como referente: en calle bailan con castañuelas las de «dorado» y en claustro las «de azul», dirigidas por la moruna «sotadera» con sus «chinchines». Lo hacen al son de «la bailina», a la dulzaina, el tamboril y el ronco son de los musulmanes «atabales ochavados» —tomados en la batalla de Clavijo al enemigo—. Además, interpretan la cantiga «rosa das rosas». Una puesta en escena y paisaje sonoro que recuperase y diera forma el maestro Odón Alonso (padre).
Tras algún otro traslado en fecha, a fines de los setenta del S. XX, la celebración se descontextualizó de su día natural en agosto y fue implicada en el actual constructo urbanita de «San Froilán». Con ello se dio consistencia referencial a la propuesta y engrosaron los vistosos actos de índole tradicional identitaria leonesa, potenciados para esa otra fecha. Además, tal incorporación intentaba contextualizar lo nuevo y lograr el necesario nivel de relevancia social. Algo que se ha logrado, pero con la condena al olvido de la fiesta patronal y descontextualización con su razón de ser. Lo sorprendente ha sido la manipulación de una costumbre, en cualquier lugar impensable y cuestionable sin polémica por muy compleja … Máxime, si mutó por decisión municipal —¿tal vez, unida a las razones oficiales y al entonces vacío estival sin el abultado turismo actual, «debiose algo también» el tema a un posible «capricho y comodidad» que, en tiempo de vacación, liberaba a los munícipes de asistencia «como Ciudad»?—.
En el siglo XX ya no se hacían ese día de agosto las luminarias, toros, comedias, vísperas solemnes o funciones musicales catedralicias de antaño, que comenta Viforcos. Pero, como durante siglos, en la mañana se celebraba la citada ceremonia del «foro u oferta» con sus «cantaderas» y más tarde, una popular, recordada, romera y hoy perdida sencilla comida «de prao». Concentraba la misma cada año —hasta mediados del XX— largas columnas de vecinos deambulando «a pie» por el puente de la Estación y la empedrada «carretera de Zamora» —hoy Dr. Fleming— hasta los sombríos «praos» de Armunia. Todos con sus jergones de mimbre y típicas viandas: «garrafinas de vinin», tortillas de patata, filetes «empanaos», empanadillas y otras, «como mandaba la costumbre», para comer sentados en la pradera alrededor del mantel. Tras algún baile y «siestina», se regresaba al atardecer en interminables hileras arropadas de cantaridas propias del repertorio más leonés.
¿Lograremos ver retornar esta fiesta «a su tiempo», en agosto? ¡Hombre Sr. alcalde, atienda «un puquitín» a «desfacer el entuerto» de estos contenidos, pues es una pena no considerar su puesta en valor. A ver si hay suerte y no hay que esperar al siguiente para «más de lo mismo» y «usease», ¡nada!