Diario de León

Matías González

Sociólogo

Urraca, ¿heroína o villana?

Urraca fue maestra suprema del degolladero político, una reina que prefirió ver su reino arder en llamas antes que ceder un solo palmo del trono

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Celebramos ahora, con retumbante fanfarria, el novecentenario de la muerte de Urraca de León: la primera reina por derecho propio de la historia europea. El rampante Feminato, al que rendimos pleitesía, nos la quiere pintar como una intrépida abanderada de las derechos feminiles; el patriotero leonés nos la quiere pintar como egregia adalid de la causa leonesista. Nada que objetar a su papel de icono del feminismo pero mucho sobre su huella en los destinos del Reinu.

Urraca es el detonante de la bomba que colapsó al Reino de León; el tapón que retrasó dos siglos el final de la Reconquista en la península y privó a León de tener el honor de hacerlo, en unión con Aragón y de ser quizá cabeza de la España moderna. Para unos, Urraca fue la pionera incomprendida, el coloso femenino que sostuvo sobre sus hombros la pesada corona de su padre, Alfonso VI, sobre un abismo de testosterona feudal e intrigas palaciegas. Para otros, una reina nefasta, el rostro del caos, la traición metódica y el desgobierno absoluto. Reducida a los clichés redactados por cronistas eclesiásticos que aborrecían su independencia, Urraca exige una relectura desprovista de dogmas. ¿Fue realmente una heroína de la supervivencia en un mundo diseñado por y para hombres, o la villana implacable que convirtió el Reino de León en una carnicería fratricida para satisfacer su propia ambición? Concedámosle a los apologistas la primera bala: gobernar León y Castilla en las primeras décadas del siglo XII no era un ejercicio de diplomacia refinada, sino una brutal danza de navajas. Urraca heredó un imperio resquebrajado tras la desastrosa batalla de Uclés, cercado por la voracidad de sus vecinos y corroído por la felonía de sus propios vasallos. Si vestimos a la monarca con las ropas de la heroína, la vemos plantarle cara con audacia al fanatismo expansionista de su segundo marido, Alfonso I de Aragón —el Batallador—, un rey a la antigua usanza que concebía el matrimonio no como un pacto de Estado, sino como una simple anexión territorial por la vía del lecho, el sometimiento y la espada. Vemos a una mujer acorralada entre la ambición maquiavélica del influyente obispo Diego Gelmírez en Santiago de Compostela, la codicia insaciable de una nobleza leonesa ávida de prebendas y señoríos, y la permanente beligerancia de su medio hermana, Teresa de Portugal. Desde esta perspectiva, su pragmatismo feroz, sus continuos virajes tácticos y su rotunda negativa a dejarse tutelar o apartar del poder no fueron caprichos volubles, sino la única estrategia de contención posible para mantener la integridad de León frente a una jauría de lobos coronados que olían la sangre de una dinastía en peligro. Pero descorramos el velo del romanticismo retroactivo y observemos la otra cara de la moneda, donde la acidez de la realidad erosiona implacablemente el mito. La cara de la villana no es menos nítida ni menos sangrienta. Si Urraca salvó la corona, lo hizo devastando las entrañas del propio reino que juró proteger. Su historial político es la radiografía de una veleidad crónica donde las alianzas duraban lo que tardaba en enfriarse el sello de cera y donde las promesas tenían la triste caducidad de una promesa de amante. Para afianzarse en un trono tambaleante, no dudó en encender una y otra vez las hogueras de la guerra civil, entregar castillos y fortalezas al enemigo según soplara el viento de la conveniencia, y sembrar una inestabilidad sistémica que desangró a las villas y concejos leoneses, sometidos al pillaje constante de sus propias campañas. ¿Cómo calificar, si no con severidad, a una soberana que libró una contienda despiadada y prolongada contra su propio hijo, el futuro Alfonso VII, instrumentalizando la corona como un botín personal antes que como una responsabilidad de Estado? Para defender su monopolio sobre el poder, Urraca no vaciló en combatir a la facción gallega que protegía al infante, prefiriendo sumir a la región en años de devastación antes que compartir las riendas del gobierno. Sus pactos rotos antes de que secase la tinta, sus sonados idilios con magnates como Gómez González o Pedro González de Lara —utilizados y descartados con un cinismo feroz en el tablero político— y su patente incapacidad para estructurar una paz duradera dibujan el perfil de una gobernante consumida por el cortoplacismo, el maquiavelismo exacerbado y un instinto irracional de conservación personal que colocó sus intereses por encima de los de sus súbditos. Urraca no fue la santa patrona de la resistencia femenina ni la pérfida harpía que caricaturizaron los monjes en sus crónicas misóginas. Fue algo mucho más humano, complejo y temible: una criatura del poder en su estado más puro, amoral y descarnado. Heroína para quienes miden la grandeza política por el simple y brutal hecho de no haber sido devorada en una época implacable; villana para quienes recuerdan que bajo el galope de sus ejércitos el Reino de León se convirtió en un erial de intrigas, tierras quemadas y sangre inocente. Urraca fue maestra suprema del degolladero político, una reina que prefirió ver su reino arder en llamas antes que ceder un solo palmo del trono.

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