¡No te lo vas a creer!
Un día de estos, mientras tomaba café e intentaba leer el Diario, me tocaron unos vecinos de mesa que debían haber tragado un altavoz cuando eran pequeños. A pesar del incordio, su conversación llegó a un punto en que pasó a interesarme vivamente. Especialmente cuando uno de ellos hablaba de un conocido, supongo que militar, que trabajaba en un proyecto en la base de Rota con los americanos y también, ¡no te lo vas a creer! con los israelitas y los marroquís.
No sé si su interlocutor llegó a creerlo o no, pero para mí era de sobra conocida la alianza entre el sionismo y ese descendiente directo de Mahoma que es el rey de Marruecos. El dinero y el poder hacen extraños compañeros de cama. Así, hoy en día, ya no es ninguna novedad el hecho de que el lobby judío tenga controlada la política norteamericana, invirtiendo ingentes cantidades de dinero en apartar a aquellos que no se pliegan a sus deseos, como le acaba de pasar al representante Thomas Massie en las primarias republicanas. Tampoco es ningún secreto que los Estados Unidos son firmes aliados del «Majzén» alauita, especialmente con el reconocimiento, durante la primera presidencia de Trump, de la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental. Incluso antes, en los años setenta del pasado siglo, la CIA manejaba al entonces Príncipe de Asturias, quien facilitó la cesión de ese territorio a Marruecos y Mauritania durante la enfermedad de Franco, según hemos podido saber por documentos recientemente descalificados. Tampoco debemos olvidar que dos senadores republicanos, afines a Trump, han presentado un proyecto para declarar al Frente Polisario, legítimo representante del pueblo saharaui, organización terrorista. Por lo que a Israel se refiere, es un hecho conocido que fue el Mossad quien facilitó a los servicios secretos marroquíes el software Pegasus, con el que espiaron, entre otros, los teléfonos de Pedro Sánchez y Emmanuel Macron. Los más conspiranoicos afirman que, en base a la información obtenida, los tienen «pillados por los cataplines», lo que explicaría el cambio de postura del gobierno español con respecto al Sahara y su inacción ante la crisis de Ceuta y las otras muchas provocaciones de la monarquía alauita. El nexo de unión entre Israel y Marruecos es Andre Azoulay, un judío sefardita de Essaouira, consejero del rey de Marruecos, cuya hija, la ex ministra francesa Audrey Azoulay, fue directora general de la Unesco hasta finales del pasado año. Según la Wikipedia, el periodista francés de origen marroquí, Jacob Cohen, lo considera colaborador del Mossad. Por lo que respecta a Ceuta, lo que está pasando es de manual: ir creando una sensación de agobio e inseguridad que fuerce a la población española a emigrar, lo que a medio plazo justificaría la anexión por motivos demográficos. Algo idéntico a lo que les pasó a los serbios ante la presión albanesa en Kosovo. También es ampliamente conocido, y reconocido, que un importante número de eurodiputados estaban en nómina de Marruecos. A pesar de estallar, en 2022, los escándalos conocidos como Qatargate y Moroccogate, la situación parece lejos de haberse solucionado, siendo «Acento Public Affairs», la empresa de Pepiño Blanco, Alfonso Alonso y el hijo de González Pons, entre otros, el principal vehículo para hacer lobby a favor de Marruecos en Europa y España. Aquí se ha señalado a numerosos ex ministros, de ambos partidos, como defensores de los intereses del «Majzén». Tenemos pues a representantes de los dos grandes partidos a sueldo de Marruecos, y a los que se definen como «patriotas» (Vox y «Se acabó la fiesta») defendiendo los intereses de los dos soportes de Marruecos: Israel y los Estados Unidos. No deja de ser llamativo que las dos primeras medidas del nuevo gobierno colombiano de Abelardo de la Espriella hayan sido el reconocimiento de la marroquinidad del Sahara y el apoyo incondicional a Israel, sin importarles sus crímenes. Y allí, en su toma de posesión, estaban, aplaudiendo con las orejas, Abascal y Alvise Pérez. Todo esto es así, negro sobre blanco, pero usted, estimado lector ¡no se lo va a creer!